sábado, 30 de junio de 2007

ALICIA

A Alicia desde muy niña le subyugó enormemente el otro lado del espejo. Muchas veces la descubría su madre observándose y poniendo posturas, como absorta en un ritual que podía durar horas enteras. Eso la granjeó, entre su familia y amigos, fama de impenitente presumida. Nada más lejos de la realidad, pues Alicia no estaba interesada en su propia belleza o accesorios, sino en otra realidad que intuía más allá de lo tangible.

No acababa de creerse que aquella niña, igual en todo a ella misma, que la miraba insistentemente desde detrás del azogue fuese una mera imagen ilusoria. De hecho la bautizó como Aicila y la suplicaba, sola frente a la luna del armario, que la llevase con ella al otro lado, pues se encontraba sola en ésta vereda de la vida.

Supo que su sueño se había cumplido, cuando un buen día se miró en el espejo y no se halló. Aicila le dio un codazo cómplice y la saludó con un “aloh” cantarín. Bailaron y saltaron, muy felices durante horas, pues Aicila deseaba también ardientemente una amiga verdadera.

Pronto descubrieron incompatibilidades manifiestas. Sus deseos eran justamente contrapuestos. Empezaron a odiarse como sólo son capaces de hacerlo las personas que se han amado mucho. Alicia deseó vivamente regresar a este lado del espejo, pero se miraba durante horas y horas sin ver nada al otro lado. Pensó que estaba sufriendo una terrible pesadilla. Cerró con fuerza los ojos mientras pensaba: “quiero despertar”, con la firme esperanza de aparecer en su cama, con esa sensación de alivio tan reparadora que todos conocemos. Pero no, todo siguió igual, por siempre, en ese lugar sin tiempo.

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