viernes, 31 de agosto de 2007

VICENTE

A Vicente le gustaron siempre las multitudes. Desde niño, se acostumbró a acudir sin tardanza a cualquier celebración, desfile o acontecimiento deportivo que aconteciese en su ciudad. Salía en eso a su madre, Niceta, pues Ursicino, su progenitor, era un hombre aquejado de misantropía y vivía recluido en un cuarto interior, donde se dedicaba a escribir interminables cuadernos de letra apretada mientras fumaba sin cesar.

Vicente, acudía pues a fundirse con las masas en compañía de Niceta y de Boris, un niño ruso que vivía en casa desde que lo encontraron perdido y solo –obsérvese la cruel paradoja- en el cogollo mismo de una manifestación a favor de la restauración zarista.

Los tres asistían por igual a partidos de fútbol que a corridas de toros; lo mismo a bodas que a entierros, a carreras de galgos que a asambleas plenarias de comunidades de vecinos. Les encantaban los grandes conciertos, ya fueran del rock más duro y macarra que de los solistas melódicos más almibarados o las cantantes más recauchutadas y venéreas del momento. Gozaban también con las procesiones, las cabalgatas y los bailes de máscaras, con tal de verse rodeados de gentío.

En los mítines mostraban el entusiasmo más sincero y entregado, lo mismo si el líder propugnaba el reparto universal como si abogaba por la ley del más fuerte o el racismo más fiero. Les subyugaban sobre todo las reuniones de testigos de Jehová porque la mera imagen de un Apocalipsis cercano, con el fasto wagneriano de movimientos de masas y trompetas, les erizaba la piel de todo el cuerpo.

El trío se mantuvo activo y armónico durante muchos años. En los últimos, la estampa es la de una pareja de hombres maduros empujando a la vez la silla de ruedas de una anciana. Conocemos los hechos a través de las crónicas de Ursi, halladas entre las ruinas de un hospicio.

No hay comentarios: