viernes, 15 de junio de 2007

ANTONIO

Aunque la gente solía felicitarle el 13 de junio, más que paduano se sentía laconero, o sea, tutelado por el eremita de enero. Quizás se debiera a su afición por la gastronomía del cerdo y la chacinería fina en particular. O también –la naturaleza humana presenta esos contrastes- por una tendencia al misticismo que le emparentaba de algún modo con el tebano.

Se hizo famoso entre las gentes por su buen yantar y, sobre todo, por la expresividad y donaire con que consumía los alimentos. Sus amigos le invitaban a menudo por el solo placer de verle comer y beber con su peculiar fruición campechana y contagiosa. Cuentan de él que, en cierta ocasión, se atrevió a devorar una gran fuente de fabada, utilizando directamente el cucharón de servir, en un restaurante de postín. No obstante, no existen pruebas al respecto, ni imagen alguna que sustente un hecho probablemente engrandecido por la tradición oral.

De su faceta espiritual hay opiniones encontradas al respecto. Algunos autores han apreciado en él ciertas dotes, a la hora de comprender las causas ocultas que mueven los hechos y las cosas del mundo, amén de alguna capacidad pedagógica para transmitirlo en forma de parábolas engañosamente desenfadadas. Para otros, no fue sino un bocalán (o tontalán, los términos varían según las fuentes) absurdo; un bluf, un falso profeta endiosado por cuatro aduladores falsarios que comentaban a la vuelta de la esquina: “pobre hombre, no sabe si mata o espanta”.

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