lunes, 23 de julio de 2007

SIMEÓN

Simeón, en cuanto se enfadaba, se subía al lugar más alto que encontraba y era capaz de permanecer allí en pie y sin comida durante horas y hasta días si nadie ponía remedio. Lo mismo se subía al tejado como a un altozano, a un edificio en construcción o al pretil de un puente.

Sus padres y hermanos procuraban no enojarle, haciendo esfuerzos ímprobos a veces, por miedo a tener que ir a suplicarle en plena noche o, como ocurrió en una ocasión, verse obligados a llamar a los bomberos. Sin embargo, siempre había malandrines como Pelayo, que se dedicaba a zaherirle con la sola intención de divertirse con sus espantadas.

Pero los rasgos de carácter, aún los más acendrados, no tienen por qué ser definitivos. Simeón fue creciendo en madurez y en estatura. Sublimó sus pulsiones escapistas y estudió economía en una Escuela Superior de renombre. Encontró trabajo en la banca y fue ascendiendo paulatinamente. Acabó trabajando en el piso noventa de un edificio en Singapur. Allí toma importantes decisiones sobre los mortales que habitamos más abajo. Está solo y, a menudo, enfadado.

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