lunes, 23 de julio de 2007

ABEL

Abel nació casi a la vez que un hermano mellizo, pero éste no se llamó Caín. Primero, porque nadie pone a un hijo así a pesar de que, mal o bien, sea uno de nuestros ascendientes y padres fundadores de la especie. Segundo, porque no estaba entre los santos del día y ésa era una condición sine cuanum para don Porciano, el párroco del pueblo. Así es que Cirila y Fulberto eligieron para el segundo vástago el nombre de Atanasio.

Quiso la suerte que Abel se convirtiera, andando el tiempo, en un gran empresario, propietario de minas y medios de trasporte. Su hermano Atanasio se hizo médico y –cosas de la vida-, acabó trabajando como tal en la empresa de su hermano.

Abel se dejó corromper por el dinero. Era déspota y estirado, exigía mucho y pagaba mal. Atanasio escuchaba las amargas diatribas de los silicosos que pasaban por la consulta y las quejas de las familias, arruinadas y llenas de deudas. Tanis era de buen corazón y todo eso le dolía. Le afectó sobre todo el enterarse de que en el pueblo le llamaban “el hermano de Caín”. Eso aceleró su marcha de aquel valle tenebroso.

Abrió consulta en la ciudad y le fue bien. Sus buenas artes y un carácter afable consiguieron que aumentara la clientela en pocos años. Con sus ahorros levantó una clínica moderna y luminosa. Allí trataron sus dolencias banqueros y traficantes; artistas del cinema y especuladores de suelo. Todos eran bellos y simpáticos y le mostraban constantes muestras de agradecimiento. Atanasio consideró siempre un acierto providencial haberse dado cuenta a tiempo de aquel lento pero paulatino hundimiento en los infiernos.

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