jueves, 23 de agosto de 2007

LONGINOS

Hijo único de un relojero, Longinos rehuyó desde la infancia recoger el testigo de la profesión, a pesar de la insistencia recalcitrante de su padre. La consciencia permanente del transcurso del tiempo se le hacía insoportable. Obligado a quedar una tarde al cargo del taller, la dedicó a desprender las agujas de todas las esferas y amontonarlas en un cajón. Fue la ruptura definitiva con su destino, para amargura y desespero de su progenitor.

Estudió Historia del Arte mientras repartía pizzas para pagarse la pensión. Comía con las propinas y los bocadillos que le daban los turistas a cambio de sus servicios de guía ameno y documentado. Pronto destacó en iconografía y comenzó una tesis sobre las figuras portadoras de lanza, como San Miguel, San Jorge y el centurión que alancea el costado de Cristo. Obtuvo una beca y viajó a diversos países. El objeto de su estudio acabó siendo para él una obsesión. Fotografió miles de figuras, midió el grado de inclinación de las lanzas, estableció teorías basadas en las funciones trigonométricas resultantes. Procesando las imágenes en una computadora, observó que indicaban puntos relacionados con corrientes magnéticas del subsuelo o bien determinados movimientos celestes, según las coordenadas geográficas del punto en que estuvieran situadas. Acabó siendo célebre y escribió algún libro de éxito en el ámbito de lo paranormal.

Un buen día se dio cuenta de que su ruptura con el destino no había sido tan definitiva. Como un astro arrepentido, regresó al punto en que había quebrado la disciplina de la órbita. Su padre, casi ciego, seguía atareado bajo la lámpara, y se encajaba la lupa de relojero en un ojo y en otro, alternativamente. Longinos buscó la caja llena de lancitas de varios tamaños y se puso a situarlas por parejas en distintas esferas. Pasó así la tarde, mientras el viejo fingía no darse cuenta.

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