lunes, 23 de julio de 2007

FÉLIX

Félix era ágil y despierto. Es lo primero que viene a la mente de cualquiera, cuando recuerda a aquel joven menudo que, lo mismo subía por el mayo hasta la punta, como te arreglaba un transistor.

Félix amaba la noche. Era capaz de pescar truchas a mano en la poza de a una legua río abajo, de buscar entre zarzas el cordero perdido, de rondar a alguna viuda solitaria, y –después de todas esas correrías al amparo de las sombras-amanecer dispuesto a descargar pacas de hierba con tanto arte como el que más.

Era un artista, Félix. Se lo decía siempre Urbano, el cantinero, y Félix le miraba con sus ojos brillantes, de pupila profunda e iris chispeante. No tenía rival en los juegos de cartas, pues daba la impresión de ver a través del envés historiado de los naipes; además era atrevido y tenía una retentiva prodigiosa. En las peleas – a menudo surgían pendencias de deudas o de amores-, Félix se defendía con eficacia, pues, con tal de tener una pared que le cubriera las espaldas, era capaz de enfrentarse a hasta cinco enemigos a la vez.

Todos admiraban las virtudes de Félix y envidiaban su capacidad para sobrevivir a situaciones de peligro. Por seis veces había estado al borde de la muerte y siempre había sabido salir a flote. Por eso, todos lloraron cuando un mastín lo tronzó el cuello, una noche, cuando merodeaba por el molino, al olor de una hembra.

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