sábado, 21 de julio de 2007

LUCINA

Lucina era “pequeñina y galana” como la Vírgen de aquellos lugares húmedos y feraces, tan distintos al secarral donde había nacido. Estuvo por allí de joven, visitando a una tía enferma, y ya nunca olvidó las verdes praderas, las hermosas pomaradas y la amabilidad de las personas. De hecho, aunque volvió al cabo de tres semanas a su terruño de toda la vida, vivió siempre con la esperanza del regreso.

Casó pronto con Cayo y tuvo cinco hijos, que la ataron definitivamente a los áridos campos de centeno, a las peras de invierno y las noches recosiendo ropa frente a los rescoldos de la lumbre. Cayo no era ni bueno ni malo, se limitaba a cuidar de los jatos, arar o sembrar según la temporada y echar unas manos de tute en lo de Marciano, los domingos. El tiempo fue pasando, murió un hijo, la mayor se hizo monja, despechada por un arriero tarambana. Cayo y Lucina prosiguieron luchando con la vida largos años; rogando la lluvia en las largas sequías, sufriendo las plagas y espantando el granizo con conjuros inútiles.

Un día Cayo murió, sacando agua del pozo. Vinieron los hijos aún vivos y sus familias al entierro. Lucina asistió a las exequias de verde riguroso, incluidas las medias y el pañuelo. Era un intenso verde prado que levantó olas de incomprensión y escándalo entre los deudos y vecinos.

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