sábado, 29 de septiembre de 2007

HIPÓLITO

Nacido en un pueblo del llano, fue llamado desde edad temprana pora la digna causa de enseñar al que no sabe. Estudió Magisterio en la capital de la provincia, gracias al esfuerzo de sus padres, que deseaban liberar a sus hijos de los sinsabores del terruño. Le dieron escuela en un pueblo perdido entre montañas, lo que le obligó a adquirir una caballería para desplazarse por caminos y trochas. A lomos de Molinero -así le llamó, en recuerdo de Hernán Cortés, al que admiraba por su capacidad de decisión- recorrió Hipólito aquellos parajes para él tan distintos y nuevos. Pronto descubrió el gozo de ir al paso por los desfiladeros, mientras el sol aún pugnaba por florecer entre los riscos. Su ánimo se exaltaba y le venían a la mente épicas homéricas, cabalgando por el camino polvoriento que daba entrada al pueblo. El interés por la pedagogía fue declinando incluso en favor de una recién descubierta pasión por la hípica. Incluso a veces le tentaba la imperiosa idea de dejarlo todo y dedicarse por entero al mundo de la doma o buscar alguna profesión que tuviera como base al noble bruto. Quizás lo hubiera hecho. No pudo ser, porque una guerra injusta dio con sus huesos en cárceles de piedra y con su alma en eriales de desesperación. Acabó en un barrio de extrarradio, dando clase en un vil entresuelo. Durante años vió cabalgar caballos en la capa de polvo de los vídrios, mientras recitaba por dentro aquellos versos tan tristes de Machado.

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