lunes, 23 de julio de 2007

AMABLE

A Amable nunca se le dio bien el trato con las personas. Era arisco y violento desde niño. Una desconfianza íntima hacia sus semejantes le impedía comportarse con ellos con dulzura; antes bien se mostraba grosero incluso con aquellas personas a las que apreciaba sinceramente. El maestro, por mantenerle ocupado, dio en encargarle el cuidado de las plantas que crecían en los alféizares. Cuando vino don Eulogio, en su anual visita de inspección, se fijó en el buen aspecto de los claveles de los tiestos y preguntó quién los atendía. Aunque Amable torció el gesto ante los plácemes, en su interior se sintió agradecido. Este fue el hecho que encauzó su vida.

Encontró un empleo de jardinero en cuanto acabó en el instituto. Fue feliz regando el césped, hornando con pensamientos malvas y amarillos los parterres o podando los tilos de los parques. Eso sí, gruñía como una bestia del averno si un niño osaba pisar lo más mínimo el borde de la hierba. Los jubilados que criticaban a sus hijos y nueras en los bancos, detestaban sus malas maneras y sus gritos. A los novios, no dudaba en rociarles con los aspersores, simulando descuido, si notaba que se amartelaban demasiado a la hora crepuscular en que tenía instrucciones de cerrar el recinto.

Así fue Amable pasando su vida, en un caserón que rellenó de tiestos y de trastos que suplieran la compañía de las personas. Nunca tuvo visitas ni, por supuesto, una mujer que soportara su talante avinagrado. Murió sólo y apenas fueron al funeral algunos compañeros y las cuatro beatas que van a todos por costumbre. Lo enterraron en tierra y sin losa, por expreso deseo testamentario.

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