viernes, 24 de agosto de 2007

MAGDALENA

A Hilario, Magdalena le recordó de golpe un pasado remoto dado ya por perdido. La encontró una mañana, sentada frente a él a la hora del desayuno, y experimentó, en ese mismo instante, la sensación de estar bajo las mantas, esperando el beso de buenas noches de su madre. Ella –se enteró después- había llegado en el tren de madrugada para quedarse a vivir en la pensión durante no sabía aún cuánto tiempo.

Magdalena era joven, con pelo largo de valquiria y unos ojos claros que a Hilario le parecían puros como dos lagos en un paisaje idílico. Hablaba poco, pero escuchaba atentamente, como si su interlocutor fuese para ella alguien muy especial. Hilario le fue contando, en los siguientes desayunos, algunos pasajes de su vida; eran cosas de esas que no interesan a nadie, a excepción de una madre, una amante o un amigo íntimo con dos copas de más. Magdalena le miraba con dulzura mientras untaba con eficiencia germana sus tostadas.

A Hilario se le veía feliz. Ya no era aquel hombre taciturno y malpensado de unos meses antes. La arruga de su entrecejo, ésa donde anidaban los malos pensamientos, se le había atenuado. Incluso canturreaba –algo impensable antes- en el baño.

Pero un día Magdalena no acudió a la hora del desayuno. Hilario no preguntó nada. Sabía que el día había de llegar más pronto que tarde. Cuentan que un rictus de amargura le cruzó el semblante. No sabemos con certeza lo que fue de su vida en adelante. Algunos dicen que se arrojó ese mismo día por la ventana del patio interior; otros, que vivió el resto de su vida en anhelante búsqueda. Incluso hay quienes le atribuyen una magna obra en varios tomos, donde cuenta con minuciosidad de orfebre los vericuetos más inanes de su vida interior.

2 comentarios:

cacho de pan dijo...

lamentablemente mi nombre no figura en el santoral: me gustaría leerlo.
te linkeo para seguir oyéndote.

Antonio dijo...

Vale, Cacho, siempre está bien saber que se tiene algo de audiencia.