martes, 14 de agosto de 2007

BRUNO

Bruno está sentado en el catre, sus brazos rodeando las rodillas, la cabeza gacha, componiendo la clásica estampa del desamparo. Una mosca le circunda, hace amago de posarse en su nuca rapada, luego en la clavícula, quizás ahora en una oreja. “No voy a moverme, que contemplen mi pasividad y mi inocencia”, piensa rememorando al Norman Bates de Hitchcock, mientras la leyenda “amor de madre” se desdibuja en la piel de un bíceps sacudido por un breve temblor.
Tras la mirilla de la celda de aislamiento, dos vigilantes comentan las últimas noticias del Tour con ánimo cansino.

Bruno es, a su manera, un ilustrado. Fue bien en los estudios hasta que las malas compañías emponzoñaron su camino. La cosa empezó por robar aquella farmacia y luego ya vinieron las peleas y los ajustes de cuentas. Al final se cargaron a aquel pringao de Julián “el francés”, por un quítame ahí unas papelinas, y acabaron todos en la trena. Pero Bruno tiene su cultura y en la cárcel el tiempo cunde, así que anda todo el día con un libro de Nietzsche bajo el brazo. Sale al patio y se pone a leer, sentado en el banco corrido del fondo, mientras otros juegan al frontón o relatan bellaquerías y fantasmadas de su vida anterior. Bruno es de los duros y, en la galería, el filósofo del anticristo produce respeto. Una lectura así se puede perdonar en un lector bien macho.

Pero tuvo que venir Leoncio a joderlo todo. Leoncio, el jodido imbécil –y vemos a Bruno, entre las cabezas de los guardias, con un rictus de amargura en los labios-. Todo por querer hacerse el hombrecito, todo por ese afán de rebajar mi cota de prestigio. Desde que empezamos a compartir chabolo no cejó un minuto en una guerra idiota por ocupar mi estatus de líder ante el grupo. Yo no quería, lo juro por mi madre –y mira Bruno la mosca en su bíceps, que se frota las patas meticulosamente sobre el rojo corazón en llamas-. Pero cuando arrancó las pastas de mi libro ante todos, no tuve más remedio que morderle en la yugular hasta matarle. Menos mal que el río de sangre y el jaleo consiguieron ocultar que, debajo de un simulado Así habló Zaratustra, estaba en realidad Paulo Coelho. Hubiera sido una catástrofe.

1 comentario:

Javier Menéndez Llamazares dijo...

Oye, es buenísimo, qué gran idea: el presidio ilustrado.
Sólo falta Foucault de carcelero...
Por cierto, que comparto la opinión implícita sobre Coelho. En fin, qué se le va a hacer...
Un excelente blog, y un esfuerzo encomiable.
Cuenta conmigo como lector, un saludo.