martes, 18 de septiembre de 2007

ONOFRE

Andaba Onofre peregrino sin norte, ejerciendo aquí y acullá sus malas artes de malandro irredento, cuando cayó en manos de un juez apodado el Africano, por su pasado colonial, y le cayó encima la perpétua. Entre rejas conoció a sujetos realmente singulares y curiosos que hicieron germinar en él la semilla de creador de mundos, que floraría en el futuro -y, ¿quién lo sabe?- hasta convertirle en un glorioso representante del parnaso nacional.

Está Protasio, contable pillado in fraganti, que usa mitones y siempre anda escribiendo cifras en retazos de papel. Eleuterio, que vive obesionado con la huída, escapa sobre todo de los sones horrísonos de la guitarra de Baldomero, un gitano del Perchel que sueña con acompañar a un tonadillero famoso por su manifiesto en contra del protagonismo de Eros en los tendidos de la Fiesta. Para Rubén y Nazario, la felicidad tiene bastante que ver con fumarse varios petas seguidos y dedicarse luego a sestear dejando la imaginación en libertad no condicional. Nazario tiene además veleidades artística y sueña con dedicarse al comic y hacerse rico, por ese orden, en cuando le den puerta. Pero Rainiero es el de deseos más refinados. Está enamorado de Violeta desde el día en que la contempló en deshabillé, a través de la rendija de una puerta, el día que entró a robar en el palacete de sus padres. Desde entonces cultiva su intelecto con lecturas francesas, a la espera de pedir su mano en cuanto salga y se pueda comprar un traje de etiqueta. De momento se contenta con mirarla en las revistas de papel cuché.

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