jueves, 16 de agosto de 2007

ARSENIO

Arsenio sentía ya de niño la necesidad del ensimismamiento. Asomado a la ventana, pasaba las horas muertas fantaseando mientras observaba el ir y venir de los vecinos, las evoluciones de los vencejos y el engañoso estatismo de las nubes orondas y distantes.

La adultez y las obligaciones atemperaron su desviación sólo lo imprescindible. Buscó un trabajo rutinario, se casó y tuvo hijos, pero le seguía acuciando la imperiosa necesidad de estar consigo en comunión secreta. No ahorraba esfuerzos para robar instantes preciosos a sus obligaciones con tal de tener su dosis de aislamiento, lo que por otra parte le producía cierto culposo desasosiego.

Le vemos ahora mismo observar arrobado una fila de estandartes, de grímpolas, lábaros o gallardetes que flamean a lo lejos. Arsenio tiene no poco remanente léxico, no en vano sigue cultivando en pleno siglo XXI el nefando y trasnochado vicio de leer. Su mente vuela de las banderolas a los libros de historia, de ahí a sus juegos bélicos de infancia, desembocando en las panorámicas grandiosas del Ran de Kurosawa.

Arsenio se siente a menudo protagonista de novela; no un Zalacaín precisamente, sino uno de esos hombres grises, de gabardina parda y andar triste que pueblan notables extensiones de los territorios de ficción. Si pudiéramos penetrar en este mismo instante en su interior, le encontraríamos, por ejemplo, escindido entre Bernardo Soares y Mersault, con un punto del Samsa oficinista antes del cambio.

Dejémosle a solas con sus divagaciones, no vaya a inquietarse. Si volvemos dentro de unos años, quizás ya no estén los anuncios –eso son precisamente las banderas- que publicitan las nuevas construcciones. Arsenio mirará entonces los muros, las ventanas y los grajos posados en las tejas. Se sentirá quizás Ulrich o Leopold Bloom o quizás ya no se sienta nada.

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