martes, 4 de septiembre de 2007

MARTINIANO

Martiniano es el paradigma de la vocación temprana. De muy niño asistió al advenimiento del primer coche de línea al pueblo, lo cual imprimió una marca indeleble en sus meninges. Sus ojos, faros de miel, fueron testigos del chirriar y del polvo, del pararse del monstruo y del descender de gente de su bóveda interior y de su lomo; de cómo Bertoldo levantaba su hocico y le refrescaba con agua de la fuente, del girar de la culebrilla de metal en el morro y del run-run que producía. Desde ese día supo Martiniano que sería chófer.
Sus padres, Sergio y Jocunda, tomaron a broma -sobre todo ella- la precocidad de su retoño. El niño construía vehículos con latas y unas ruedas, transportaba los jichos que venían con el detergente y los iba dejando en paradas que el mismo marcaba en las esquinas del patio. “Ya se le pasará” -decían sus mayores con desdeñosa sorna-, pero llegó el servicio militar y Martiniano volvió con un carné de primera en el bolsillo.
Tras años de ahorro y sacrificio, consiguió comprar su propio autobús, un Pegaso casi desahuciado. Luego la empresa fue creciendo; buscó socios, contrató empleados. Pero seguía de conductor, con la alegría de quien a conseguido el sueño de la infancia. En los sobados asientos de escay se acomodaba una troupe de habituales: Cristóbal, un joven aspirante que admiraba al maestro; Natalia y Julia, señoritas sin empleo fijo; Constantino, minucioso contemplador; Clemente y Mauro, predicadores mutuos y tenaces; Pantaleón, frecuentador de casas de pecado; Arnaldo, muchacho de ideas fijas y obsesivas. Martiniano cantaba alegre en la proa, mientras manejaba con pericia el timón, ajeno a la novela río que, al fuego lento del traqueteo, se iba fraguando a sus espaldas.

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