domingo, 17 de junio de 2007

JEREMÍAS

Aunque la suerte siempre le sonrió, Jeremías cultivó toda su vida la zarza perenne del desconento. Hijo de familia adinerada, fue criado con el mimo y las albricias del primogénito largamente esperado. Fue un bebé espléndido y hermoso que despertaba admiración. Tuvo dos hermanos, Montano y Sancha, que siempre le admiraron con un cariño nunca empañado por los celos. Pudo estudiar en los mejores colegios y contó con el aprecio de los compañeros y el amor de no pocas doncellas. Sin embargo, su tendencia innata al acíbar y la queja le impedía en todo momento gozar de las satisfacciones propias de su suerte.

Estudió leyes, abrió bufete y ganó una cátedra. Casó con Valeriana, mujer discreta, admirada en su entorno por sus serenos ademanes. Ganó casos difíciles y tuvo hijos que le respetaron y quisieron. Sin embargo, sus quejas no cesaban. Siempre encontraba el detalle imperfecto, la minucia que le desazonaba. En su fuero interno deseaba ser otro, no sabía bien quién, tener distinto oficio, otra familia, vivir en otro sitio. Nada le desquiciaba más que le dijeran: "Si lo tienes todo, no sé de qué te quejas". Le mortificaba hasta el desespero que todos le reprochasen sus milongas lastimeras.

Por fin, un día le cambió la suerte. Perdió dos casos muy seguidos y la clientela le abandonó de pronto. Descubrió que su hijo mayor se drogaba y su hija desapareció en el seno de una secta destructiva. Su mujer le dejó, colmado el vaso ya de su paciencia. Se vio en la calle, durmiendo en los portales. Todo el mundo le miraba con lástima al pasar. Se quejaba y los conocidos le daban la razón. Al fin era feliz.

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