sábado, 9 de junio de 2007

ZACARÍAS

Zacarías era el menor de siete hermanos. Sabemos de su padre que trabajaba en Obras Públicas, que era honrado, apenas bebía y carecía de vicios que pudieran llegar al grado de nefandos. Antes bien, un sano uso del matrimonio le había ido proporcionando hijos varones con una cadencia temporal más que aceptable. Al primero le puso Asterio y luego fueron llegando Bardón, Censor, Diosdado, Emaro y Famián. A partir del tercero, le acució el deseo de tener una hembra y cada nuevo parto era una desilusión para Oliva, su esposa, que se sentía culpable por ser incapaz de algo tan fácil como alumbrar un ser igual a ella. Asignar al séptimo un nombre que empezaba por zeta fue toda una declaración de intenciones. También el inicio de una espiral de alcohol y violencia, cuyo vórtice no podía ser otro que la autodestrucción más espantosa.

Zacarías vivió pues en un hogar más bien caótico, pero los gritos y los golpes no provocaron en él graves desórdenes de conducta. Los hermanos mayores fueron agriando su carácter y haciéndose agresivos o taimados. Zaca, sin embargo, destacaba por un halo imperturbable que llevaba con él adonde fuese. Vivía en apariencia ajeno a todo, con un mirar puro que parecía atravesar objetos y personas. Un día, en la escuela, don Amancio explicó el pasaje de Zaqueo, aquel que para ver a Jesús sube a una higuera. Ya no se quitó jamás el mote: Zacarías, Zaca, Zaqueo; el de la higuera.

Desde entonces creció su aislamiento. Un día subió a un castaño y se negó a bajar, por más que vinieron municipales, voluntarios y bomberos. El parque era frondoso, pues había sido vivero durante muchos años. Pasó de un árbol a otro, habilitó una yacija entre dos ramas, y la gente se hizo a verle así, rampante contra el cielo. Los niños le arrojaban comida, como a las ardillas y a los ánades.

Pasaron los años y Zaca-Zaqueo se fue formando con revistas y prensa que la gente dejaba en los bancos. Incluso tuvo un idilio con Jolenta, una joven atraída por su rareza o quizás apiadada de su soledad. Duró poco, pues las autoridades eran muy estrictas con la moralidad de las conductas en los bancos, cuando más en un sitio tan indecente como las alturas.

Un día Zacarías encontró un libro que cambió su vida. Era un viejo tomo ajado y húmedo que alguien abandonó, sorprendido por un aguacero repentino. Apenas hubo llegado a la última página, bajó del árbol. Pronto encontró un trabajo, se casó y firmó una hipoteca. "Para no ser original, no merecía la pena el esfuerzo", fue la enigmática explicación que algunos dicen haber oído de su boca.

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