lunes, 23 de julio de 2007

MATILDE

Cuando era niña, su padre había venido un día a casa con uno de aquellos aparatos de madera barnizada y botones nacarados. Lo había enchufado en la única toma de corriente de la casa y se habían encendido unas luces misteriosas, a la vez que emergían chirridos penetrantes. Matilde seguía estas operaciones con los ojos como platos. Por fin, habían surgido, a través del cuadradito de tela, las notas musicales de una canción de moda, mezclada a rachas con las llamadas incomprensibles de un almuédano. Desde entonces Matilde amó la radio. Cuando no estaba puesta, la observaba entronizada en su peana, bajo los volantes de su funda de flores, como si de una imagen sagrada se tratase.

Llegaba la tarde y su padre retiraba la tela con una reverencia casi impúdica. Emergía la radio y luego aquellas voces lejanas, que cambiaban a mediada que se avanzaba con la rueda, atravesando los nombres de ciudades extrañas.

Pasó el tiempo. Matilde se casó y se fue a la ciudad. Gervasio, su marido era viajante de cosméticos y pasaba muchos días fuera de casa. Sola, entre muebles recién comprados, Matilde se entregaba sin tasa a su pasión predilecta. En cuanto aparecieron los primeros transistores, compró uno y salía con él a la compra y al paseo.

Todo iba bien hasta que empezó a oir aquellas voces. Se dirigían a ella por su nombre y la reconvenían. Primero era en un punto determinado del dial y Matilde podía huir de aquellos desatinos moviendo la rueda. Pero luego la infección se fue extendiendo hasta cubrirlo todo y ya no hubo escapatoria.

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