jueves, 26 de julio de 2007

PONCIANO

Era de los niños que se lavaban las manos sin mandárselo, lo cual causaba admiración entre los mayores y burlas y recelo entre los de su edad. De lavarse antes de cada comida, pasó a hacerlo también después y siempre que cogía cualquier objeto, por limpio que estuviese. Durante su época de universitario, sus compañeros de piso se quejaban de que se pasaba la vida en el cuarto de baño. En su noche de bodas, encontró a su esposa dormida, cuando volvió a la habitación, tras hora y cuarto, después de sus escrupulosas abluciones vespertinas.

Con el tiempo la cosa fue a peor. Acabó perdiendo el trabajo, pues apenas le daba la mano un cliente corría sin disimulo al lavabo más cercano. Su mujer le dejó ante la ansiedad creciente que él sentía en cuanto se acercaba. Sus amigos empezaron a rehuirle, pues les hacía sentirse impuros. Acabó viviendo con su madre, la única persona que, lejos de criticar sus hábitos de higiene, aún le recordaba a veces que se lavase bien detrás de las orejas.

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