domingo, 30 de septiembre de 2007

ASUNCIÓN

Asunción servía vinos y cañas en la barra de un bar. Tenía por compañeras a Azucena y Margarita. Todas estaban de buen ver pues Alipio, el dueño del figón, sabía bien que no bastaban el buen comercio y el mejor bebercio para llenar un local en pugna con otros similares de la zona. Cada una de ellas se abstraía como podía en sus cosas, mientra llenaban vasos y hacían cuentas sobre una pizarra inmaterial formada de voces diversas y entrechocar de vidrio. A ratos, Azucena pensaba en su amante, Virginia, y en lo que ayer la había contado sobre su atracción por una burguesa entrada en años. Margarita, había abandonado el negocio paterno, tras la extraña muerte de su esposo, y buscaba entre la gente alguien que le explicara algunos porqués que nunca antes le habían urgido. Asunción no pensaba nada, sólo se dejaba llevar por la marea de fluídos y de ruído como un barquito de papel hacia el abismo. Una noche a última hora, cuando Napoleón -un borracho con aires de grandeza- hacía su entrada cotidiana, Asun pegó un grito, salió a la calle y se evaporó entre la luz de las farolas. Desde entonces, a Casa Alipio le llamaban algunos el bar del milagro. Otros se reían recordando un chiste de beodos.

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