sábado, 21 de julio de 2007

BENIGNO

Benigno hubiera sido un bendito si no es por lo de aquellas voces. No se sabe cuando empezó a escucharlas dentro de su cabeza. Lo cierto es que, sobre los ocho o nueve años, estaba subido con Reinaldo en el pretil del puente viejo y le dio de repente por empujarle. Salvó por los pelos, que tenía crecidos y sirvieron de asidero a Ireneo para arrastrarle hasta la orilla. Benigno sólo supo decir en su defensa que se lo habían ordenado “las voces”, así lo dijo, con artículo determinado, como si fueran antíguas conocidas.

Lo mismo adujo cuando casi estrangula a Alicia en el pajar de Basílides o, más adelante, cuando arremetió contra Sergio a lomos de un vespino, quebrándole cuatro costillas. El caso es que nadie se atrevía a tomar una determinación en su contra, por un temor supersticioso hacia lo ignoto.

Fue don Marcelo, el nuevo párroco, quien decidió intentar un exorcismo que liberara al pueblo y al propio Beni del Maligno, que era sin duda –según su convicción más absoluta- el causante de todo. Benigno aceptó de inmediato, pues detestaba perpetrar maldades. Pero su otro yo no estaba tan de acuerdo. Bramó y lanzó esputos en cuanto el cura le asperjó con las primeras bendiciones. En cuanto a los latines, los combatió con historiadas blasfemias en idiomas extraños que ni siquiera conocía de lejos.

La lucha duró seis largos días, con todo el pueblo pendiente de las levitaciones, los golpes y los gritos estertóreos. Al séptimo, don Marcelo, salió desencajado de la pieza e intentó agredir con el hisopo a un concejal conservador. Tuvieron que encerrarle. Benigno en cambio estaba calmo y sonriente. Con constancia y la mediación de un primo conserje, acabó de intérprete en la ONU.

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