sábado, 30 de junio de 2007

LUIS GONZAGA

A Luis nadie le llamaba nunca Luis Gonzaga, en realidad ni él mismo sabía que se llamaba así o, si lo había sabido alguna vez, lo había olvidado. Lo de Luis Gonzaga fue cosa de Apolinar, su padrino, gran admirador de la obra y milagros de Alberti. Sin embargo, a Luis Gonzaga, nadie le había hablado de ello, pues Poli, al poco tiempo de él nacer, conoció a una danesa en Lloret y se perdió con ella en las brumas del septentrión. Así que, para Luis, Alberti no era más que un señor vestido de colorines que le sonaba a una guerra muy antigua.

Sin embargo, a pesar de haber nacido en una provincia de interior, amaba el mar y los veleros. Disfrutaba viendo a Tyron Power y Gregory Peck gobernando el timón con mano firme, en las películas de la tele, los sábados por la tarde. Los galeones fueron desde niño motivo principal de sus dibujos.

Con el paso de los años, sus obras fueron ganando en perfección técnica y belleza. De las témperas escolares, pasó al óleo y reprodujo así todas las marinas que existían en el museo local, con tal acierto que costaba distinguirlas del original. A la vez, empezó a dedicar las tardes al modelismo naval, consiguiendo reunir una notable cantidad de galeones y veleros a escala. Deseaba cada día, con urgencia, ver el mar, navegar, conocer otras costas, islas paradisíacas, pero siempre tenían entre manos una obra que no podía abandonar.

Vivió mucho, nunca conoció mujer, a su muerte sus obras atestaban las muchas habitaciones de la vieja casa heredada de sus padres. Había sido una invasión paulatina que llegaba hasta el último rincón. En él le sorprendió la Parca, pintando un ocaso junto a una ventana. Nunca llegó a ver el mar.

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