viernes, 28 de diciembre de 2007

REBECA

Albina, ya de joven, decía que ansiaba llegar a ser anciana para pasear por el sol con su chaquetina por los hombros, sin nada más que hacer. Apenas iba al baile y no andaba mucho con las demás mozas, sino que pasaba el día cosiendo y pensando, frente a la ventana. Cuando sus padres murieron, los hermanos se habían ido ya hacia tiempo, con lo que se encontró sola en la casa. Quizás eso la impeliera a casarse. Eligió a un viudo aún joven que venía por el pueblo a vender telas y se fueron a vivir a la ciudad. Lino, el viudo, vivía en una casa de renta antigua, techos altos y muchas habitaciones interiores. Habría sido feliz, asomada a la ventana, viendo pasar la gente por la calle mayor, si no hubiera sido por lo del fantasma.

CÁNDIDO

Cándido se lo creía todo. Cuando de niño le dijeron “no se dicen mentiras”, lo tomó al pie de la letra. Era incapaz de decir que su papá no estaba, cuando le llamaban inoportunamente por teléfono, lo que le acarreó reprimendas que no entendía. Con la edad madura el problema no remitió, sino al contrario. No podía decir a un mendigo “no llevo suelto” y tampoco “no me gusta mucho” al comerciante que le ofrecía un traje elegante pero carísimo. A los amigos les decía siempre la verdad, por dura que fuese, por lo que fue quedándose irremediablemente sólo. Sobre todo a raíz de espetarle a Víctor, su mejor amigo, que su primer novela era una retahíla de tópicos mal engarzados. Se refugió en casa a ver la tele y esa fue su ruina definitiva.

MATEO

Interior noche. Un compartimento de ferrocarril; en la pared anuncios de Calisay y Goya con filtro. Sentados están una señorita bella y atildada, un sacerdote de mediana edad con clerimán, un muchachito de pantalón corto y Mateo. De repente se apagan las luces y suena un grito. Se hace la luz y la señorita llama al revisor, toda sofocada ¿Quién ha sido?. “Desde luego Mateo no gana para sustos”, comenta Bernarda desgranando guisantes frente al televisor. Lo dice como si fuera un conocido o un vecino. Mientras, mi tío Isacio se rasca la oreja con un mondadientes mientras mira sin ver una de las muchas telarañas del techo.

AGAPITO

Los seres humanos estamos sujetos al gobierno de extraños designios que moldean nuestra alma y condicionan nuestro porvenir. Digo extraños pensando en Agapito, mi compañero de parvulario. La cosa ya empezó con el “Agapito tenía un gatito y le tiraba del rabito” que venía en el libro de lectura, que imagínense el cachondeo. Pero es que además el Nuevo Catón, tenía en la portada un niño de mofletes sonrosados, flequillo repeinado y sonrisa perpetua que vestía un chaleco de punto encarnado. La cosa no habría tenido importancia si no fuese por los laboriosos afanes de doña Cándida, la tía abuela de mi amigo. En cuestión de días teníamos a mi Agapito, disfrazado de Catón-niño, con corbatina de gomas incluida. Con esa facha y lo del rabito del gatito, ya se imaginan el calvario que fue su infancia. Luego se fue del barrio y perdí su pista, pero hete aquí que me lo encuentro ayer en la cola de la oficina del Catastro. Me dijo que estaba de misionero en el Nepal, desde hacia años, que había vuelto para arreglar unas cosas de la herencia. Lo encontré igual que siempre, sólo que el color del chaleco había virado al azafrán.

JENARO

A Jenaro le gustaban las mujeres de la vida. Hijo de buena familia, desde muy joven se aficionó a visitar burdeles de todo tipo, desde los selectos propios de su clase a los más abyectos tugurios de barrio portuario. Liberado, como rico heredero, de preocupaciones crematísticas, pudo dedicar su vida a viajar por el mundo, trabando conocimiento con las más famosas cortesanas del momento. Su firme vocación hizo que renunciara a la tranquilidad de un matrimonio que hubiera limitado su ejercicio. Tuvo hijos con las más bellas meretrices y escribió una Guía de casas de lenocinio que llegó a alcanzar gran notoriedad, aunque hoy resulta inencontrable. Sus huellas se pierden en su tercer viaje a Extremo Oriente.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

SOFÍA

Hija de Desiderio e Irene, fue concebida en un hotel para turistas cercano a la basílica de Constantinopla. Haciendo honor a su nombre, fue una niña sabia que maravillaba a las gentes con su desparpajo y conocimientos. Con el tiempo se exacerbó su afán de tal modo que despertó cierto rechazo en el entorno cercano, fruto quizás del atrevimiento que da la ignorancia. Tachada de resabida tuvo ciertas dificultades en sus relaciones personales. Casó con un tal Vicente, con quien compartía incomprensiones.

NARCISO

El día en que Narciso entró por primera vez en el Laberinto Oriental supo que aquello era su paraíso perdido y encontrado. Entonces ya le habían diagnosticado una egoiconografitis que le obligaba a mirarse continuamente en los espejos para mitigar su miedo cerval a olvidarse de las propias facciones. Le hubiera gustado quedarse allí para siempre, pero tuvo que conformarse con los cinco días que la atracción estuvo en la ciudad. Siguió viviendo en angustia y soledad, mirando su reflejo en los escaparates, en los azulejos, en los tiradores bruñidos de las puertas. A veces sacaba del bolsillo un espejito, pero eso le avergonzaba y aumentaba su desasosiego. Acabó dejando los estudios y buscando trabajo en una peluquería. Tenía que hacer verdaderos esfuerzos para dejar de mirarse en el espejo y concentrarse mínimamente en el cliente.
Un día apareció por allí Adriana. La vio entrar mirándose en la tapa de su estuche-polvera. En cuanto se sentó, sus miradas coincidieron en el espejo y lo supieron todo uno del otro.

martes, 25 de diciembre de 2007

CORNELIO

Quiso Dios que Cornelio se casase con una mujer galana y de muy buen carácter. Como había de ser, engendraron dos hijas tan bellas y dispuestas como la madre. Pasó el tiempo y la prole fue creciendo, tanto en estatura, como en gracia y donaire.
Cornelio era ambulante de correos y apenas disfrutaba de descansos. Un día llegó a casa de improviso y se encontró a don Cipriano, el boticario, tomando café. No le extrañó mucho, pues era vecino y había un trato cordial. Sí que le inquietó encontrar en días sucesivos a Rogelio el casero, Abundio el de la tienda y Nines el del carbón. Su mujer le explicó que se aburrían en su ausencia, que se habían cansado ya de la brisca y les hacía falta alguien para completar un tute por parejas.
Quedó Cornelio tranquilo y no hubo más.

DOLORES

“¿Do-lo-gues, egues tú de vegdá Dologues?” y me mirabas estupefacto, con tu mochila al hombro y tu cayado de señorito perdido en tierra extraña. “Sí, yo soy Dolores, ¿qué pasa?”, te contesté riendo, mientras echaba hacia atrás una mecha de mi melena al estilo de Rocío Dúrcal en el cine. Tú me seguías mirando, apoyado en el pretil del puente, a la vez que oteabas el entorno del pueblo con curiosidad de etnógrafo. “Dologues...” seguías musitando mientras me recorrías con la mirada. “En el instituto me llaman Lola”, te dije por fin, ya un poco molesta. “Ah, Lo-li-ta” y se te iluminó la cara, como si al fin hubieras hallado la solución a un obtuso enigma. Yo, en cambio no entendía nada. Nada de nada, aún.

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Salta era bajita, fea y un tanto atolondrada. Una bartola decían en su casa. Con ese plantel no le quedaba otra sino darle cuerda a la gramola los domingos. Su suerte cambió el día que apareció en el baile Esteban. Había venido con los de la luz, a tender los cables de la nueva traída. Desde entonces no le faltó con quien bailar. Era un poco tosco aunque bien parecido y usaba corbata los días de guardar. Acabaron tras las tapias del corral de Salustiana, una noche sin luna.
Estaba escrito que Exaltación de la Santa Cruz fuera preñada y luego abandonada; que, guiada por la desesperación, se pusiese al tren, con tan mala suerte que perdiese una pierna; que sobreviviese y acabara casada con un lisiado pobre hasta el fin de sus días.
Pero a veces el destino se equivoca y es aún peor.

domingo, 23 de diciembre de 2007

AMADEO

De que Amadeo nació para músico dan fe las crónicas de familiares y vecinos. Su llanto era una especie de canto de Walkirias y utilizaba el sonajero con el son del mejor ritmo afrocubano. En cuanto pudo hablar, se explayó con líricos recitativos con su voz de soprano, que hacían vibrar los cristales de Bohemia de las lámparas. A todas luces tenía la culpa su tía abuela Eduvigis que siempre quiso ser cantante y quedó frustrada por un matrimonio temprano y una viudez superlativa. Encerrada en un piso de siete habitaciones y cinco balcones a la calle, se dedicó a cultivar su pena y algunos geranios. No hay que decir que todos se volcaron en el pequeño genio. A los 5 años tocaba ya el violín, la guitarra y un cornetín que le hicieron de encargo. A los 6 le compraron ya un piano. En el barrio no se hablaba de otra cosa. Todos esperaban de él los mayores prodigios. Pero quiso el destino que el Carnaval siguiente se lo llevara la parca de improviso. El día antes habían pasado por los pisos, pidiendo unas monedas, unas máscaras negras de corte veneciano.

DULCE

Leoncio y Estíbaliz penaban por tener una hija. Habían ya alumbrado cuatro varones, a cual más pletórico de masculinidad. Así que cuando Estíbaliz quedó otra vez encinta habían ya casi perdido la esperanza. No obstante prepararon como siempre una habitación de hada o princesa de cuento, con su cunita rosa y sus sábanas rosas y sus vestiditos con sus canesúes y todos los corazoncitos y estrellitas y enanitos del mundo. Cuando llegó el momento, no cabían en sí de gozo. Al final iban a tener una niñita delicada, cariñosa y dulce. Y Dulce la pusieron, para abrir boca.
Pero, ya en el bautizo dio Dulce muestras de disentir del nombre, llorando todo el rato y dando manotazos por doquier. Dormir se convirtió para sus padres en un ideal inalcanzable. En cuanto pudo tenerse de pie no hubo objeto en la casa a salvo de su afán destructivo. Los ositos aparecían con los ojos arrancados y las muñecas sufrían cesáreas imprevistas. En la guardería fue el terror desde el primer día y así el resto de su vida escolar. En lo sentimental, a los chicos les resultaba atractiva, quizás por el reto que suponía su compañía. Pero, a la larga, salían despedidos como del toro mecánico de las ferias.
Los libros era lo único que la domesticaba. Hizo derecho con premio extraordinario. Se hizo jueza y famosa. Sobre todo entre los delincuentes, que acuñaron una frase célebre: “Si te cae la Dulce te la amarga”. La vida, claro.
Sorpresivamente se vio envuelta en una flagrante prevaricación, al tergiversar pruebas en el caso de Guido el Guapo (GG), conocido jugador de ventaja y proxeneta. Dulce fue expulsada de la carrera judicial. Actualmente se encuentra en paradero desconocido.

sábado, 22 de diciembre de 2007

BUENAVENTURA

Nacido en el seno de una familia pobre pero limpia, fue instruido en los caminos del Señor por el cura del lugar. Su infancia estuvo regida por el signo de la cruz, ingresando a los diez años en el convento franciscano de la capital de la provincia. Allí se hizo famoso por su mansedumbre y otras virtudes, hasta el punto de decirse de él que era un compendio vivo de todas las Bienaventuranzas enunciadas en su día en el famoso Sermón de la Montaña.
Así transcurría santamente su vida, pero quiso el diablo que estallara una cruenta revolución y las hordas quemaran el convento. Hallándose en su celda en un estado de meditación profunda, su cuerpo nunca fue encontrado, ni aún el menor rastro.
La leyenda ha dado en identificarlo con un miliciano del mismo nombre que asoló el país a sangre y fuego. Cuentan que, al morir en la batalla, encontraron entre sus ropas un rosario de plata con aspecto de haber estado entre cenizas.
La iconografía lo presenta arrodillado frente a su catre, mientras las llamas empiezan a devorar el jergón.

MARAVILLAS

Entonces nos gustaba el cine de Gutiérrez Aragón. No nos perdíamos ninguna. Solíamos sentarnos en las últimas filas del Trianón, las de los mancos. No sé por qué, porque nunca hacíamos nada, aparte de mirar a la pantalla y comentar alguna escena en voz muy baja. Maravillas la vimos un diez de septiembre. No recuerdo nada; sólo una chica caminando por un muro, mientras un calvo estrábico dirigía sus pasos. Fue entonces cuando te besé. Por eso recuerdo tan bien la escena y la fecha. Aunque claro, también puede ser que lo soñara y el 10-S no sea más que la fecha de alguna antigua fiesta patriótica, algún golpe de estado o la víspera de algún hecho lejano que he olvidado.

GREGORIO

Pudo haber sido Gregorio escultor - sobre todo apellidándose Fernández - si se hubieran dado las circunstancias apropiadas. Y no es que no existiera en su ciudad un imaginero con taller propio, de bastante fuste como para surtir de figuras sagradas a las cofradías locales y a algunas foráneas. Tampoco hubiera sido imposible que el maestro lo empleara como pinche o aprendiz, pues de hecho tenía más de uno, que le ayudaban a desbastar la madera y limpiaban el suelo de virutas, además de hacer sus pinitos como artistas. Lo que ocurrió sencillamente es que Gregorio vivía más allá del río y nunca pasó por delante del taller, enclavado en la parte vieja de la urbe.
Pudo Gregorio haber acabado siendo Papa de gran mérito y majestad, quizás merecedor de algún calificativo ponderador tras el número ordinal correspondiente. Muy bien pudo ocurrir tal cosa si hubiera ido a la escuela el día que los salesianos pasaron por allí y enrolaron media docena de chiquillos en las huestes de Cristo. Pero no fue así, pues estaba ese día convaleciente de unas fiebres que lo tenían postrado.
A falta de seguir alguno de los altos caminos designados por los hados, no tuvo otro remedio, por imperativo familiar, que ser ferroviario. Como suele suceder con las cosas que se imponen, nunca fue ese oficio de su agrado, ni logró captar del todo su interés. Ya de aprendiz cometió un error con las agujas y provocó un accidente serio, aunque no se llegó a demostrar su autoría. Fue su perdición, pues logró ascender a maquinista. Tras el infausto choque de trenes del 77 fue dado por muerto, al no encontrarse su cadáver entre los hierros retorcidos. No obstante, un turista ocasional, asegura haberle visto recientemente en Londres, trabajando en el mantenimiento de calderas de una lavandería china.

ADELINA

Su nacimiento, en la sala de espera de una estación, puede que condicionara el resto de su vida. Lo cierto es que se enamoró, en su primera juventud, de un viajante del ramo textil. Su permanencia en los andenes, incluso en las tardes de cierzo, penando por ver a su amor, dio lugar en la época a una conocida canción popular. Deshonrada y sola, dicen algunas fuentes que recaló en una casa de tolerancia de Bilbao. La muerte del niño fruto del pecado la sumió en una amarga desesperación. Se dice que acabó sus días como interna en un asilo para mujeres descarriadas, donde encendía velas por la noche para guiar hasta ella a un amante imaginario. Incluso llegó a circular la especie de que rendía culto a un papagayo disecado, pero ese extremo no es fiable y se cree fruto de contaminaciones novelescas posteriores.

REGINA

Regina nació para ser reina. Tenía la piel fina y los ojos claros. Fue desde niña muy aseada y extremadamente escrupulosa. Cuando sonreía, enarcaba las cejas y su rostro adquiría cierto tono indefinible de desdén. Estas cualidades, en el sitio adecuado, habrían favorecido mucho los designios del destino. No así en el miserable entorno de Regina, donde su delicadeza natural provocaba oleadas de instintivo desprecio. En la escuela le gritaban “¡Salve reyina!”, con grotesca impiedad, mientras le arrojaban escupitajos y boñigas. Cuando creció tuvo que servir y sus patronos no cejaban de mortificarla con los trabajos más infames. Todo por doblegar una altivez que apenas intuían, pero les perturbaba. Su rara belleza podría haberla redimido con un matrimonio ventajoso, pero no fue así, pues por allí los hombres querían hembras sencillas en que sustentar su pequeñez de espíritu. Pasaron los años, llegó un mal aire y se llevó a muchos; también a Regina. Murió en pecado, pues estaba amargada de resentimiento.

JUANA

Me vienes y me dices que oyes voces, que qué es lo que te pasa, que no sabes... Juana, Juana, explicaciones siempre hay, si las buscamos. Tomemos si te parece por la vía esotérica de las homonimias y los crípticos mensajes del pasado. Hubo una Juana en Francia que se vistió de hierro y acabó en la hoguera. Y todo precisamente por oír voces y, claro, darles crédito. Y nuestra Juana, aquella a quien llamaban Loca. Qué no oiría en su deambular por Castilla con el cadáver de su esposo; qué voces sordas en las noches de la paramera, a la luz de los hachones. Y en Tordesillas, en los largos años de abandono, qué no le gritarían aquellas piedras...
Pero tú, Juanita, tú que corres y ríes, que andas en moto y sales por las noches, que usas botas altas y faldas cortas y miras –me deslumbras ahora, con tus pícaros ojos- con la intensidad de quién quiere ver debajo de la piel... No me tomes el pelo, vida mía, aunque yo sea tu tío y sea psiquiatra.

viernes, 21 de diciembre de 2007

ZENÓN

Zenón llevaba tantos años estudiando en Santiago que hasta las piedras del obradoiro le saludaban al verle pasar, calmoso y serio, con el paraguas cerrado bajo el permanente orballo del lugar. En los últimos tiempos había establecido estrecha relación con don Avito, viejo profesor de metafísica a quien algunos trataban malévolamente de orate iluminado. Don Avito, recogiendo la antorcha de los presocráticos, se había empeñado en redemostrar que el movimiento de los cuerpos no era sino mera ilusión de los sentidos y no verdad teleológica del ser. De ahí que ambos pasearan sin paraguas, sabedores de que las gotas de lluvia nunca llegarían en su descender a la epidermis. “Qué es lo sensible –predicaba el maestro a quién quisiera oírlo- ante el peso de lo inmanente”. Ni las mojaduras ni alguna eventual bronquitis fueron nunca suficientemente disuasorias. Tampoco las chanzas de los tunos, que incluso compusieron unos versos festivos sobre el caso, actualmente en paradero ignoto.
Zenón fue reclamado por su madre viuda, quien le había buscado ”una buena rapaza, estudiada y todo, para ver si así sientas la cabeza”, según dice en la carta de su puño y letra que obra en poder del cronista. Don Avito, falto de su único discípulo, dio con sus huesos en Conjo, afectado de profunda melancolía. De la vida posterior del aprendiz de sabio, no se conocen hechos prodigiosos, lo que nos mueve a pensar que la inanidad de la vida conyugal ahogó definitivamente lo que pudiera haber en él de especial y reseñable.

domingo, 16 de diciembre de 2007

ROSALÍA

Que Rosalía amenazase a su anciana madre con enterrarla en el húmedo y frío suelo en lugar de en un nicho soleado y con vistas, me parecía de una crueldad indescriptible, aún siendo yo ya consciente de que un cadáver no siente ni padece. Consolación nos lo contaba, angustiada, en la penumbra de la cocina, al calor de la chapa casi incandescente. “Quieren que les deje todo, –gimoteaba la vieja- y no, la casa es de todos y les tocará lo que les toque”. Mi madre trataba de consolarla –valga la redundancia-, pero la atribulada anciana no cabía en si de desasosiego. Al final tenía que regresar al otro lado del tabique, donde su hija y su nieta la seguirían torturando con amenazas post-mortem. A veces oíamos voces altas y gemidos ahogados. Otras bajaba la cristalina voz de Cándida, desde la buhardilla, cantando “cocidito madrileño, del ayer y del mañana”. El ayer. El mañana.

TECLA

Tecla era la menor de seis hermanas. Sus padres, Bucardo y Erasma, habían engendrado antes a Basilisa, Calixta, Dorotea, Eufemia e Idelita. Con tecla llegó el regadío al pueblo y pensaron que sería buena idea aprovechar la bonanza para darle estudios. Más que nada porque les parecía que su nombre quedaba incompleto sin el don. Doña Tecla era un buen nombre para una maestra, por lo que a la edad pertinente la encaminaron a la Escuela Normal de la capital de la provincia. Pasó allí tres años, alojada en la pensión de la viuda de Evodio, héroe laureado de la aviación e insigne prócer. La muchacha se aplicó con esmero y se graduó con nota. Sus padres y hermanas se sintieron satisfechos y compensados del esfuerzo. Hubiera sido un final venturoso, si la infeliz doncella no se hubiera enamorado de Zenón, hijo del héroe, cuando volvió al hogar tras infructuosos años de carrera. El tal Zenón tenía a gala ser un pensador y recababa presuntamente información, para uno de sus maestros, sobre cierta teoría filosófica relacionada con la quietud de todo lo existente. Ejercía bien el mancebo en tal materia, pues el muy tarambana limitaba toda su industria a sentarse en un sofá y a dar breves paseos mirando ensimismado los objetos cotidianos como si de especímenes extraños se tratase. No hubo modo de apartar a Teclita de tan nefasta afición, sobre todo una vez que había ya otro ser en camino. Hubo pronto boda y escuela en propiedad. De lo malo, por lo menos –a decir de Erasma, que con el tiempo congeniaría no poco con el yerno- Zenón se apañaba con los avíos del hogar, aunque a veces algún plato contradijese una aporía y acabara estrellado en vuelo rasante contra el suelo.

sábado, 15 de diciembre de 2007

CARLOS

Carlos, desde niño sintió la vocación de la grandeza. A veces venía a casa y pasábamos horas modelando figuras de plastilina. Hacíamos cuerpos musculosos dignos de semidioses. Luego forjábamos armas fabulosas y los vestíamos con armaduras homéricas inspiradas en los peplum de los domingos. Cuando teníamos media docena, hacíamos dos bandos y Carlos les ordenaba batirse. La lucha era siempre a muerte y discurría entre la caja de las galletas y los tazones de la merienda, en el campo de honor del hule descolorido de cuadros verdes y violetas. Era emocionante asistir al entrechocar de los aceros, al tumulto de gritos, a los lamentos de dolor y de agonía. Carlos dirigía el combate con la frialdad del estratega que había en su interior. Mi madre, mientras, trasteaba en los armarios o cosía en su rincón fingiendo no enterarse del drama o del prodigio. Al final, todo terminaba en un amasijo informe y doliente que guardábamos en una caja de puros hasta el próximo día.
A los trece años, Carlos tenía ya montado su pequeño ejército en la calle. Eran chavales de varias edades, a los que había convencido de lo gratificante que es obedecer si se cuenta con un líder carismático. Me nombró su lugarteniente, pero pronto me aparté de las voces rituales, las consignas y las pruebas de valor. Prefería ser espectador desde la grada. Al poco tiempo se habló en el barrio de pedradas y de puntos de sutura.

viernes, 14 de diciembre de 2007

MARCOS

A Marcos le gusta andar, aunque detesta llegar a alguna parte. Peregrino sin horizonte y sin grial pasea por las calles como un turista del espíritu, sin plano ni guía, desgajado de un grupo excursionista que nunca existió. Va despacio. Goza observando como doran los rayos del sol los vidrios de los miradores. A veces pasa ante la hermosa catedral sin verla, pero se fija en las migas de pan que una vieja echa a las palomas, en un niño expectante, en un hombre que sueña. Cuando se cansa, se sienta y fuma, pide café y se deja penetrar por el ámbito y las voces. Entonces Lupo, su león, se tumba bajo un velador y mantiene erguida la cabeza, consciente de sí mismo.

lunes, 3 de diciembre de 2007

AMADO

Hay nombres que han sido adjudicados al azar, tras un mero vistazo al santoral por el párroco de turno. Otros trasmiten la onomástica familiar a través de las generaciones, honrando así a abuelos, padres o padrinos. En tiempos pasados era normal bautizar a un niño con el mismo nombre de un hermano muerto, provocándose a veces efectos nocivos en el alma del sobreviviente que daban lugar a veces a biografías extraordinarias. Sin embargo, hay casos, en que un nombre es toda una declaración de intenciones; este fue el caso de Amado.

Nacido después de tres abortos, cuando Cristeta ya desesperaba de conseguir descendencia, Amado era deseado con ansia y su llegada fue toda una fiesta familiar y hasta tribal y pública. En ningún bautizo se vio tirar tantos caramelos y lanzar tantos cohetes. Cesidio y Rufina, los padrinos, estaban orgullosos de serlo de un vástago tan esperado y Paulino, el padre, se inmiscuyó tanto en el alborozo general que, aún siendo ateo en la intimidad, metió mil duros en el cepillo de san Dominguito, en un arranque de piedad supersticiosa.

Amado fue el clásico hijo tardío, celebrado no sólo por sus padres, sino por tías, abuelas y demás familia. Todo en casa giraba en torno del querubín preciado que, para más delito, era de una belleza y rubicundez apabullantes. Todos sus gestos eran coreados de inmediato. No había pompa de moco, desperezo o eructo que no despertaran la general admiración y el murmullo agradecido. Si emitía un gugú casual, no faltaba quien lo interpretara al punto como un “papá”, “mamá”, “agua”, “leche” o –si me apuran- con un clarísimo “oigausté, señora, sírvase darme la teta, s’il vous plaît”.

La cosa siguió siendo de locura, a medida que avanzaba la infancia de la estrella. Todos sus dibujos del parvulario eran elogiados como dignos de un Picasso o un Miró, según presentasen formas asimilables a cornúpetas o bien círculos y rasgos con los colores del parchís. Sus cuentas de sumar eran ensayos de un nuevo Newton o elucubraciones de un Einstein gentil a punto de emerger. Lo malo fue cuando la simpleza y estulticia de Amado se convirtieron en algo tan patente que ni sus más entregados y lisonjeros exégetas tuvieron ánimo para negarlas. Amado siguió sin embargo muy pagado de sí mismo, mientras crecía en estatura y vaciedad.

Hoy, Amado es un apreciado directivo, feliz, satisfecho y desacomplejado. Su sonrisa franca, su porte atlético y, sobre todo, la confianza sin límites en sus dotes de persuasión, le han introducido en la política con buenas perspectivas de futuro. Su lema: “Ama la vida, ama el amor, con corazón”, aparece sin cesar en los mass media y otros canales de embrutecimiento general.

sábado, 1 de diciembre de 2007

FIACRE

Fiacre habría sido conductor de un coche de punto, de haber nacido cien años antes, más o menos. Iría erguido en el pescante, escoltado por dos faroles como antorchas, gobernando el caballo con la tralla presta y las riendas firmes. Transitaría por calles empedradas, brillantes por la lluvia, con el xilófono del pavés como banda sonora.
Llevaría sombrero alto de cuero y sonreiría a las damas bajo las guías engominadas de un poblado bigote. Cobijaría amantes proscritos bajo el velo amparador de la capota y aguardaría bajo la luna la riada de echarpes y chisteras en las noches de ópera. Todo eso piensa a veces Fiacre Rodríguez, mientras está en el taxi esperando un servicio que se hace de rogar, mientras mira en lo oscuro brillar las luces rojas y amarillas de los bares de alterne y piensa en Travis, el de la peli de Scorsese.

“Es muy raro Rodri -dice Arsenio-, nunca habla de fútbol, ni fantasmea de churris, ni se queja de lo jodido que está todo, va a su bola, el cabrón”. Todos le llaman Rodri, porque Fiacre –dicen- no es nombre de cristiano. Cosas de Dasio, su padrino, que estuvo de maletero en la Gare de Lyon. Igual lo de ser raro le viene por el nombre. Qué se yo. Todos tenemos nuestras chaladuras. Tampoco es para tanto, me parece, que un compañero lea a Flaubert en los descansos.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

VERÓNICA

A Verónica le encantaban los toros. Le gustaba el ambiente, la música, la farra y el vino de las peñas; el morlaco saliendo impetuoso del chiquero, el templar de la capa, las irisaciones del sol en el albero; el giro de la sombra a través de la tarde, como en una ruleta de la muerte. Pero, sobre todo, le encandilaban los toreros.

Acudía a la plaza en cada feria, pertrechaba de mantón y peineta, sin miedo al que dirán ni a la incomprensión de sus amigas, pues pensaba que los ritos tienen que vestirse como tales. Por dentro se preparaba también con atavíos que no desmerecieran. Pasaba la tarde vibrando con el paso juncal del matador, con las fintas que burlaban los pitones, con la abultada hombría que rozaba a la bestia en los pases más íntimos, Eros y Tánatos fundidos. Al terminar iba a un hotel con su acompañante y disfrutaba de una noche de amor enloquecido. Cada año un hombre distinto, en un hotel distinto. Era la diosa blanca en su noche de sangre.

Podría haberse encontrado con su doble cara a cara. Bastaría con haber vuelto aquel año la mirada hacia el tendido de al lado, más allá del velo de abanicos y viseras. Habría visto a una chica con su edad, sus ojos, su pelo y su figura; venida de lejos para una estancia corta de sólo cinco toros. Eso podría haberla impresionado o quizás no. Quién sabe. El caso es que siguió con sus olés y sus orgasmos, tan tranquila.

lunes, 26 de noviembre de 2007

MOISÉS

Moisés era un personaje distinguido. De hecho todos le llamaban don Moisés en el barrio. Y es que no había muchos señoritos por allí y don Moisés sin duda lo era. Usaba traje con chaleco todos los días del año, fumaba rubio con boquilla de ámbar y –rasgo éste ya definitivo- usaba bastón sin estar cojo ni ser viejo, sino apenas cincuentón, espigado y aún con buen porte.

Decían que había estudiado Derecho, aunque nunca hubiera ejercido. No consta que tuviera título ni orla enmarcada. Al menos nadie vio nunca nada similar ornando las paredes de su humilde piso alquilado. Lo cierto es que pertenecía a una familia de alta alcurnia y tenía hermanos médicos, arquitectos y magistrados, que atendían sus necesidades y tutelaban una especie de minoría crónica de edad que formaba parte de su carácter.

Don Moisés vivía en concubinato con Barsabia, una meretriz del arrabal a la que él había manumitido hacía ya años, tras llegar a un acuerdo amistoso con su chulo. A su modo formaban una pareja feliz. Barbi dejó a un lado su nombre de guerra y sus mañas de hetaira para convertirse en querida fija e integrase como una más en aquel barrio de proletarios y tenderos al pormenor.

Moisés –permítaseme la licencia- había encontrado también su lugar entre aquellas gentes que, si bien murmuraban sobre sus rarezas a escondidas, le tenían razonable aprecio e incluso cierta consideración. Admiraban sobre todo en él dos particularidades. Una era su extraña facultad para pronosticar la lluvia. Curiosamente don Moisés no miraba al cielo cuando le preguntaban si iba a llover, sino al pomo labrado de su bastón. Clavaba sus ojos en aquella especie de león dormido o perro de lanas indolente –que alguna de esas cosas podía ser e incluso un dragón de Comodo en plena digestión- y decía un “va a llover” o un “por hoy aguanta”, que se cumplía indefectiblemente.

La otra facultad maravillosa, aún más rara, consistía en mantener secos siempre sus brillantes zapatos de tafilete acharolado, por más que el cielo se mostrase pródigo y los charcos poblaran las cuarteadas aceras de un barrio dejado de la mano de la Poridad. Se lo pregunté un día, con la confianza que me daba ser compañero de partida en el Madrid. Me respondió con un vago gesto de aquella especie de cetro de monarca en el destierro, como si iniciase en un salón barroco la señal para que sonase una nueva melodía. Fue aquella la última vez que nos vimos. A los pocos días –podrían ser tres, por convenirle los números rotundos a este tipo de historias- apareció bajo los castaños del paseo. Estaba inmóvil y apacible, como recién fulminado por un rayo clemente.

sábado, 10 de noviembre de 2007

VIRGILIO

Virgilio nació poeta, como otros nacen encofradores o mendigos. Su padre era tendero y se pasaba el día haciendo números, con un lápiz mordido por el ansia, sobre el papel de estraza de los envoltorios. Delfina, la madre, había muerto al dar a luz a la última de las tres hijas que vinieron después, así que Virgilio tuvo ocasión de forjarse en el sufrimiento desde niño.
Apolinar, el padre, comenzó muy pronto a ejercitar al primogénito en las lides del negocio. Le dejaba al frente de la abacería, mientras él salía a rondar por los mercados en una pequeña decauve resucitada del desguace. A Virgilio le gustaba sentir el crujir del bacalao mientras cedía ante la cuchilla, dejando un corte limpio y oloroso a mar. Disfrutaba también despegando los arenques de su rueda, mientras imaginaba trastocar los signos de un misterioso emblema solar. Tomar la paleta de cinc y volcar en paquetes el pimentón que venía en grandes sacos, provocaba en él sinestesias embriagadoras.

Volvía Apolinar y encontraba a su hijo ensimismado, observando cómo flotaba el polvo en los haces de luz que se filtraban a través de la cortinilla de cilindros de colores. Esto provocaba riñas y disgustos, pues el padre se dolía de la bajada de las ventas y lo achacaba al poco espíritu que el muchacho ponía en la empresa. Virgilio soportaba las broncas y callaba, pero su aparente frialdad estaba llena de amargura.
Llegó el momento de su descenso a los infiernos y pasó años vagando como perro sin amo. Nunca escribió nada, ni en las tardes interminables en que se sentaba en un portal a ver pasar la gente, ni al regreso, readmitido en el seno de la realidad bienpensante con honores de pródigo en disipaciones.

viernes, 2 de noviembre de 2007

FROILÁN

Hablábamos a menudo, mientras tomábamos café en uno de esos bares que aún conservan los veladores de mármol y las sillas de madera. Froilán era escritor y yo su única lectora. Al menos eso me gustaba creer. El local era auténtico, no uno de ésos impostados que parecen platós de una película de época. Froilán presumía de misántropo, pero yo percibía en el fondo de sus ojos esquivos un deseo soterrado de dejarse querer. A veces me leía fragmentos de su obra. Eran textos tristes que hablaban de bares antiguos y de seres que languidecen, entre la bruma artificial de los cigarros, sin llegar nunca a amarse.

Seguí yendo bastante tiempo, aún; hasta que los espejos ya sólo reflejaban mi figura, la imagen de una mujer ajada, provista de lentes pasados de moda, siempre con un libro entre las manos. Sólo eso. Incluso si fruncía el entrecejo y me esforzaba en mirar entre la niebla. Tuve al fin que admitirlo: decididamente, Froilán había regresado a la caverna.

martes, 30 de octubre de 2007

PATRICIA

Patricia nació con tres kilos doscientos y estuvo siempre dentro de los percentiles propios de su edad. Empezó a comer papilla el día previsto por su pediatra y anduvo a los doce meses y medio, según las estadísticas prescriben. Nunca tuvo problemas para expresarse y, al ingresar en la escuela, tuvo una socialización digna de manual. Estudió los cursos sin problemas y fue adquiriendo paulatinamente los hábitos y habilidades propios de su correspondiente momento evolutivo. Vivió su primer amor con la pasión que se supone a los catorce, pero asumió el final con el buen juicio que le habían enseñado y lo tomó como una experiencia útil para su formación socio-afectiva . Estudió leyes porque le esperaba un hueco en el despacho de su padre. Se licenció con premio extraordinario, se casó con un chico serio y prometedor y tuvo la parejita con veintidós meses de lapso temporal.

Cuando un buen día –más bien una noche de gatos pardinegros- su padre pereció en el incendio de un hotel, lo primero que le acometió fue una sensación inmensa y paralizante de injusticia. ¿Por qué a mí?, se preguntaba con desasosiego una y otra vez. ¿Por qué a mí, que soy tan normal? Lo peor fue cuando se descubrió que el respetado prócer estaba con una menor; que ésta era la amante de su hijo Ginés, quien loco de celos provocó el incendio y, de rebote, la locura suicida de la madre, consumidora secreta de alcohol y fármacos. Patricia ante ese cuadro corrió a refugiarse en brazos de Magín, su perfecto marido, pero lo encontró en la alcoba, leyendo a escondidas a Rilke en alemán.

lunes, 29 de octubre de 2007

HERMES

Don Hermes era alto, enjuto y triste. Tan triste y silencioso, que se hacía difícil imaginárselo de joven o de niño, como si llevara ya una eternidad en esa edad incierta de la madurez acartonada. Llegaba temprano y se sentaba en su escritorio. Permanecía callado, con los pies asentados con firmeza en el suelo y la espalda erguida; la mirada fija en la pared de enfrente, como si en lugar de ser un muro insípido y sucio hubiera representado un cuadro del Bosco. Cuando daban las nueve –nunca antes ni después- comenzaba a oficiar el ritual. Primero ponía una servilleta extendida frente a él, luego sacaba un bocadillo envuelto con primor en papel de estraza; lo desenvolvía como quien pela una cebolla hasta llegar al centro: una loncha de jamón de York con pan. Siempre la misma loncha, con el mismo peso, y el mismo bollo. Comía despacio, masticando cada pedazo con la dedicación y la contundencia de los conjurados. Luego sacudía las migas, doblaba el improvisado mantel y entraba a orinar. Siempre eran las nueve y veintitrés, todos los días, sin desviarse un solo minuto. Salía del baño, tomaba la carpeta y salía con un hasta luego que duraba hasta las dos.

Un día me decidí a seguirlo. Iba deprisa y hacía breves paradas en comercios de géneros diversos. Luego pasó al otro lado del río y se adentró en un barrio residual de casas antiguas y peatones escasos. Tuve que esconderme tras alguna que otra esquina, para evitar ser sorprendido. Al final desapareció en las fauces de un portal oscuro y sórdido. Le esperé durante horas pero no volvió a salir. Cuando regresé a la oficina, él ya estaba allí. Me miró tras el reflejo de sus lentes y esbozó un rictus que se asemejaba a una mueca de burla, pero quizás fuese una señal que yo debía entender.

domingo, 28 de octubre de 2007

ASTERIO

Estaba una tarde Asterio tranquilo en su casa. Era sábado y no tenía previsto nada, así que se había arrellanado en su sillón relax y se había sumergido en las obras completas de Kafka. Las había visto semanas antes en el quiosco y no se había resistido ante un autor que no conocía, pero le sonaba, como lector habitual que era. Estaba justamente en la escena en que vienen a buscar a Joseph K. a la pensión, cuando sonó el timbre de la puerta. Asterio se levantó contrariado, fue a abrir y se encontró con un extraño dúo que le asaeteó enseguida con dos o tres versículos de la Biblia. Le hablaron de lo mal que están los tiempos y él quiso rebatirles, decirles que no peor que cuando, por poner un ejemplo, el Año de la Gripe o la Guerra de los Cien Años. Pero no hubo manera. Ellos seguían con la prédica y la amenaza del fin del mundo próximo.

En el quicio de la puerta soplaba la corriente, así que Asterio, incapaz por carácter y crianza de cerrarles el batiente en las narices, optó por franquear la entrada a aquel par de profetas portátiles. Les invitó a pasar al salón y les ofreció –mientras pensaba todo el rato que aquello era una locura- una copita de licor de guindas que rechazaron al unísono. No fue lo peor que le leyeran el Apocalipsis, ni que se quedaran hasta pasada la hora de cenar. Lo peor fue que le convencieron. Anda ahora Asterio, de casa en casa, predicando a Kafka mientras busca la Puerta, la suya, ésa que por toda la eternidad tiene asignada. La que, de tener la fortuna de encontrar, sabe a ciencia cierta que ha de permanecer hermética por siempre jamás.

miércoles, 24 de octubre de 2007

SATURNINO

Saturnino era ya mozo viejo cuando lo empezó a pretender Antusa. No es que le dijera abiertamente “me gustas”, que eso, en el tiempo mítico en que ocurre esta historia, estaba totalmente vedado a una mujer, incluso si ésta tenía fama de enredabailes. La cosa fue más sutil, del tipo miradas al salir de misa o mensajes ambiguos dejados caer, como al azar, en oídos de terceros. El caso fue que nuestro hombre venció su enraizado y natural retraimiento y acabó hablando con la moza. Al final hubo boda y, casi a la vez, empezaron las disputas, pues Antusa se reveló como un espíritu inquieto que sólo esperaba la ocasión propicia para dejar bien lejos las casas de adobe y los cansinos campos y abrirse a otros aires y otros soles entrevistos en sueños.

Dicen las crónicas que la pareja acabó allende las fronteras. Entre gentes desteñidas que hablaban de modo incomprensible, Saturnino languidecía y se hacía aún más hosco, alejado del estrecho mundo que amaba. Mientras Antusa se hinchaba de gozo –o eso creía Satur- sin cesar. Llegó el fenómeno a término y tuvieron gemelos; dos angelitos rubios, sonrosados como lechones. Saturnino sufría, presa del desasosiego, la incertidumbre y la nostalgia. Dicen que de noche oía doblar incesantemente las campanas y las esquilas de su tierra y que la cama mudaba en punzante rastrojera. Ese mórbido estado debió de ser el desencadenante del suceso que ocupó a toda plana los radiantes tabloides locales. En las ilustraciones aparecía Saturno aullándole a la luna, con el aspecto grotesco de esas acroteras de cartón piedra que coronan la Casa del Terror.

domingo, 21 de octubre de 2007

HUMBELINA

Quién lo diría, viéndola ahora, con sus trajes de lentejuelas y sus criados de librea. Humbelina empezó su fulgurante carrera allá en un páramo olvidado, sobre la astrosa superficie de un pupitre de escuela de pueblo. Humbelina se aburría mientras esperaba para leer en alto El Quijote. No le decían nada aquellas historias de un loco, contadas en un lenguaje antiguo. Así es que echaba mano de cualquier cosa para entretenerse. A veces era el juego de los ceros, otro los acertijos o las bromas pesadas a Balduino, el simple de la clase. Un día se le ocurrió lo de los piojos. Estaban por doquier, así que no es raro. Cogió dos y observó como iban prestos hacia el extremo de la mesa. Pronto el hecho fue observado por Joviano y Ciriaca, que se apresuraron a poner dos ejemplares propios en la competición. Mientras, Sidonio leía a trompicones el episodio de Mambrino. La competición fue abortada, ya en un grado bastante álgido de agitación pública, por doña Teocleta, que castigó a la culpable de rodillas. Ello no la escarmentó suficiente, pues al siguiente día organizó el evento de modo premeditado y en quince días, las carreras de piojos eran asunto comentado en todo el pueblo y en los del derredor. De ahí pasó a los corrillos que se formaban entre los mozos los domingos, donde Humbelina se convirtió en figura principal, pues tenía un arte especial en entrenar a las criaturas.

La diversión local llamó la atención de Agapio, cuando pasó por allí con su troupe de titiriteros. Enseguida vio posibilidades de negocio y propuso a Humbelina integrarse en el grupo y vagar con ellos por el ancho mundo. A veces las cosas más extrañas e improbables se convierten, por mor de quién sabe qué fuerzas oscuras o de la propia sinrazón, en ciertas y reales. El caso es que llegó a oídos de algún empresario de circo la existencia del fenómeno. Eso debió de ser, pues Humbelina, al cabo de unos años, mandó a buscar a sus padres y hermanos para instalarlos con gran postín en la ciudad. Luego ya, con la televisión, el fenómeno se hizo universal. Ahí está, la sin par domadora, por los programas del corazón. No tiene reparos en confesar su absoluta ignorancia y, aún más, denostar en público El Quijote por aburrido y por absurdo. No se da cuenta de que es un personaje cervantino o en cualquier caso de ficción.

sábado, 20 de octubre de 2007

CRISTÓBAL

Cristóbal sintió desde niño el ansia de probar, de conocer, de abrirse a otros horizontes, más allá del oleaje de tejas y antenas que se veía por el ventanuco de la buhardilla. Leía historias de Verne, a la luz tenue de una bombilla, los días que su padre, Leovigildo, no venía borracho y la emprendía a cintazos e improperios. Su madre y su hermana, asistían espantadas a aquellos brotes de lo que, andando el tiempo, se daría en llamar violencia doméstica y entonces se llamaba mala suerte. En este ambiente hostil transcurrieron los años de la infancia y llegó la pubertad. Cristóbal empezó a encararse a su progenitor y Brígida, la madre temía que un día uno u otro acabaran de mala manera.
Por eso aconsejó a su hijo que se hiciera a la mar. Volvió, al cabo de unos años, a bordo de un wolksvagen rojo y fue la admiración de las gentes. Por suerte, Leovigildo había muerto ya de una cirrosis.

viernes, 12 de octubre de 2007

MARIANO

Que Mariano fuese “anacoreta y confesor”, como ponía el libro de misa, nos hacía mucha gracia. Pero no por disparatado,no, sino al contrario, por la pura incursión del santoral en la vida cotidiana. Y es que Mariano nos vendía los tebeos que nos hacían reír y le suponíamos en el cajón los condones marca "Verano del 42" que nunca nos atrevimos a pedirle. Pero no sólo eso. Mariano nos hablaba de la vida, nos sonsacaba nuestros sueños, nos pulía el espíritu con clásicos de baratillo en papel burdo y oscuro. Su tugurio tenía mucho de aquellos cuadros abigarrados del barroco –había una ilustración en el libro de Sociales- en que aparecía un santo rodeado de libros, calaveras y otros símbolos de mortificación. En ese abigarramiento ejercía Mariano su anacoretismo de industrial de bata gris, firme en su columna de pulpa de papel a todas las horas, en todos los turnos, incluidos los de las fiestas de guardar. Las paredes estaban literalmente forradas por cientos y cientos de novelitas de tiros, para machos, y de “colorín tellado” para pollitas y señoras. Sobre el mostrador y bajo el cristal, dormían su sueño dulce los regalices, los ronchitos, las pastillas de leche de burra y otros claros objetos de deseo. Y en cuanto a la mortificación… Bueno, que se lo pregunten a Timoteo, el gordo, cuando lo pilló chorizando unas barritas de chocolatina. Todavía se acuerda, el muy maricón, y eso que han pasado un porrón de años.

jueves, 11 de octubre de 2007

LETICIA

Era una buena amiga y una alegre compañera de juegos. Se podía confiar en ella. Siempre, eso sí, que los secretos no fueran demasiado codiciados por los otros chicos y chicas de la escuela. No obstante, yo le perdonaba esos deslices. Pero lo que me sacaba de quicio era su extremado romanticismo. Vale que, a los diez años, todas quisiéramos casarnos con un príncipe; pero es que a los quince ella seguía con ese objetivo incrustado en las meninges como un talismán que marcara sus pasos. Yo la tomaba el pelo. A veces era hiriente, lo reconozco, pero es que su tozudez y estiramiento no nos era muy favorable a la hora de ligar. Al final, nos acabamos distanciando. Y mira que lo he lamentado veces. Sobre todo cuando se casó y no me invitó a la boda. Menuda boda. Quién me lo iba a mí a decir.

lunes, 8 de octubre de 2007

JACINTO

Nos encontrábamos a diario en la vieja churrería, camino del despacho. Surgió un día en que yo salí de casa sin desayunar, por cosa de las prisas, y se convirtió enseguida en costumbre. Jacinto hablaba de lo divino y de lo próximo. Tan pronto estaba Freud sobre el grasiento tapete, como Hölderlin, Lacan, Wittgenstein o algún comentarista de la tele. Ante las tazas humeantes surgían sentencias acerca de la vida y de la mierda, pensamientos sobre la muerte y lo ridículo, ocurrencias que iban de lo sublime a la pornografía de autor. Eran diez minutos que nos inmunizaban a medias contra una larga jornada de liturgias sin sentido. Al fin sonaba el timbre de salida y yo me iba a casa, a seguir escribiendo cosas absurdas.

Un día Jacinto no acudió a la cita. Tampoco al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Al cabo de un tiempo, empezaron a llegarme noticias confusas. La gente le veía surcar las calles, aquí y allá, con la pericia de un vendaval bien adiestrado. Causó expectación. Se sabía del pie alado de Mercurio, pero nunca se había vuelto a dar el caso.

domingo, 30 de septiembre de 2007

EMILIO

Emilio siempre fue muy supersticioso. No es que eludiera por sistema los gatos negros, las escaleras apoyadas en el muro o las tijeras abiertas. Lo que más bien le ocurría es que sentía un temor reverencial a lo por venir y se obligaba a sí mismo a seguir una serie de ritos para conjurar la desgracia. Por ejemplo bajaba las escaleras de modo que el último escalón no coincidiera con el pie izquierdo, tocaba siempre tres veces el pomo de la puerta al salir o cruzaba los dedos antes de pulsar el botón del ascensor. Había integrado esos y otros comportamiento en su rutina diaria y no les daba excesiva importancia. Sabía que podía no llevarlos a cabo, pero el pago era sentir la sensación aterradora de que le iba a ocurrir una desgracia.

Un día le presentaron a Serena y, de momento, sólo se quedó con que su nombre le recordaba una fotonovela. Pero volvieron a verse y se estableció una relación que acabó siendo estable. Se llevaban bien y se comprendían. Pero ella, por ese afán que tenemos todos de cambiar al ser amado, empezó a meterse con los peculiares comportamientos de su novio. Alegaba que era molesto ir de la mano por la acera y que él diera saltitos para no pisar los cuadros verdes. Emilio, complaciente, acepto ponerse en manos de un psicólogo.

En tres meses dieron por zanjado el problema; una incipiente neurosis obsesiva perfectamente manejable, según el galeno. Emilio se sintió aliviado. Salió pues de su casa sin tocar el pomo, sin contar los pasos, sin cruzar los dedos. Se puso a caminar por la acera pisando las líneas, los colores y las tapas de alcantarilla que le daba la gana. Qué placer, aquello sí era vida. Bajó con el pie izquierdo el bordillo y se dispuso a cruzar la calle y... le mató el ecológico tranvía recién inaugurado. Y es que, "ante la mala suerte, nada puede la ciencia", dicen que dijo el perito en almas cuando fue preguntado.

ASUNCIÓN

Asunción servía vinos y cañas en la barra de un bar. Tenía por compañeras a Azucena y Margarita. Todas estaban de buen ver pues Alipio, el dueño del figón, sabía bien que no bastaban el buen comercio y el mejor bebercio para llenar un local en pugna con otros similares de la zona. Cada una de ellas se abstraía como podía en sus cosas, mientra llenaban vasos y hacían cuentas sobre una pizarra inmaterial formada de voces diversas y entrechocar de vidrio. A ratos, Azucena pensaba en su amante, Virginia, y en lo que ayer la había contado sobre su atracción por una burguesa entrada en años. Margarita, había abandonado el negocio paterno, tras la extraña muerte de su esposo, y buscaba entre la gente alguien que le explicara algunos porqués que nunca antes le habían urgido. Asunción no pensaba nada, sólo se dejaba llevar por la marea de fluídos y de ruído como un barquito de papel hacia el abismo. Una noche a última hora, cuando Napoleón -un borracho con aires de grandeza- hacía su entrada cotidiana, Asun pegó un grito, salió a la calle y se evaporó entre la luz de las farolas. Desde entonces, a Casa Alipio le llamaban algunos el bar del milagro. Otros se reían recordando un chiste de beodos.

sábado, 29 de septiembre de 2007

ANASTASIA

Anastasia conoció a Virginia en el jacuzzi del gimnasio. Era bella y sutil, con la fragilidad de un lirio que va a ser arrancado. Pronto intimaron e intercambiaron anecdotario sentimental. Luego hablaron de sus propios cuerpos. Virginia encontraba atractivas las curvas que a Anastasia le quitaban el sueño. Siempre se había sentido un poco tosca y vivía con la aprensión de un origen rural que, a pesar de su desahogada posición actual y sus cuidados, se evidenciaba a veces en sus maneras y -pensaba ella- en una pátina peculiar que le cubría la piel como un estigma. Por eso le sorprendió oir decir a Virginia:"Pareces una princesa en el exilio". No contestó y siguieron hablando de temas variados. Esa noche, ya en casa, se sintió Anastasia especial y no supo, o no quiso, explicarse el porqué.

HIPÓLITO

Nacido en un pueblo del llano, fue llamado desde edad temprana pora la digna causa de enseñar al que no sabe. Estudió Magisterio en la capital de la provincia, gracias al esfuerzo de sus padres, que deseaban liberar a sus hijos de los sinsabores del terruño. Le dieron escuela en un pueblo perdido entre montañas, lo que le obligó a adquirir una caballería para desplazarse por caminos y trochas. A lomos de Molinero -así le llamó, en recuerdo de Hernán Cortés, al que admiraba por su capacidad de decisión- recorrió Hipólito aquellos parajes para él tan distintos y nuevos. Pronto descubrió el gozo de ir al paso por los desfiladeros, mientras el sol aún pugnaba por florecer entre los riscos. Su ánimo se exaltaba y le venían a la mente épicas homéricas, cabalgando por el camino polvoriento que daba entrada al pueblo. El interés por la pedagogía fue declinando incluso en favor de una recién descubierta pasión por la hípica. Incluso a veces le tentaba la imperiosa idea de dejarlo todo y dedicarse por entero al mundo de la doma o buscar alguna profesión que tuviera como base al noble bruto. Quizás lo hubiera hecho. No pudo ser, porque una guerra injusta dio con sus huesos en cárceles de piedra y con su alma en eriales de desesperación. Acabó en un barrio de extrarradio, dando clase en un vil entresuelo. Durante años vió cabalgar caballos en la capa de polvo de los vídrios, mientras recitaba por dentro aquellos versos tan tristes de Machado.

ANICETO

Aniceto nació con el don de la tecnología inscrito en sus genes. De niño construía vehículos fantásticos con materiales de deshecho, que eran el asombro de las gentes y la admiración de los demás chiquillos. Con una bici vieja y las piezas que le iba dando el dueño de un taller, ideo un artilugio lleno de luces y sonidos que parecía una nave sideral. Ya mozo, abrió un taller de electrónica donde montaba y desmontaba los aparatos de la vencindad hasta conseguir innovaciones digna de un Leonardo. Aún son recordadas su radio-tostadora, su televisión con odorama -útil sobre todo durante el visionado de programas de cocina-, y un artilugio que detectaba a distancia el mal humor de las personas, cuyo prototipo fue confiscado por las autoridades locales como medida preventiva.

Caído en desgracia ante unos caciques que temían cuanto ignoraban, emigró a la ciudad y se integró en la grisedad reinante, desconociéndose actualmente su paradero. Sus inencontrables mecanismos son codiciados por coleccionistas e historiadores de la ciencia. Algunos investigadores intuyen su presencia tras los últimos logros en el campo de la cibernética.

viernes, 28 de septiembre de 2007

SUSANA

Susana fue muchos años casta, seguramente porque no encontraba su amante ideal y no era mujer de citas a ciegas. Un día conoció a Gerardo y fue como una revelación. Por la noche ya estaba con él, recuperando el tiempo perdido. Practicaron el Kama Sutra hasta la postura diecisiete y decicieron doblar ahí la esquina de la página por pura extenuación. A la semana alquilaron un piso y convirtieron la práctica del sexo en un hobby, con la absorbencia y el tesón de quienes hacen la torre Eiffel con cerillas de madera. Quedaban a la salida del trabajo e impregnaban de deseo todo el inmueble hasta bien entrada la madrugada.

Susana, en realidad se llamaba Clara. Susana la llamaba Macario, un jubilado del ferrocarril que compartía tabique con el escenario de los hechos, cuando comentaba con Digna, su esposa, los sabrosos quejidos que les amenizaban las veladas.

Aunque Clara, no era tampoco su verdadero nombre, sino una ocurrencia de su padre, que la llamaba "Clara de noche" cuando, de adolescente, la veía pintándose para salir de fiesta. Realmente había sido bautizada como Filomena, por mor de una madrina egotista y un puntito cruel. De todos modos se hacía llamar siempre Talía, aunque a su amante a veces -en el fragor más intenso de la brega- se le escapaba el nombre de Cristina.

JACOBO

Jacobo tenía desde la infancia, un sueño recurrente. Iba por una calle, al anochecer, y se encontraba montones de libros y revistas tirados en la basura. Dominado por la intensa pasión de acumular papel impreso, no podía sustraerse a sus fieros deseos y hacía angustioso acopio del preciado bien. Los montones de volúmenes se le escurrían entre las manos y sentía un gran desasosiego al pensar, que los libros que dejase, iban a ser recogidos por cualquier otro viandante. En ese punto se despertaba siempre, bañado en sudor frío.

Una tarde, ya maduro, paseaba por un barrio de la ciudad que le traía a la mente sutiles recuerdos de felicidad pretérita. Al doblar una esquina pudo ver a una mujer menuda que salía del portal y depositaba junto al contenedor una pila inmensa de libros nuevos y flamantes. Antes de llegar a su altura, le había visto realizar tres salidas con la misma mercancía. Comenzaba a llover. Jacobo sintió que el corazón se le encogía, dio un brinco y cruzó la calzada entre un tráfico que le amenazó con sus bocinas. Respiró de alivio en la otra acera. La mujer le resultaba ahora vagamente conocida, pero no se permitió echar la vista atrás.

jueves, 27 de septiembre de 2007

ROMÁN

Román siempre tuvo la sensación de ser un personaje de novela. Ya de niño oía una voz interior, una especie de locutor deportivo que narraba lo que él hacía en cada momento. Pensó que era lo normal, hasta que se lo comentó a Falcón, su mejor amigo, y éste le miró con una mezcla de estupor y miedo a lo paranormal que le obligó a convertir la cosa en broma. Decidió no contárselo tampoco a su confesor porque, cuando ya lo tenía decidido, pasaron en el cine del barrio la peli de una santa, con cara de Ingrid Bergman, a la que quemaban por algo parecido. Así que, no tuvo otro remedio que vivir con aquello.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

MARGARITA

Cayetano pronto se cansó de la sencillez y el candor de Claudia y regresó a sus mariposeos con otras dependientas, mientras soñaba con el mundo glamuroso de las modelos de pasarela. Era un eterno insatisfecho y tendía a despreciar de inmediato aquello que poco antes anhelaba y a sufrir por mundos que él mismo sabía inalcanzables. Una tarde se encontró con Margarita, una chica mona a la que habían recitado demasiadas veces de pequeña la poesía de Darío. Cayetano encontró en aquella muchacha malcriada la horma de su propia desconsideración. Al principio Margarita esperaba al viajante en cada visita cíclica a su ciudad de provincias, con la esperanza y la fe de una neófita. Quedaban en un hotel apartado y ella desfilaba para él con todos los artículos del muestrario y otros que adquiría en secreto para sorprenderle. Pero pronto tuvo la ninfa al viajante en sazón y empezaron las exigencias. Cayetano se vio obligado a trastocar sus itinerarios para pasar más tiempo en la ciudad. Las visitas comerciales vieron mermada su duración en favor de compromisos familiares. El montante de las ventas se aminoró y la empresa Paradise International S.L. empezó a inquietarse por el cambio de rumbo de su comercial más exitoso. Un domingo, don Leónidas, el futuro suegro, le propuso seriamente ingresar en su empresa de pompas fúnebres. Fue la puntilla. Entre el marrón wengé de los muebles del despacho, lejos del glamour de las cintas y los rasos, la vitalidad del nuevo socio fue declinando poco a poco hasta alcanzar, al cabo de unos meses, ese grado ínfimo tan característico de la selecta clientela del negocio.

lunes, 24 de septiembre de 2007

DONATO

Donato siempre mostró un inusitado interés por la ropa interior femenina. De niño le subyugaban los ligueros de raso de su madre y le gustaba curiosear también en los cajones de la cómoda de su hermana. Tuvo varias novias en el barrio, pero no se sabe por qué, sus relaciones no resultaron duraderas. Lo cierto es que acabó por hacerse acreedor en los contornos de cierta fama de rarito. Por eso cuando conoció a Claudia, la hija de los dueños de la mercería nueva, vio el cielo abierto. Ella compartía con él la pasión por las sutilezas de interior. Se casaron y fue feliz durante un tiempo, rodeado de cuanto más amaba.

Se convirtió en el dependiente más versado que imaginarse pueda. Era capaz de hablar con toda naturalidad con las clientas de la calidad de una batista, de las propiedades de la piel de ángel, de la capacidad de sujección de unos elásticos. El mecanismo de los mil y un broches y corchetes del mercado dejó de ser un secreto para él, lo que le hizo famoso entre los jóvenes del lugar, que requerían con frecuencia sus consejos de perito en la materia. El matrimonio fue bendecido con dos hijos y todo marchaba como la seda más lustrosa.

Es posible que todo hubiera seguido así de no se por la aparición Cayetano, que empezó a visitar la tienda con una nueva línea de lencería fina y atrevida. Su presencia empezó a coincidir con las tardes en que Donato se ausentaba de la tienda, hasta que un día encontró una nota escueta en uno de los cajetines de la caja registradora. Desde entonces Donato se convirtió en un ser triste y huidizo. La gente empezó a llamarle "el viudo" y evitaba la tienda por no enfrentarse a su mirada de desesperación. Agobiado por los impagados y la soledad, echó la trapa una tarde y desapareció, camino de la estación.

Corren varias leyendas al respecto. Algunos quieren advertir su buen hacer tras el atrezzo de algun estrella del erotismo nacional. Otros le imaginan bajo la sombra sonriente de las palmeras del trópico. Sin embargo, aún flota en el ambiente el recuerdo de aquel cadáver de varón encontrado en el río y que nunca se llegó a identificar. Tenía un culotte rosa como único atuendo.

jueves, 20 de septiembre de 2007

JUSTO

Justo era un muchacho bueno, en el sentido mejor de la palabra. Estudioso y esforzado, no perdía la ocasión de ayudar a un compañero, de mediar en una disputa, de procurar a los demás una vida más dulce, si ello estaba en su mano. No le iba a la zaga su hermano Pastor. Sus padres no dejaban de felicitarse por la grata recompensa que su progenie les brindaba cada día. En la escuela, eran apreciados y admirados por condiscípulos y maestros.

Pero la vida tiene a veces sus inexplicables sinsabores. Ya comenzado el curso, con la caída de las últimas hojas, irrumpió en clase Agapito, un arapiezo rebotado de varios institutos. Agapito era soez, vulgar y desdichado. Una vida difícil le había inclinado al odio feroz hacia lo bello. Pronto se hizo con una pandilla de chicos lábiles que le secundaban por temor. Los dos hermanos fueron víctimas predilectas de la nueva jauría. Agapito, se convirtió en ariete predispuesto a demoler la muralla de la virtud. Empezaron a destruir los cuadernos de los niños modelo, a amenazarlos si contestaban bien en clase, a fustigarlos en los rincones apartados del patio.

Los hechos se prolongaron varios meses terribles. Un día fueron instados, acorralados en los baños, a abjurar de sus principios e ingresar en la banda, a cambio de cesar en el hostigamiento. Tuvieron un momento de duda, pero la presión era demasiado fuerte. Pusieron sus dones al servicio del mal y pronto destacaron en el pastoreo de las huestes y en la administración de una espúrea justicia. Eran los dos hermanos enemigos de medianías.

martes, 18 de septiembre de 2007

PARÍS

La vida de París tiene tintes tan fantásticos, aspectos tan de leyenda, sucesos en su devenir tan truculentos, que cualquiera podría sospechar que ocurrió de verdad. Todos sabemos que la realidad supera siempre a la ficción y que el hecho más horrible o estravagante que una mente humana pueda imaginar, con toda seguridad ha sucedido ya en algún momento, en algún lugar.

París fue mendigo. Hay que observar aquí que toda definición traiciona y simplifica. Digamos que mendigo es lo que mejor cuadra a una larga etapa de su vida. Podríamos decir igualmente que fue niño -tal vez feliz-, joven con alguna ilusión, esquilador y tuerto, pero, sobre todo, desgraciado.

A París le vaciaron un ojo por impericia o por descuido, cuando ayudaba al amo a esquilar una oveja. El hombre le convenció para que no dijera nada, para qué acudir a jueces o mediadores, mi mujer y yo te cuidaremos. Así fue al principio, hasta que dejó de serlo y, claro, no había nada escrito. Así empezó su vida errante, tan llena de tropiezos que daría para un grueso libro. No es este el lugar, sólo un último párrafo.

Una vez tuvo París una cierta fortuna. Era ahorrador e iba cambiando las monedas por billetes que guardaba para caso de necesidad. Pero los malos se ceban en el árbol caído -el infierno son los otros-. Una tarde, unos falsos juerguistas le emborracharon en la taberna y le robaron la cartera. Lloró París la pérdida por los caminos, cantando su desgracia en fúnebres coplillas. Esa es la imagen que más a trasdendido, la que ha conformado la leyenda de París, un pobre paria.

ONOFRE

Andaba Onofre peregrino sin norte, ejerciendo aquí y acullá sus malas artes de malandro irredento, cuando cayó en manos de un juez apodado el Africano, por su pasado colonial, y le cayó encima la perpétua. Entre rejas conoció a sujetos realmente singulares y curiosos que hicieron germinar en él la semilla de creador de mundos, que floraría en el futuro -y, ¿quién lo sabe?- hasta convertirle en un glorioso representante del parnaso nacional.

Está Protasio, contable pillado in fraganti, que usa mitones y siempre anda escribiendo cifras en retazos de papel. Eleuterio, que vive obesionado con la huída, escapa sobre todo de los sones horrísonos de la guitarra de Baldomero, un gitano del Perchel que sueña con acompañar a un tonadillero famoso por su manifiesto en contra del protagonismo de Eros en los tendidos de la Fiesta. Para Rubén y Nazario, la felicidad tiene bastante que ver con fumarse varios petas seguidos y dedicarse luego a sestear dejando la imaginación en libertad no condicional. Nazario tiene además veleidades artística y sueña con dedicarse al comic y hacerse rico, por ese orden, en cuando le den puerta. Pero Rainiero es el de deseos más refinados. Está enamorado de Violeta desde el día en que la contempló en deshabillé, a través de la rendija de una puerta, el día que entró a robar en el palacete de sus padres. Desde entonces cultiva su intelecto con lecturas francesas, a la espera de pedir su mano en cuanto salga y se pueda comprar un traje de etiqueta. De momento se contenta con mirarla en las revistas de papel cuché.

viernes, 14 de septiembre de 2007

LIDIA

"Estoy viviendo un momento dulce", me dice Lidia, mientras se toma un helado de tres bolas, con su salsita de frambuesa y su canutillo y su paragüitas de papel. Y no se refiere sólo -ni siquiera principalmente- al deleite inmediato de las papilas gustativas. Lidia y yo estamos sentados en una terraza junto al mar. Lidia es bella y joven y serena y quedamos a veces para hablar de la vida y para ver pasar a la gente. Hace meses que no sabía de ella y ahora, mientras se mecen la olas y graznan las gaviotas, me dice que ha encontrado en una editorial el trabajo de su vida. Y también, ay, que ha encontrado a Gustavo. Me habla luego de Gus y de cómo sonríe y de lo mucho que me gustará conocerle. Yo le pregunto por detalles que preferiría no saber, mientras contemplo a los niños que pasan y a un vendedor de globos ladinamente disfrazado de payaso.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

BASILIO

Mi primo Basilio nació más negro que el carbón. El hecho no tendría mayor interés de no concurrir la circunstancia de ser sus padres ejemplares típicos de la etnia caucásica. De hecho a mi tío Rutilio le llamaban en la mili "el alemán" y mi tía Calixta llegó de soltera a las semifinales de Miss rubia con gafas. Mi tío nunca se tragó del todo la explicación oficial de que el niño tenía un lunar que le ocupaba todo el cuerpo. Más bien le sonaba a chiste sacado de las noveluchas que solía leer Calixta. Sin embargo, como hombre sosegado que era, nunca quiso emprender mayores pesquisas. Creció mi primo con el tremendo baldón de ser distinto en una ciudad provinciana de entonces, cuando sólo se veían negros en las pelis de Tarzán y en los cromos de Vida y Color. En la adolescencia, todo el mundo se empeñaba, en las verbenas, en que cantara, bailara y tocara las maracas, cuando él era un soso tan redomado como el más pansinsal de los blancos. Acabó emigrando a Costa de Marfil donde vive feliz con su familia africana. Y es que a veces, ya lo decía Eça de Queiroz, a la novela de la vida hay que hacerle algunas correcciones.

lunes, 10 de septiembre de 2007

FE

Netario y Vera tuvieron tres hijas. Se llevaban poco entre sí y de niñas no destacaron por ninguna cualidad especial. Pasaron los años y cada una fue buscando su lugar en el mundo. Esperanza acabó regentando una administración de lotería. Tuvo suerte, pues repartió un año participaciones del Gordo y se hizo con una clientela fiel e ilusionada . Caridad, salió guapa y adquirió un alto concepto de sí misma. Entró en una agencia de modelos e hizo cine. A veces se apiadaba de algún admirador y le hacía partícipe de sus dones. Pero la vocación de Fe fue la más atípica. Desde muy joven sintió pasión por los buldózer y la maquinaria pesada. Se las apañó para acabar dirigiendo una empresa de movimiento de tierras. Disfrutaba manejando ella misma los monstruos metálicos, con un afán febril que enardecía a los mirones.

domingo, 9 de septiembre de 2007

BENEDICTO

“Benedicto –hijo- nunca vas a misa”, le decía su madre. Y Bene, pacienzudo: “Pero, madre, ya le he dicho mil veces que soy agnóstico”. La escena se repetía cada domingo y fiesta de guardar. La buena mujer era obstinada e impermeable a las palabras raras. Siguió la cosa así hasta que a Bene –como a un Ramón y Cajal de lo piadoso- le llegó el momento del cambio. Y éste fue radical. De la frialdad para con el culto pasó sin transición a la más estricta beatería. Tanto fue así que llegó a lo más alto. Por debajo de Dios, se entiende.

viernes, 7 de septiembre de 2007

SENÉN

Senén iba con el triciclo por la avenida. Era recadero y le gustaba. Pedaleaba contento, le gustaba recibir el aire en la cara, recibir el jornal a fin de mes, no tener que declinar rosa-rosae ni saber las valencias del tantalio. Llevaba en la jaula melones, café, bollos de leche, un saco de patatas, suministros varios. Al fondo, el confín de la ciudad, casas menudas cada vez más dispersas, las montañas nevadas al fondo, casi irreales, como si fuera un decorado. Sobrepasó la verja de doña Augusta y no fue capaz de dar la vuelta. Le podía el frescor del movimiento, la esperanza de un paisaje virginal. “Llego hasta la curva y vuelvo”, se engañó, pero pasó la curva y luego otra y la ciudad quedó atrás. Siguió dando pedales, “hasta que me canse”, pensó. Llegó al límite provincial y se paró a comer un bollo con unas rodajas de embutido. Siguió adelante; con la mercancía incompleta ya no había marcha atrás. Pasó la frontera y el otro lado no era de otro color como en los mapas, ni había rayas ni cruces. Fue vendiendo los víveres que no podía consumir sobre la marcha. Su único fin era rodar y rodar, cada vez más ligero. Pasó puentes y puertos de montaña, se requemó la piel en estepas interminables, atravesó pueblos y grandes urbes. En China utilizó el triciclo como riksaw, transportando mercancías y personas. Con el dinero ganado embarcó en un carguero. Conoció otras tierras. Cruzó otros mares. Un día, bajando un repecho, se encontró de pronto con su ciudad de antaño. Entró en ella por el lado contrario al que salió. Callejeó un rato, hasta que divisó la tienda al final de una calle. Le pareció ver que don Gerardo aún no había bajado la trapa.

SALOMÉ

A Salomé siempre le gustó cantar. Con traje de plumas, de espumillón, de pelitos de avestruz. Canta siempre, en todo momento, en todo lugar. Con su escarola negra, como de Michael Jackson en tiempos de los The Jackson five. Pata de elefante que barrita ante un negro, negro emplumado por querer ser blanco. Vive cantando. Las escarolas no me dejan ver el bosque. Bosque lechoso de sombras. Yo, brote tierno en aquella huerta feraz, bajo el astro de tachundavisión y tortícolis. Sueño con un espacio libre de cabezas. Aunque sea a costa de una poda con alfanje y el camarero pase luego a recoger los frutos en bandeja.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

CELSO

A Celso, le regalaron un reloj de pulsera marca Casio. Fue por su Comunión. Desde entonces su vida estuvo regida por Cronos. Se levantaba con el zumbido del aparato, lo miraba en cada comida, en cada recreo; siempre que subía la escalera, se asomaba a la ventana o se ataba los zapatos. De noche encendía la luz para ver los dígitos bajo las mantas. Ya adolescente, se aprendió el horario de todos los autobuses, el día y la hora de todos los partidos de fútbol y el minuto en que salía por el portal cada chica del barrio. Su primer beso se produjo en el momento correcto, lo mismo el primer coito y su único matrimonio, pues eligió la pareja óptima tras un tiempo adecuado de noviazgo. Todo según la media estadística -ciencia ésta que le subyugaba cada vez más- de la población occidental. Se colocó en una empresa financiera y fue el rey de la previsión y de los pronósticos veraces. “Todo a su tiempo y cada cosa en su momento” fue el lema que repitió toda su vida. La Parca vino cuando era justo y necesario, todo como la seda. Les enterraron juntos a Celso y a Casio, como a Cástor y a Pólux, en la línea que separa el cielo del averno.

martes, 4 de septiembre de 2007

MARTINIANO

Martiniano es el paradigma de la vocación temprana. De muy niño asistió al advenimiento del primer coche de línea al pueblo, lo cual imprimió una marca indeleble en sus meninges. Sus ojos, faros de miel, fueron testigos del chirriar y del polvo, del pararse del monstruo y del descender de gente de su bóveda interior y de su lomo; de cómo Bertoldo levantaba su hocico y le refrescaba con agua de la fuente, del girar de la culebrilla de metal en el morro y del run-run que producía. Desde ese día supo Martiniano que sería chófer.
Sus padres, Sergio y Jocunda, tomaron a broma -sobre todo ella- la precocidad de su retoño. El niño construía vehículos con latas y unas ruedas, transportaba los jichos que venían con el detergente y los iba dejando en paradas que el mismo marcaba en las esquinas del patio. “Ya se le pasará” -decían sus mayores con desdeñosa sorna-, pero llegó el servicio militar y Martiniano volvió con un carné de primera en el bolsillo.
Tras años de ahorro y sacrificio, consiguió comprar su propio autobús, un Pegaso casi desahuciado. Luego la empresa fue creciendo; buscó socios, contrató empleados. Pero seguía de conductor, con la alegría de quien a conseguido el sueño de la infancia. En los sobados asientos de escay se acomodaba una troupe de habituales: Cristóbal, un joven aspirante que admiraba al maestro; Natalia y Julia, señoritas sin empleo fijo; Constantino, minucioso contemplador; Clemente y Mauro, predicadores mutuos y tenaces; Pantaleón, frecuentador de casas de pecado; Arnaldo, muchacho de ideas fijas y obsesivas. Martiniano cantaba alegre en la proa, mientras manejaba con pericia el timón, ajeno a la novela río que, al fuego lento del traqueteo, se iba fraguando a sus espaldas.

lunes, 3 de septiembre de 2007

ANA

Fue desde niña un poco “mística”, que es como llamaban en su pueblo a las chicas raritas, remilgadas y un tanto suyas. Cuando iba por agua a la fuente, no se entretenía con los mozos que mosconeaban por allí en busca de palique, como hacían las demás, ni volvía la cabeza ante las zalamerías que le decían al paso. Hay que decir que la joven era, si no una venus rozagante, sí una mujer agraciada de cara, con ojos negros almendrados, cabello brillante y un perfil juncal que la dotaba de un halo de elegancia inusual en aquellos pagos. Quizás precisamente por su desapego y aparente frialdad, fue creciendo el interés de los chicos de los contornos, que la pretendían uno tras otro con fines más serios que un revolcón urgente. Los sucesivos rechazos provocaron la animadversión de las otras mozas, que sentían herido su amor propio, con lo que Ana se fue quedando aislada.

Acabó refugiándose en la sacristía, donde abrillantaba los objetos litúrgicos, repasaba los hilos de oro de las estolas y almidonaba la ropa del niño Jesús y otros santos de vestir. Le dio por trastear por tabucos polvorientos, donde se apilaban trastos viejos. Un día dio con un san Joaquín solitario, desportillado y triste, con su largo cayado roto y unas palomas en un cesto. Ana se encariñó con él y consiguió que don Olimpio, el párroco, le permitiese adecentarlo y situarlo en la hornacina vacía de uno de los ábsides. Desde entonces dedicó al santo todos sus desvelos. Lo limpió y repintó las partes dañadas, sustituyó su vara por otra entera y hasta dotó de un poco de color a sus mejillas pálidas. “Así está más alegre”, decía. Todos los días cuidaba de adornar al santo con flores y de iluminarlo con lamparillas de aceite y olorosas velas de cera.

Pasaron los años. Al viejo don Olimpio le sucedió don Teódulo y a éste un tal Jacinto, que se compró una vespa y entraba en la cantina. Ana cuidaba a la par a sus padres y al santo. Se fue poco a poco amojamando. Pasó aún más tiempo. Ya anciana, su otrora grácil cuerpo había mermado tanto que era casi de la misma talla que la imagen. Cuando murió la enterraron en un pequeño nicho. El mismo día la hornacina volvió a lucir vacía como antaño.

viernes, 31 de agosto de 2007

TEA

El año que estuvo de aupair en Bracknell fue para Tea un periodo pleno de vivencias gratificantes. El único problema –si así puede llamarse- lo tuvo con su nombre. No había reunión de amigos ni merienda fuera de casa en que no la respondiesen con un sorprendido “Your name is Tea?” a la hora de las presentaciones. La cosa tenía más gracia cuando la concurrencia estaba ante una mesa, con las humeantes tazas ante sí. Luego, la expectación iba creciendo cuando Tea, siempre desenvuelta, les contaba que tenía un tío llamado Primo -“uncle Cousin?”-, y un cuñado que respondía al nombre de Bautista y, lejos de ser sirviente, dirigía un taller de confección para señoras. El colmo fue un día en que, hablando con unos hispanistas aficionados, salió a colación la expresión “Santiago y cierra España”: “closes Spain?”. Y es que se imaginaban un Jack portaestandartes y guerrero, e incluso conocían su metamorfosis en andarín portador de conchas, pero lo de la llave no les cuadraba y tampoco se imaginaban dónde estaba la cerradura de esa España de Benidorm y copas donde nunca se cerraba nada.

A Tea le divertía aquella especie de “Tesis de Nancy” al revés, pero cuando su vida dio de verdad un vuelco aparatoso fue cuando conoció a un chico moreno que trabajaba en la cocina de un hotel. Se llamaba Cristóbal y le descubrió nuevos continentes por consignar aún en el atlas del deseo.

VICENTE

A Vicente le gustaron siempre las multitudes. Desde niño, se acostumbró a acudir sin tardanza a cualquier celebración, desfile o acontecimiento deportivo que aconteciese en su ciudad. Salía en eso a su madre, Niceta, pues Ursicino, su progenitor, era un hombre aquejado de misantropía y vivía recluido en un cuarto interior, donde se dedicaba a escribir interminables cuadernos de letra apretada mientras fumaba sin cesar.

Vicente, acudía pues a fundirse con las masas en compañía de Niceta y de Boris, un niño ruso que vivía en casa desde que lo encontraron perdido y solo –obsérvese la cruel paradoja- en el cogollo mismo de una manifestación a favor de la restauración zarista.

Los tres asistían por igual a partidos de fútbol que a corridas de toros; lo mismo a bodas que a entierros, a carreras de galgos que a asambleas plenarias de comunidades de vecinos. Les encantaban los grandes conciertos, ya fueran del rock más duro y macarra que de los solistas melódicos más almibarados o las cantantes más recauchutadas y venéreas del momento. Gozaban también con las procesiones, las cabalgatas y los bailes de máscaras, con tal de verse rodeados de gentío.

En los mítines mostraban el entusiasmo más sincero y entregado, lo mismo si el líder propugnaba el reparto universal como si abogaba por la ley del más fuerte o el racismo más fiero. Les subyugaban sobre todo las reuniones de testigos de Jehová porque la mera imagen de un Apocalipsis cercano, con el fasto wagneriano de movimientos de masas y trompetas, les erizaba la piel de todo el cuerpo.

El trío se mantuvo activo y armónico durante muchos años. En los últimos, la estampa es la de una pareja de hombres maduros empujando a la vez la silla de ruedas de una anciana. Conocemos los hechos a través de las crónicas de Ursi, halladas entre las ruinas de un hospicio.

martes, 28 de agosto de 2007

BRÍGIDA

A Brígida siempre la llamaron Brigitte. Y es que había nacido en París y además –hablo de cuando yo la conocí- tenía un cierto parecido con BB. Pero, claro ese futurible lo ignoraba Casiano, su padre, cuando recién nacida la fue a inscribir al consulado. “¿Nombre de la niña?: Brigitte Bermúdez, para servirle”, y casi se cuadra el buen hombre ante aquel chupatintas trajeado que –eso él ni lo hubiera sospechado- era conserje, procedía de un pueblo de Soria y se llamaba Laurino.

Brigitte creció y se fue asemejando más y más al ideal que Casiano –en el momento de engendrarla- albergaba en la caverna de su mente. Tenía bellos ojos, un talle grácil y la línea de la vida interrumpida bruscamente en la mitad. Se lo dijo Erundina, una quiromante que leyó su mano adolescente, y ella me lo contó un día en que nos habíamos pirado la clase de Bioquímica.

Brigitte eligió Biología porque –como no- adoraba a los animales en general y a los bebés foca en particular. Gustaba también –de uno en uno y a veces en tandas rotativas de a dos- de algunos afortunados ejemplares de Homo sapiens. Los admiradores se contaban por decenas. Entre ellos estaban Fulgencio e Ildefonso, dos letraheridos que rellenaron no pocos cuadernos con versos nefastos que yo –como un Cyrano redivivo- me sentía obligado a adecentar en mi calidad de presunto entendido en el arte de Erato. El esfuerzo hubiera resultado vano, aún si mis dos compañeros se hubieran atrevido algún día a ofrecer a la dama el fruto esmerado de su numen, pues es de justicia advertir que Brigitte no leía mucho; más bien nada, si excluimos prospectos de cosmética y los apuntes algunas vísperas de examen.

Transcurrieron varios años de esos que, desde el altozano de la madurez, calificaríamos de felices. Acabamos la carrera y partimos hacia ciudades diferentes. Perdí su pista. Me quedé sin saber que pasó con la línea tronzada de su vida.

viernes, 24 de agosto de 2007

MAGDALENA

A Hilario, Magdalena le recordó de golpe un pasado remoto dado ya por perdido. La encontró una mañana, sentada frente a él a la hora del desayuno, y experimentó, en ese mismo instante, la sensación de estar bajo las mantas, esperando el beso de buenas noches de su madre. Ella –se enteró después- había llegado en el tren de madrugada para quedarse a vivir en la pensión durante no sabía aún cuánto tiempo.

Magdalena era joven, con pelo largo de valquiria y unos ojos claros que a Hilario le parecían puros como dos lagos en un paisaje idílico. Hablaba poco, pero escuchaba atentamente, como si su interlocutor fuese para ella alguien muy especial. Hilario le fue contando, en los siguientes desayunos, algunos pasajes de su vida; eran cosas de esas que no interesan a nadie, a excepción de una madre, una amante o un amigo íntimo con dos copas de más. Magdalena le miraba con dulzura mientras untaba con eficiencia germana sus tostadas.

A Hilario se le veía feliz. Ya no era aquel hombre taciturno y malpensado de unos meses antes. La arruga de su entrecejo, ésa donde anidaban los malos pensamientos, se le había atenuado. Incluso canturreaba –algo impensable antes- en el baño.

Pero un día Magdalena no acudió a la hora del desayuno. Hilario no preguntó nada. Sabía que el día había de llegar más pronto que tarde. Cuentan que un rictus de amargura le cruzó el semblante. No sabemos con certeza lo que fue de su vida en adelante. Algunos dicen que se arrojó ese mismo día por la ventana del patio interior; otros, que vivió el resto de su vida en anhelante búsqueda. Incluso hay quienes le atribuyen una magna obra en varios tomos, donde cuenta con minuciosidad de orfebre los vericuetos más inanes de su vida interior.

jueves, 23 de agosto de 2007

LONGINOS

Hijo único de un relojero, Longinos rehuyó desde la infancia recoger el testigo de la profesión, a pesar de la insistencia recalcitrante de su padre. La consciencia permanente del transcurso del tiempo se le hacía insoportable. Obligado a quedar una tarde al cargo del taller, la dedicó a desprender las agujas de todas las esferas y amontonarlas en un cajón. Fue la ruptura definitiva con su destino, para amargura y desespero de su progenitor.

Estudió Historia del Arte mientras repartía pizzas para pagarse la pensión. Comía con las propinas y los bocadillos que le daban los turistas a cambio de sus servicios de guía ameno y documentado. Pronto destacó en iconografía y comenzó una tesis sobre las figuras portadoras de lanza, como San Miguel, San Jorge y el centurión que alancea el costado de Cristo. Obtuvo una beca y viajó a diversos países. El objeto de su estudio acabó siendo para él una obsesión. Fotografió miles de figuras, midió el grado de inclinación de las lanzas, estableció teorías basadas en las funciones trigonométricas resultantes. Procesando las imágenes en una computadora, observó que indicaban puntos relacionados con corrientes magnéticas del subsuelo o bien determinados movimientos celestes, según las coordenadas geográficas del punto en que estuvieran situadas. Acabó siendo célebre y escribió algún libro de éxito en el ámbito de lo paranormal.

Un buen día se dio cuenta de que su ruptura con el destino no había sido tan definitiva. Como un astro arrepentido, regresó al punto en que había quebrado la disciplina de la órbita. Su padre, casi ciego, seguía atareado bajo la lámpara, y se encajaba la lupa de relojero en un ojo y en otro, alternativamente. Longinos buscó la caja llena de lancitas de varios tamaños y se puso a situarlas por parejas en distintas esferas. Pasó así la tarde, mientras el viejo fingía no darse cuenta.

martes, 21 de agosto de 2007

ELISA

... Y ya fuiste siempre “Elisa, vida mía”. Entonces nos gustaba el cine “de autor”, ¿te acuerdas? Íbamos los domingos al salón de actos de un colegio de frailes, frío y desangelado, donde proyectaban a Bergman y a Antonioni , a la Cavani, a Herzog y otros impronunciables del “nuevo cine alemán”. Soportábamos unos subtítulos ilegibles como hileras de hormigas, arrebujados en nuestros gabanes, con los cuellos levantados. Luego salía un joven con barba y gafas de montura gruesa y se ponía a sonsacar opiniones a la concurrencia. Yo vencía a veces mi natural timidez y hacía algún comentario en voz alta. Hablaba del “silencio de Dios” o del “nihilismo” de tal o cual personaje, una palabreja que entonces vestía mucho. Todo era para impresionarte, ahora puedo decirlo, Elisa...vida mía.

jueves, 16 de agosto de 2007

ARSENIO

Arsenio sentía ya de niño la necesidad del ensimismamiento. Asomado a la ventana, pasaba las horas muertas fantaseando mientras observaba el ir y venir de los vecinos, las evoluciones de los vencejos y el engañoso estatismo de las nubes orondas y distantes.

La adultez y las obligaciones atemperaron su desviación sólo lo imprescindible. Buscó un trabajo rutinario, se casó y tuvo hijos, pero le seguía acuciando la imperiosa necesidad de estar consigo en comunión secreta. No ahorraba esfuerzos para robar instantes preciosos a sus obligaciones con tal de tener su dosis de aislamiento, lo que por otra parte le producía cierto culposo desasosiego.

Le vemos ahora mismo observar arrobado una fila de estandartes, de grímpolas, lábaros o gallardetes que flamean a lo lejos. Arsenio tiene no poco remanente léxico, no en vano sigue cultivando en pleno siglo XXI el nefando y trasnochado vicio de leer. Su mente vuela de las banderolas a los libros de historia, de ahí a sus juegos bélicos de infancia, desembocando en las panorámicas grandiosas del Ran de Kurosawa.

Arsenio se siente a menudo protagonista de novela; no un Zalacaín precisamente, sino uno de esos hombres grises, de gabardina parda y andar triste que pueblan notables extensiones de los territorios de ficción. Si pudiéramos penetrar en este mismo instante en su interior, le encontraríamos, por ejemplo, escindido entre Bernardo Soares y Mersault, con un punto del Samsa oficinista antes del cambio.

Dejémosle a solas con sus divagaciones, no vaya a inquietarse. Si volvemos dentro de unos años, quizás ya no estén los anuncios –eso son precisamente las banderas- que publicitan las nuevas construcciones. Arsenio mirará entonces los muros, las ventanas y los grajos posados en las tejas. Se sentirá quizás Ulrich o Leopold Bloom o quizás ya no se sienta nada.

martes, 14 de agosto de 2007

BRUNO

Bruno está sentado en el catre, sus brazos rodeando las rodillas, la cabeza gacha, componiendo la clásica estampa del desamparo. Una mosca le circunda, hace amago de posarse en su nuca rapada, luego en la clavícula, quizás ahora en una oreja. “No voy a moverme, que contemplen mi pasividad y mi inocencia”, piensa rememorando al Norman Bates de Hitchcock, mientras la leyenda “amor de madre” se desdibuja en la piel de un bíceps sacudido por un breve temblor.
Tras la mirilla de la celda de aislamiento, dos vigilantes comentan las últimas noticias del Tour con ánimo cansino.

Bruno es, a su manera, un ilustrado. Fue bien en los estudios hasta que las malas compañías emponzoñaron su camino. La cosa empezó por robar aquella farmacia y luego ya vinieron las peleas y los ajustes de cuentas. Al final se cargaron a aquel pringao de Julián “el francés”, por un quítame ahí unas papelinas, y acabaron todos en la trena. Pero Bruno tiene su cultura y en la cárcel el tiempo cunde, así que anda todo el día con un libro de Nietzsche bajo el brazo. Sale al patio y se pone a leer, sentado en el banco corrido del fondo, mientras otros juegan al frontón o relatan bellaquerías y fantasmadas de su vida anterior. Bruno es de los duros y, en la galería, el filósofo del anticristo produce respeto. Una lectura así se puede perdonar en un lector bien macho.

Pero tuvo que venir Leoncio a joderlo todo. Leoncio, el jodido imbécil –y vemos a Bruno, entre las cabezas de los guardias, con un rictus de amargura en los labios-. Todo por querer hacerse el hombrecito, todo por ese afán de rebajar mi cota de prestigio. Desde que empezamos a compartir chabolo no cejó un minuto en una guerra idiota por ocupar mi estatus de líder ante el grupo. Yo no quería, lo juro por mi madre –y mira Bruno la mosca en su bíceps, que se frota las patas meticulosamente sobre el rojo corazón en llamas-. Pero cuando arrancó las pastas de mi libro ante todos, no tuve más remedio que morderle en la yugular hasta matarle. Menos mal que el río de sangre y el jaleo consiguieron ocultar que, debajo de un simulado Así habló Zaratustra, estaba en realidad Paulo Coelho. Hubiera sido una catástrofe.

miércoles, 8 de agosto de 2007

GENEROSA

Siempre “se crió muy bien”, a decir de Humildad, su madre, que la había tenido de soltera con un mozón orondo que vino por el pueblo cuando pusieron el teléfono y se fue con las últimas golondrinas que se posaban en los cables. Humildad era tan poca cosa que siempre se había sentido acomplejada. Así es que se dedicó con ahínco a nutrir a un bebé ya de por sí rollizo por herencia paterna.

Le llegó a Generosa la edad del desarrollo y se convirtió en una chica hermosa, eso sí, en el sentido más rubensiano, si se nos permite el neologismo. De buenas ancas y amplias caderas, sus pechos coronaban con estrépito la ondulada orografía de sus lorzas. Una cara redonda, de mejillas coloradas y boquita de piñón, completaban la estampa. Todo un éxito para una madre con las huellas aún de una infancia de hambre. Sólo que en el ínterin las veleidades de la moda habían cambiado. Tuvo la culpa una tal Twiggy, cuya extrema delgadez y sus pestañas postizas, recorrieron el mundo a lomos de las pantallas de la televisión.
Todo el gozo de Humildad en el pozo del aciago destino. Ella auguraba una buena boda, con un hombre cabal y situado. Pero Geni, con su cara de muñeca y su aspecto saludable y maternal, se veía rechazada por los mozos en el baile y pasaba los sábados viendo en la tele programas musicales.

Estuvo a punto de cometer la atrocidad de adelgazar, de someterse a un régimen feroz, de sacrificar su personalidad y su salud a un ideal espurio. Pero llegó Benigno a despedirse de unos familiares, antes de ocupar su plaza de intérprete en Ginebra, y se enamoró a primera vista. No en vano había pasado la adolescencia rindiendo culto a Onán mientras miraba en el libro de Sociales la ilustración de Las tres gracias.

lunes, 6 de agosto de 2007

FAUSTO

A Fausto un día se le apareció su casero y le propuso un trato. Fausto –es preciso que el lector lo sepa- estaba divorciado con hijos y la parte del sueldo que le quedaba apenas le daba para malcomer, así que estaba al borde del deshaucio por impago. Justiniano, que así se llamaba el dueño del inmueble, le dijo: “Podrás vivir aquí, sin pagar un duro, el tiempo que quieras, pero a cambio no podrás negarte a hacerme un gran favor cuando yo te lo pida”. A Fausto apenas le quedaba alternativa, así es que se comprometió formalmente ante dos copas de aguardiente que vaciaron al unísono.

Justiniano desapareció como había llegado y no se supo más de él en años. Fausto, liberado de su obligación mensual, vivía contento y gastaba en vicios el dinero sin contención alguna. Sobre todo a partir del accidente de avión en que desapareció su familia y, con ella, las apreturas pecuniarias que tanto le agobiaban.

Fausto vivía al día y sin pensar en nada que no fuese su trabajo en el ministerio y traerse a la cama una linda chica siempre que podía. No le era difícil, pues su físico era atractivo y no se desvirtuaba con el paso del tiempo, sino casi al contrario, adquiría una pátina de belleza clásica semejante al de algunos apolos del Museo de Historia. Fueron años de dulce desenfreno, ensombrecidos sólo de vez en cuando por el pálpito de que pudiese volver Justiniano con su misteriosa exigencia. Nunca ocurrió. Todo siguió igual durante tantos años que Fausto se acabó suicidando de puro aburrimiento.

DAVID

El hecho de que David tuviese un retraso en el crecimiento, provocaba que sus compañeros más altos le amargaran la vida con chanzas y empellones. Los peores eran Máximo y Zenón, que eran los más corpulentos. Le perseguían por el patio y cuando le atrapaban, se divertían dándole vueltas como a un trompo y tirándole de las orejas. David intentaba defenderse a pedradas, desde lejos, pero tenía tan mala puntería que, más de una vez, acabó rompiendo los cristales de la escuela, con consecuencias aún más adversas para su integridad. Así es que a David sólo le quedaba la vaga esperanza de una venganza ejemplar. Ciego de ira les espetaba a sus enemigos: “¡Ya veréis cuando crezca, bellacos!”, con las consiguientes risotadas de agresores y concurrencia.

Pasaron varios años y todo seguía igual, pero al cumplir los diecinueve, David tuvo de pronto el estirón que no había tenido en su momento. Trabajó de mensajero y, con los ahorros, se compró una Honda de gran cilindrada. A lomos de su moto y enfundado en una chupa de cuero, patrullaba por las noches en busca de sus antiguos agresores; pero ellos debían haber cambiado de barrio o de ciudad o sencillamente se escondían, porque nunca les vio. Mientras, se dedicaba a buscar pendencia y a zurrar a algún infeliz que se cruzaba en su camino. Más que nada por irse entrenando.

CATALINA

Lo de Avenancio podría parecer un chiste, pero el caso es que cuando a Basino, su padre, le preguntaron en el Ayuntamiento cómo quería poner a la criatura, él se puso nervioso y tartamudeó A-a-a...venancio, y así quedó escrito en los papeles para siempre. Avenancio conoció mujer, llegado el tiempo, y tuvo a su vez dos hijos, Catalina y Onésimo.

Catalina era, desde pequeña, poco dada a jugar con muñecas y las otras zarandajas que solían entretener a sus amigas. Sin embargo, en cuanto compraron a su hermano una bici de carreras, con la intención de que desarrollara su mermado físico, se aficionó de tal modo a ella que ya no quiso saber nada de otra cosa. Onésimo la dejó hacer, pues estaba llamado a más altos destinos.

Catalina empezó compitiendo en carreras locales y acabó en figura comarcal del mundo del pedal. Lo peor fue que la vetaran en el campeonato regional por su condición de mujer. Desengañada, emigró a Ginebra y se empleó en la industria relojera. Acabó descuartizada en un accidente laboral trágicamente célebre, que dio lugar a enconadas algaradas callejeras.

SARA

Sara era la dueña de una carbonería de barrio, con las funciones añadidas de locutorio telefónico y punto de reunión. Allí solían juntarse las comadres, mientras cocían a fuego lento los garbanzos y los burros de las lecheras roznaban en la sombra. Sobre la una, cuando estaban a punto de salir los maridos del trabajo, se levantaban y corrían como una bandada de avefrías, agitando sus mandiles en el aire.

Sara había pasado ya de los setenta. Su vida no había sido fácil. Había tenido a su hija Clelia de soltera y eso, entonces, trastornaba la vida de cualquiera. Por suerte había encontrado a Cleto, un minero viudo que la puso el negocio, del que a su vez había enviudado ya hacía tiempo.

En el barrio se comentaba en aquellos días el caso de Abraham, un vecino que buscaba a una Sara para tener un hijo. Un día lo comentó Anacleto, un cobrador de deudas pertinaces que utilizaba a veces el teléfono para ir ablandando a sus víctimas con amenazas veladas: “Abraham anda buscando una Sara para preñarla”, dijo al desgaire, como sin darlo ninguna importancia. Sara desapareció en la negrura profunda del almacén y salió al rato, con la escopeta de balines de su nieto cargada. “Por si las moscas”, dijo sencillamente.

MARCIANA

Marciana era rara. “Más rara que una ceranda” decía siempre la tía Epifania, la del herrero. Y no es que tuviera su piel color verdoso, ni sus orejas forma abocinada, no, nada de eso, que la moza era galana y bien plantada, con buenas pantorrillas y busto firme y mirada despierta. Más bien era su manera de obrar lo que extrañaba, pues Marciana apenas iba al baile y, cuando iba, se pasaba todo el rato sentada, mirando unas veces a Teodoro tocar y otras a la fila de madreñas de la entrada.

Marciana solía pasear sola por la carretera, mirando al cielo, como esperando algo. La gente le tomaba el pelo con frases referidas a la meteorología y ella apenas contestaba con un “ya...” o un “no me digas”. Iba todos los días a la estación a la hora del correo y, a veces, regresaba con un misterioso paquete bajo el brazo. Algunos decían que eran libros, porque solían verla leyendo mientras cuidaba la única vaca de sus padres, en el prado de cerca del arroyo.

Como había de ocurrir, Marciana tomó un día el tren y no se supo más de ella. Unos decían que había ido a servir a la ciudad, otros que a encontrarse con un amante misterioso, aquel quizás que le mandaba los paquetes. Un día, Paulino hizo correr la maliciosa novedad de haberla visto en un bar de mala nota. Sus padres, mientras tanto, iban ganando en canas y en angustia. A veces se les veía mirando al cielo, a la hora del Ángelus, buscando quizás alguna señal o algún vestigio.

ABUNDIO

Abundio era más listo que el hambre. Y no es que fuera muy bien en el colegio que digamos, todo lo contrario, que don Sabino le tenía un día sí y otro también de rodillas y con las orejas de burro en la cabeza. Las artes de Abundio empezaban a hacerse notar en el recreo, donde era un lince con las canicas y un jugador de ventaja canjeando cromos y tebeos.

Pasó el tiempo y, a la hora de la herencia, se apañó para hacerse con las mejores fincas, lás más próximas al canal de riego. Fundó una cooperativa y se quedó siempre con la mejor parte, a la vez que ejercía de líder esforzado y héroe de la causa agraria. Su lema fue siempre arrimarse al poderoso, halagar al igual y engañar sin reparos de conciencia al infeliz y al demasiado escrupuloso. Con este mecanismo bien engrasado, consiguió colocarse poco a poco en el estrato social de los elegidos, sobre todo a partir de su casamiento con Pelagia, hija única de don Sidronio, el dueño de la panificadora.

Su meteórica carrera despertaba admiración entre sus conciudadanos. Hasta Plácido, alumno ejemplar y ahora simple empleado de banca, envidiaba su suerte. En la comarca se acuñó la frase “ser más listo que abundio”, que se aplicaba a todo aquel que realizaba un acto pecuniariamente meritorio. Vivió Abundio muchos años y tuvo abundantísimos discípulos.