sábado, 9 de junio de 2007

ANANÍAS

Ananías, sin comerlo ni beberlo -como él solía decir-, se encontró haciendo de maquinista en una locomotora de cuento, con sus dorados, su gran fogata y sus hombres con gorras de visera. No le disgustó, pues siempre había tenido vocación de ferroviario, aunque se hubiese quedado en cartero de correos. Repartía en varios pueblos de la montaña a lomos de Diana, una yegua zaina a quien había dado nombre don Vicente, veterinario del contorno y entendido en latines. A veces veían el tren pasar allá abajo, por el valle, y Ananías ansiaba estar dentro y conocer otros pueblos y ciudades lejanas. Nunca pudo, pues tenía sus cartas -con noticias casi siempre tristes o insulsas- y los trabajos en el campo de los padres, que le requerían todo el tiempo. Y ahora, ya viejo, se encuentra en un tren del que es además el maquinista; un tren antíguo y engalanado con banderas, como aquel en el que volvían los mozos de una guerra lejana, siendo él niño.

"Esto no puede ser más que un sueño", pensó, pero el fuego crepitaba frente a él y el calor le provocaba gotas de sudor que le llegaban al poblado bigote o se perdían bajo el cuello de su camisa azul mahón. Tiró con energía de la cuerda y sonó un silbato bronco y profundo. Creyó que iba a despertar, pero no, seguían los ayudantes alimentando el fogón con briqueta y la máquina tomaba nuevos bríos, devorando los raíles con más y más aínco.

Decidió esperar, pues la situación no le era desagradable y, quién sabe, siempre podría llegar a alguna parte.

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