miércoles, 8 de agosto de 2007

GENEROSA

Siempre “se crió muy bien”, a decir de Humildad, su madre, que la había tenido de soltera con un mozón orondo que vino por el pueblo cuando pusieron el teléfono y se fue con las últimas golondrinas que se posaban en los cables. Humildad era tan poca cosa que siempre se había sentido acomplejada. Así es que se dedicó con ahínco a nutrir a un bebé ya de por sí rollizo por herencia paterna.

Le llegó a Generosa la edad del desarrollo y se convirtió en una chica hermosa, eso sí, en el sentido más rubensiano, si se nos permite el neologismo. De buenas ancas y amplias caderas, sus pechos coronaban con estrépito la ondulada orografía de sus lorzas. Una cara redonda, de mejillas coloradas y boquita de piñón, completaban la estampa. Todo un éxito para una madre con las huellas aún de una infancia de hambre. Sólo que en el ínterin las veleidades de la moda habían cambiado. Tuvo la culpa una tal Twiggy, cuya extrema delgadez y sus pestañas postizas, recorrieron el mundo a lomos de las pantallas de la televisión.
Todo el gozo de Humildad en el pozo del aciago destino. Ella auguraba una buena boda, con un hombre cabal y situado. Pero Geni, con su cara de muñeca y su aspecto saludable y maternal, se veía rechazada por los mozos en el baile y pasaba los sábados viendo en la tele programas musicales.

Estuvo a punto de cometer la atrocidad de adelgazar, de someterse a un régimen feroz, de sacrificar su personalidad y su salud a un ideal espurio. Pero llegó Benigno a despedirse de unos familiares, antes de ocupar su plaza de intérprete en Ginebra, y se enamoró a primera vista. No en vano había pasado la adolescencia rindiendo culto a Onán mientras miraba en el libro de Sociales la ilustración de Las tres gracias.

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