lunes, 24 de septiembre de 2007

DONATO

Donato siempre mostró un inusitado interés por la ropa interior femenina. De niño le subyugaban los ligueros de raso de su madre y le gustaba curiosear también en los cajones de la cómoda de su hermana. Tuvo varias novias en el barrio, pero no se sabe por qué, sus relaciones no resultaron duraderas. Lo cierto es que acabó por hacerse acreedor en los contornos de cierta fama de rarito. Por eso cuando conoció a Claudia, la hija de los dueños de la mercería nueva, vio el cielo abierto. Ella compartía con él la pasión por las sutilezas de interior. Se casaron y fue feliz durante un tiempo, rodeado de cuanto más amaba.

Se convirtió en el dependiente más versado que imaginarse pueda. Era capaz de hablar con toda naturalidad con las clientas de la calidad de una batista, de las propiedades de la piel de ángel, de la capacidad de sujección de unos elásticos. El mecanismo de los mil y un broches y corchetes del mercado dejó de ser un secreto para él, lo que le hizo famoso entre los jóvenes del lugar, que requerían con frecuencia sus consejos de perito en la materia. El matrimonio fue bendecido con dos hijos y todo marchaba como la seda más lustrosa.

Es posible que todo hubiera seguido así de no se por la aparición Cayetano, que empezó a visitar la tienda con una nueva línea de lencería fina y atrevida. Su presencia empezó a coincidir con las tardes en que Donato se ausentaba de la tienda, hasta que un día encontró una nota escueta en uno de los cajetines de la caja registradora. Desde entonces Donato se convirtió en un ser triste y huidizo. La gente empezó a llamarle "el viudo" y evitaba la tienda por no enfrentarse a su mirada de desesperación. Agobiado por los impagados y la soledad, echó la trapa una tarde y desapareció, camino de la estación.

Corren varias leyendas al respecto. Algunos quieren advertir su buen hacer tras el atrezzo de algun estrella del erotismo nacional. Otros le imaginan bajo la sombra sonriente de las palmeras del trópico. Sin embargo, aún flota en el ambiente el recuerdo de aquel cadáver de varón encontrado en el río y que nunca se llegó a identificar. Tenía un culotte rosa como único atuendo.

1 comentario:

Javier Menéndez Llamazares dijo...

Giro inesperado y genial hacia el crimen.
Y es que ese gusto por el envoltorio —en lugar de por el caramelo— no presagiaba nada bueno.
Pero en fin, son rumores...