domingo, 10 de junio de 2007

ADELAIDA

Tenía los pechos duros, Adelaida. Me lo dijo Alejo que la conocía más que yo, al menos en lo tocante –nunca mejor dicho- a lo que el ámbito de lo táctil pueda ofrecer al entendimiento. Pero, acerca de su realidad más interior e inmaterial, creo que yo estaba, sin duda, bastante más versado. No en vano estudiábamos juntos aquellas interminables oposiciones y compartíamos una pasión por Nietzsche y el nihilismo que para Alejo era una tierra incógnita ni siquiera intuida. Pero la vida es así de absurda.

Adelaida era alta y morena, con un algo aristocrático en el porte, a pesar de una tez curtida que evidenciaba su origen campesino. Apenas reía y sus modales eran de una corrección algo forzada. A veces hablaba de las montañas de su infancia y sus finos labios esbozaban una leve sonrisa. Sólo un buen conocedor de su alma podía ser consciente del trauma que había supuesto para ella dejar de saludar al sol y al rocío para ingresar en aquel pensionado gris de la ciudad.

Tuvo mala suerte, Adelaida. Alejo no la quería, sino como una muesca más en sus conquistas. Ella me contaba sus cuitas, entre pregunta de test y cita de Zaratustra, y yo... yo nunca le supe decir nada ni adoptar otro papel que el de amigo del alma y paño de desdichas.

Hoy nos hemos visto, después de quince años. La encontré en una ciudad que casi nunca visito. Entré en un bar y ella estaba al otro extremo de la barra. La observé entre los cuerpos y el humo, largo rato. Tomaba té a pequeños sorbos de pueblerina educada en sociedad. No esperaba a nadie ni deseaba nada. Lo supe porque aún puedo ver debajo de su piel. Fueron muchos los años de ejercicio. Pagué y me fui. Estoy seguro de que ella también me vio. Qué más da, después de todo.

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