sábado, 30 de junio de 2007

ADÁN

Quedó muy sorprendido el día que don Lamberto les dijo, con su circunspección habitual, que Eva había nacido de una postilla de Adán. Todos se rieron y él se quedó mirando alarmado las costras que, como casi siempre, adornaban sus rodillas, barnizadas de mercromina, en cuanto llegaba la época del pantalón corto. Tardó un tiempo en caer de la burra y deshacerse el equívoco, lo que provocó otro estallido de hilaridad entre sus desalmados compañeros.

No sabemos hasta que punto pudo influir en Adán el haberse sentido por un momento responsable único de la existencia de bello sexo en el planeta. El hecho es que se aficionó pronto a perseguir mujeres rubias de cabellos largos. Hay que decir que Adán nunca se distinguió por su elegancia, sino más bien por cultivar un desaliño indumentario que se acrecentaba con el tiempo. Eso y su preferencia por ejemplares poco corrientes, le llevó a un estado de frustración casi perenne.

Encontró trabajo en la gestoría de don Albano, que le acogió como un padre, pues le conocía desde niño. Allí coincidió con Precia, hija del patrón, que enseguida dispuso para él sus bien cebados reteles de seducción. El hecho de ser fruta prohibida acrecentó sus ansias. Todo acabó abruptamente, cuando Albano les descubrió una tarde en situación equívoca en el archivo y expulsó a Adán de la empresa familiar con su flamígero bastón de prócer.

Vagó Adán por el mundo, como polizón en un carguero. Años después apareció triunfante a bordo de un Mercedes. Le acompañaba una explosiva rubia de bote que presentaba en sociedad como un trofeo. Muchos en el barrio le adularon con rencoroso resentimiento.

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