domingo, 30 de septiembre de 2007

EMILIO

Emilio siempre fue muy supersticioso. No es que eludiera por sistema los gatos negros, las escaleras apoyadas en el muro o las tijeras abiertas. Lo que más bien le ocurría es que sentía un temor reverencial a lo por venir y se obligaba a sí mismo a seguir una serie de ritos para conjurar la desgracia. Por ejemplo bajaba las escaleras de modo que el último escalón no coincidiera con el pie izquierdo, tocaba siempre tres veces el pomo de la puerta al salir o cruzaba los dedos antes de pulsar el botón del ascensor. Había integrado esos y otros comportamiento en su rutina diaria y no les daba excesiva importancia. Sabía que podía no llevarlos a cabo, pero el pago era sentir la sensación aterradora de que le iba a ocurrir una desgracia.

Un día le presentaron a Serena y, de momento, sólo se quedó con que su nombre le recordaba una fotonovela. Pero volvieron a verse y se estableció una relación que acabó siendo estable. Se llevaban bien y se comprendían. Pero ella, por ese afán que tenemos todos de cambiar al ser amado, empezó a meterse con los peculiares comportamientos de su novio. Alegaba que era molesto ir de la mano por la acera y que él diera saltitos para no pisar los cuadros verdes. Emilio, complaciente, acepto ponerse en manos de un psicólogo.

En tres meses dieron por zanjado el problema; una incipiente neurosis obsesiva perfectamente manejable, según el galeno. Emilio se sintió aliviado. Salió pues de su casa sin tocar el pomo, sin contar los pasos, sin cruzar los dedos. Se puso a caminar por la acera pisando las líneas, los colores y las tapas de alcantarilla que le daba la gana. Qué placer, aquello sí era vida. Bajó con el pie izquierdo el bordillo y se dispuso a cruzar la calle y... le mató el ecológico tranvía recién inaugurado. Y es que, "ante la mala suerte, nada puede la ciencia", dicen que dijo el perito en almas cuando fue preguntado.

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