lunes, 3 de septiembre de 2007

ANA

Fue desde niña un poco “mística”, que es como llamaban en su pueblo a las chicas raritas, remilgadas y un tanto suyas. Cuando iba por agua a la fuente, no se entretenía con los mozos que mosconeaban por allí en busca de palique, como hacían las demás, ni volvía la cabeza ante las zalamerías que le decían al paso. Hay que decir que la joven era, si no una venus rozagante, sí una mujer agraciada de cara, con ojos negros almendrados, cabello brillante y un perfil juncal que la dotaba de un halo de elegancia inusual en aquellos pagos. Quizás precisamente por su desapego y aparente frialdad, fue creciendo el interés de los chicos de los contornos, que la pretendían uno tras otro con fines más serios que un revolcón urgente. Los sucesivos rechazos provocaron la animadversión de las otras mozas, que sentían herido su amor propio, con lo que Ana se fue quedando aislada.

Acabó refugiándose en la sacristía, donde abrillantaba los objetos litúrgicos, repasaba los hilos de oro de las estolas y almidonaba la ropa del niño Jesús y otros santos de vestir. Le dio por trastear por tabucos polvorientos, donde se apilaban trastos viejos. Un día dio con un san Joaquín solitario, desportillado y triste, con su largo cayado roto y unas palomas en un cesto. Ana se encariñó con él y consiguió que don Olimpio, el párroco, le permitiese adecentarlo y situarlo en la hornacina vacía de uno de los ábsides. Desde entonces dedicó al santo todos sus desvelos. Lo limpió y repintó las partes dañadas, sustituyó su vara por otra entera y hasta dotó de un poco de color a sus mejillas pálidas. “Así está más alegre”, decía. Todos los días cuidaba de adornar al santo con flores y de iluminarlo con lamparillas de aceite y olorosas velas de cera.

Pasaron los años. Al viejo don Olimpio le sucedió don Teódulo y a éste un tal Jacinto, que se compró una vespa y entraba en la cantina. Ana cuidaba a la par a sus padres y al santo. Se fue poco a poco amojamando. Pasó aún más tiempo. Ya anciana, su otrora grácil cuerpo había mermado tanto que era casi de la misma talla que la imagen. Cuando murió la enterraron en un pequeño nicho. El mismo día la hornacina volvió a lucir vacía como antaño.

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