lunes, 6 de agosto de 2007

SARA

Sara era la dueña de una carbonería de barrio, con las funciones añadidas de locutorio telefónico y punto de reunión. Allí solían juntarse las comadres, mientras cocían a fuego lento los garbanzos y los burros de las lecheras roznaban en la sombra. Sobre la una, cuando estaban a punto de salir los maridos del trabajo, se levantaban y corrían como una bandada de avefrías, agitando sus mandiles en el aire.

Sara había pasado ya de los setenta. Su vida no había sido fácil. Había tenido a su hija Clelia de soltera y eso, entonces, trastornaba la vida de cualquiera. Por suerte había encontrado a Cleto, un minero viudo que la puso el negocio, del que a su vez había enviudado ya hacía tiempo.

En el barrio se comentaba en aquellos días el caso de Abraham, un vecino que buscaba a una Sara para tener un hijo. Un día lo comentó Anacleto, un cobrador de deudas pertinaces que utilizaba a veces el teléfono para ir ablandando a sus víctimas con amenazas veladas: “Abraham anda buscando una Sara para preñarla”, dijo al desgaire, como sin darlo ninguna importancia. Sara desapareció en la negrura profunda del almacén y salió al rato, con la escopeta de balines de su nieto cargada. “Por si las moscas”, dijo sencillamente.

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