lunes, 23 de julio de 2007

BERTA

Nadie supo nunca cual era el nombre real de Berta, pues se negaba a declararlo, incluso a sus amigas más íntimas. Éstas especulaban con posibilidades como Filiberta, Humberta, Eriberta, Bertolda y otros parecidos. Eran las más intrigadas Tita, en el Registro Civil Lucrecia; Santita, de nombre verdadero María de la Fuensanta y Salta, Exaltación de la Santa Cruz en los papeles.

Durante muchos años, las cuatro pasearon a diario cogidas del brazo por parejas alternas. A veces Berta con Santita, otras Salta con Tita, así hasta agotar las combinaciones de cuatro tomadas dos a dos. En vacaciones visitaban países exóticos por los que seguían paseando del bracete. Nunca discutieron ni se disgustaron entre sí. Nunca pelearon por un presunto pretendiente. Nunca se casaron.

Todas fueron muriendo a su debido tiempo. Primero Santita, luego Salta y al poco tiempo Tita. Todas a una edad no prematura, pero tampoco excesivamente avanzada. Todas tras una hospitalización lo suficientemente larga para ser visitadas, al menos una vez, por vecinos y conocidos. Todas de enfermedades normales y bien vistas por la sociedad.

Quedó sola Berta. Nadie supo nunca que se llamaba Berta, simplemente Berta. Murió la última sólo para evitar que sus amigas desvelaran en la esquela un misterio inexistente.

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