viernes, 8 de junio de 2007

HERACLIO

Famoso en el barrio por su gran fuerza y su extremada afición al tute y otros juegos de cartas. Desde su adolescencia, comenzó a frecuentar el bar de Fortunato, donde se concitaban los jugadores tempranos junto a un puñado de jóvenes prosistas. Mientras en una mesa Heraclio y los suyos arrastraban y cantaban las cuarenta en oros, en la de al lado los cuentistas leían sus relatos, liderados por el frailuno joven Medardo. Entre el humo del tabaco y el entrechocar de los vidrios, emergían los recristos de unos y las metáforas de otros, en extraña armonía que Fortunato contemplaba con cara de buey cansino, acodado en la barra con desgana. Mientras, las moscas agonizaban mansamente, pegadas en racimos a las cintas encoladas que pendían del techo.

No se conoce fecha exacta, pero Heraclio un día decidió dejar crecer sin tasa sus hirsutos cabellos. En unos meses le llegaron a la espalda, ante la perplejidad de un vecindario de orden que no concebía tales desatinos. A la par que la longitud de su pelo, creció su malhumor y se agrió su carácter, a la vez que sus pendencias de tahúr se hacían más abruptas. La catástrofe ocurrió un mediodía de sábado, con Casa Fortunato lleno hasta los topes de jugadores y mirones faria en ristre. Heraclio, pillado en un renuncio, montó en cólera. En su ciego arremeter, arrasó mesas y vajilla. Su torpe furia le hizo empujar las columnas centrales, que cayeron abatidas como naipes. El montón de cadáveres quedó asperjado de moscas muertas.

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