lunes, 6 de agosto de 2007

MARCIANA

Marciana era rara. “Más rara que una ceranda” decía siempre la tía Epifania, la del herrero. Y no es que tuviera su piel color verdoso, ni sus orejas forma abocinada, no, nada de eso, que la moza era galana y bien plantada, con buenas pantorrillas y busto firme y mirada despierta. Más bien era su manera de obrar lo que extrañaba, pues Marciana apenas iba al baile y, cuando iba, se pasaba todo el rato sentada, mirando unas veces a Teodoro tocar y otras a la fila de madreñas de la entrada.

Marciana solía pasear sola por la carretera, mirando al cielo, como esperando algo. La gente le tomaba el pelo con frases referidas a la meteorología y ella apenas contestaba con un “ya...” o un “no me digas”. Iba todos los días a la estación a la hora del correo y, a veces, regresaba con un misterioso paquete bajo el brazo. Algunos decían que eran libros, porque solían verla leyendo mientras cuidaba la única vaca de sus padres, en el prado de cerca del arroyo.

Como había de ocurrir, Marciana tomó un día el tren y no se supo más de ella. Unos decían que había ido a servir a la ciudad, otros que a encontrarse con un amante misterioso, aquel quizás que le mandaba los paquetes. Un día, Paulino hizo correr la maliciosa novedad de haberla visto en un bar de mala nota. Sus padres, mientras tanto, iban ganando en canas y en angustia. A veces se les veía mirando al cielo, a la hora del Ángelus, buscando quizás alguna señal o algún vestigio.

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