jueves, 26 de julio de 2007

FERMÍN

La vida de Fermín siempre fue una encrucijada, un debatirse en la duda, un combate denodado entre dos sentires contrapuestos. Fermín era chófer al servicio de don Germán, poeta y periodista de renombre. Con él recorría la provincia persiguiendo vestigios de antiguas tradiciones. Fermín, amén de auriga, ejercía de ayudante de campo y centurión de la celebridad local. Se le daba bien el trato con las clases populares y propiciaba las entrevistas con los ancianos lugareños.

Fermín era servicial hasta la médula y se desvivía por su señor. Llevaba junto a él muchos años y no se hubiera perdonado la menor desavenencia. Fermín no tenía firmes convicciones sobre nada, por lo que sus opiniones eran las de don Germán. Tanto en la política, como en moral no le costaba adscribirse totalmente a las ideas del prócer. Incluso en cuanto al balompié tenía a orgullo defender los mismos colores. Entonces, ante este panorama de fe y sumisión,
¿dónde estaba el combate, dónde la duda? Ni más ni menos que en la pasión irrefrenable de Fermín por la Fiesta Nacional, pues don Germán era un furibundo y combativo antitaurino.

Fermín había sido de joven maletilla. Tenía un pasado oculto, en otras tierras, de carreras, revolcones y alguna becerrada. Ese era su drama y su pecado. Con esa pasión guardada a cal y canto iba muriendo lentamente el yo más verdadero de Fermín.

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