sábado, 21 de julio de 2007

LADISLAO

A Ladislao lo que más le gustaba en la vida era dar patadas a un balón. Lo segundo, ir al cine. En cuanto salía del colegio, se juntaba con otros arapiezos, improvisaban unas porterías y organizaban un partido que duraba hasta que las madres empezaban a llamarles por las ventanas, ya iluminadas, conformando un coro de voces variopintas, como de pieza de género chico o película neorrealista.

Los domingos, con sus americanas heredadas y el pelo bien engominado, asistían a la sesión de las cinco del Bienvenido Gran Cinema. Era un salón de lujo venido a menos, con butacas abatibles de madera y cortinas de terciopelo repelado. Siempre echaban, antes de la película, un documental en blanco y negro donde solían aparecer las jugadas culminantes de un partido de fútbol pretérito. Los chicos aplaudían a rabiar los goles, como si estuvieran en vivo y en directo. Luego se enfrascaban en el tecnicolor de tiros a mansalva y besos censurados.
Llegó una edad, terminada la reválida, en que Ladis tenía que elegir entre las dos grandes vocaciones de su vida. Como futbolista, no tenía ni la estatura ni la maña suficientes, como bien se ocupó de ponerle de manifiesto su tío Cirilo, preocupado por el porvenir económico del mancebo. De lo otro, del cine, no había nada que decidir. Las cosas ocurrían más allá de la pantalla, en un mundo irreal al que estaba vedado el acceso a los mortales. Así es que Benedicta, madre del aspirante, decidió que fuese tornero. Así ocurrió. Ladislao no fue nunca una figura señera del balompié. Tampoco un reputado director de cine, ni una estrella del séptimo arte patrio. De no mediar Benedicta y Cirilo... casi seguro que tampoco.

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