martes, 19 de junio de 2007

INOCENCIO

Ino fue siempre un hombre cabal. Nunca se le conocieron vicios, ni anhelos que no fueran el de sacar a los suyos adelante. Pluriempleado hasta las cejas, dedicaba su poco tiempo libre a pasear por la ciudad. A los cuarenta y siete, le atropelló un taxi en un paso de cebra. El conductor juró y perjuró no haberle visto.

Cuando años después quisieron escribir su biografía –hay gente para todo-, se encontraron con que ni su viuda ni su nuevo marido recordaban en absoluto su existencia. Sus cinco hijos tampoco. Menos aún, por supuesto, los vecinos, compañeros o conocidos. Sólo la hija menor, tras mucho insistirla, manifestó guardar en su mente la pálida imagen de un señor bajito que solía ir a casa a comer. Era silencioso y no bullía. Ino.

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