viernes, 15 de junio de 2007

YOLANDA

Nacida en las tierras umbrosas del norte, aunque de vuelta a la patria antes de cumplir los cinco años, profesaba una viva afición por los tulipanes. De ahí que aparezca a menudo con vestidos estampados con dicho motivo floral.

Parece ser que estudió secretariado y enseguida encontró trabajo en una gran empresa de la capital, con gran contento de sus padres, Cirino y Mercedes. Allí dicen que se introdujo pronto en los ambientes nocturnos. Conoció a Nazario, hombre robusto y de perilla, aficionado a las camisas de raso de tonos violetas y morados, que la fascinó con su mundología a contrapelo. Con él y otro puñado de diletantes y veletas con presunción de artistas, fundó una compañía de títeres y variedades que recorrían la geografía rural en vacaciones y fines de semana.

Para entonces ya casi se había olvidado de los tulipanes. Pero el destino tiene muchas artimañas para confundirnos. Volvían ya a la ciudad, tras representar en un pueblo La dama de perrito en versión libre, cuando se encontró con aquella gozosa extensión de, rojos, amarillos y naranjas. En medio estaba Onofre, apoyado en una azada, con el aspecto pétreo de un héroe de los planes quinquenales silueteado sobre el telón de fondo del ocaso.

Con estas mimbres, sólo cabe pensar en un cesto lleno de conflictos. Quizás en el consabido sacrificio de alguno de los vértices; en la muerte que deja el paso libre o el ostracismo voluntario. No conocemos el desenlace, en este caso. Sin embargo, en alguna iconografía encontrada, aparecen los tres, con aspecto feliz, rodeados de flores y de niños.

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