jueves, 20 de septiembre de 2007

JUSTO

Justo era un muchacho bueno, en el sentido mejor de la palabra. Estudioso y esforzado, no perdía la ocasión de ayudar a un compañero, de mediar en una disputa, de procurar a los demás una vida más dulce, si ello estaba en su mano. No le iba a la zaga su hermano Pastor. Sus padres no dejaban de felicitarse por la grata recompensa que su progenie les brindaba cada día. En la escuela, eran apreciados y admirados por condiscípulos y maestros.

Pero la vida tiene a veces sus inexplicables sinsabores. Ya comenzado el curso, con la caída de las últimas hojas, irrumpió en clase Agapito, un arapiezo rebotado de varios institutos. Agapito era soez, vulgar y desdichado. Una vida difícil le había inclinado al odio feroz hacia lo bello. Pronto se hizo con una pandilla de chicos lábiles que le secundaban por temor. Los dos hermanos fueron víctimas predilectas de la nueva jauría. Agapito, se convirtió en ariete predispuesto a demoler la muralla de la virtud. Empezaron a destruir los cuadernos de los niños modelo, a amenazarlos si contestaban bien en clase, a fustigarlos en los rincones apartados del patio.

Los hechos se prolongaron varios meses terribles. Un día fueron instados, acorralados en los baños, a abjurar de sus principios e ingresar en la banda, a cambio de cesar en el hostigamiento. Tuvieron un momento de duda, pero la presión era demasiado fuerte. Pusieron sus dones al servicio del mal y pronto destacaron en el pastoreo de las huestes y en la administración de una espúrea justicia. Eran los dos hermanos enemigos de medianías.

1 comentario:

cacho de pan dijo...

tu santoral me santifica ¡me alegra que exista!
es que a veces me dejas sin palabras
espero ansioso un san maximino.