miércoles, 26 de septiembre de 2007

MARGARITA

Cayetano pronto se cansó de la sencillez y el candor de Claudia y regresó a sus mariposeos con otras dependientas, mientras soñaba con el mundo glamuroso de las modelos de pasarela. Era un eterno insatisfecho y tendía a despreciar de inmediato aquello que poco antes anhelaba y a sufrir por mundos que él mismo sabía inalcanzables. Una tarde se encontró con Margarita, una chica mona a la que habían recitado demasiadas veces de pequeña la poesía de Darío. Cayetano encontró en aquella muchacha malcriada la horma de su propia desconsideración. Al principio Margarita esperaba al viajante en cada visita cíclica a su ciudad de provincias, con la esperanza y la fe de una neófita. Quedaban en un hotel apartado y ella desfilaba para él con todos los artículos del muestrario y otros que adquiría en secreto para sorprenderle. Pero pronto tuvo la ninfa al viajante en sazón y empezaron las exigencias. Cayetano se vio obligado a trastocar sus itinerarios para pasar más tiempo en la ciudad. Las visitas comerciales vieron mermada su duración en favor de compromisos familiares. El montante de las ventas se aminoró y la empresa Paradise International S.L. empezó a inquietarse por el cambio de rumbo de su comercial más exitoso. Un domingo, don Leónidas, el futuro suegro, le propuso seriamente ingresar en su empresa de pompas fúnebres. Fue la puntilla. Entre el marrón wengé de los muebles del despacho, lejos del glamour de las cintas y los rasos, la vitalidad del nuevo socio fue declinando poco a poco hasta alcanzar, al cabo de unos meses, ese grado ínfimo tan característico de la selecta clientela del negocio.

1 comentario:

Macachines dijo...

Este es buenísimo, me hace acordar a los relatos de Roberto Arlt. Si no lo leíste, es imprescindible que te acerques a este escritor argentino de los años 30.