lunes, 26 de enero de 2015

AGATOPO



Si dijéramos que Agatopo tenía vista de águila mentiríamos, o al menos no diríamos toda la verdad, pues no es solo que desde niño fuera capaz de distinguir el rostro de una persona a un kilómetro de distancia, sino que además podía percibir cosas que ocurrían más allá de la piel de lo real.

Hijo de Macaldo y Uña, un matrimonio de la aristocracia local, Agatopo vivió desde niño una existencia regalada, rodeado de criados dispuestos a satisfacer sus deseos antes incluso de ser formulados. Ananías era el chófer —en la familia decían siempre “chauffeur”— que le llevaba todos los días al selecto colegio en que estudiaba, en un coche imponente negro como el charol. Tenía la facultad de saber el momento exacto en que salía el chico por la puerta del palacio. Cleto era el mayordomo, y tenía especial habilidad para saber si alguien del servicio iba a robar algún objeto, incluso antes de que el futuro ladrón lo hubiera decidido. Filón, su preceptor, sabía si el muchacho se había estudiado las lecciones solo con oír sus pisadas al subir la escalera. Rústico, el encargado de plantas y jardines, era capaz de pronosticar la lluvia o el buen tiempo con semanas de antelación, con solo observar el cielo y las estrellas. 

Creció Agatopo rodeado de aquel grupo de sabios y lo hizo en estatura, pero también en sabiduría y virtud. Siendo mozo ocurrió que los aires del reino se fueron tiñendo de efluvios de discordia. Las buenas gentes, antes resignadas y deseosas de servir a sus señores, andaban ahora descontentas y aún airadas. Sujetos sin principios los habían intoxicado con deseos extraños a su naturaleza y al devenir correcto de las cosas.
Sintió Agatopo que este ser embrionario acabaría por convertirse en dragón que abrasaría con su hálito mefítico el orden existente y así se lo comunicó a sus progenitores. Pero ellos tacharon de locura su visión del futuro. “Mira la servidumbre, qué fiel nos sigue siendo”, le dijeron. Pero Agatopo notaba que ellos, tan sutiles siempre, le daban largas ahora sobre el porvenir y eso le reafirmó en su idea.

Embarcó Agatopo de polizón en un mercante. Lo hizo justo la semana antes de la revolución que cambiaría todo para siempre. A partir de entonces ya nadie volvió a llamarle “señorito”, ni a cortarle las uñas de los pies, ni a calentar su lecho, ni a anudarle las corbatas. Llevó por contra una vida aventurera y libre que le hizo olvidar totalmente su pasado y no le dejó tiempo ni energías para especular sobre un futuro que aún no era.

viernes, 23 de enero de 2015

WIFREDO



Cuando Wifredo vino al mundo, lo primero que dijo su madre al verle fue: “¡cuánto pelo tiene!”. Y lo mismo exclamaron el padre, Diosdado, la abuela, Eufrasia, y todos los parientes y vecinos por orden de intervención. Y es que Wifredo tenía al nacer una mata de pelo negro y tupido que le llegaba hasta media frente y —lo advirtió don Cerasio, el párroco, en el bautizo— hasta una leve sombra de bigote sobre el labio.

Al crecer, el vello fue colonizando parcelas sucesivas de su cuerpo. A la edad de ocho años tenía ya Wilfredo un pecho cuajado de graciosos caracolillos, así como una buena mata en cada axila y otra generosa en las partes pudendas. No le supuso mucho problema, excepto cuando en el verano iba a bañarse al río con otros niños, pero de aquella aún se consideraba el vello prueba de hombría y solo extrañaba un poco la precocidad.

Con la llegada de la pubertad se exacerbó de veras el fenómeno piloso de Wifredo, llegando el vello a tapizar todo su cuerpo, con la excepción apenas de la cara y la palma de las manos. Eso sí que hizo sufrir al chico, en una edad en que ansiaba ser aceptado y amado por el bello sexo. El desasosiego se acrecentó tanto, a pesar del consuelo de la madre y el apoyo de toda la familia, que Wifredo decidió esconderse en el furgón de un tren y huir en busca del anonimato de la gran ciudad.

Pasó penurias las primeras semanas, hasta que llegaron las fiestas patronales y con ellas las barracas que exhibían monstruos de la naturaleza. Allí entre la de la mujer barbuda y la del gusano humano, trabó con Wifredo conversación un feriante y acabó ejerciendo de hombre mono. 

Su único trabajo consistía en estar de ocho a doce frente a un público que pagaba por verle comer plátanos y responder preguntas del tipo “cuántas son tres por cuatro”, cuyas respuestas eran muy celebradas. Neón, el dueño de la caseta de feria, era generoso y considerado, le mantenía a gastos pagos y le daba además algún dinero. Fueron años felices y despreocupados. 

Un verano, se encontraba dando cacahuetes a los chimpancés del circo, como le gustaba hacer a menudo, y apareció Dova, su bella adiestradora. Wifredo, sintió al verla que una corriente eléctrica atravesaba todos y cada uno de sus vellos. Lo mágico fue que hubo corriente también del otro lado y ambos polos acabaron por unirse.

Nunca pensó el joven Wifredo que iba a ser tan feliz. Casado con Dova, recorrió pueblos y ciudades, ejerciendo de monosabio en su acepción más justa. Dova era amiga, amante y compañera y le quería como era, e incluso precisamente por ser así.

Pero, quiso el caprichoso destino que en el país se promulgara una pragmática que, en atención a preservar los derechos humanos, prohibía tajantemente el empleo de personas con rarezas o malformaciones en espectáculos públicos de cualquier tipo. Eso arruinó la vida de Wifredo, pues relevado de su función principal, fue relegado a mero peón de montaje, su carácter se agrió, se distanció de su esposa-adiestradora y acabó regresando a la vida fugitiva.

Pasados unos años fue captado por una banda de ladrones y asesinos que, apercibidos de su agilidad, lo utilizaron para escalar fachadas de edificios y penetrar en el interior de las viviendas. Animalizado por la amargura y las penurias, acabó siendo tristemente célebre a causa de una serie de misteriosos crímenes.





jueves, 22 de enero de 2015

AQUILES


Aquiles era uno de estos tipos pintorescos que existen en todas las ciudades provincianas, una de esas personas que por su sociabilidad y bonhomía, unidos a algún rasgo distintivo, hacen que las gentes les saluden por la calle y que en todos los rincones se les considere parte integrante del paisaje local.

En Aquiles, lo primero que llamaba la atención es que vestía de pies a cabeza como un auténtico tirolés. No le faltaba su lederhosen o pantalón corto de cuero con tirantes, su chaleco y su blusa con bordados y, como tocado, un auténtico sombrero alpino con su pluma de colores. 

Como todo es relativo en esta vida, incluso en las hagiografías, si este personaje hubiera residido en Insbruck o Lienz, la cosa no hubiera llamado mucho la atención, pero tratándose de una localidad de la España interior la indumentaria tenía su aquel.

Con todo, no era su aspecto, lo que más destacaba en la personalidad del popular personaje. Aquiles se pasaba la vida en la calle, en invierno y en verano, no tenía oficio conocido y se ganaba la vida enseñando a los turistas la ciudad, acompañado de su fiel Lioba, una tortuga que llevaba a todas partes.

Nadie en la ciudad sabía desde cuando Aquiles pululaba por sus calles, contando historias portentosas e inverosímiles sobre cada una de sus piedras a los incautos que embaucaba. No se conoce nada de sus padres y nadie lo recuerda de niño, ni lo ha visto nunca con otra indumentaria, por más que hayamos investigado.

Lo cierto es que el buen Aquiles tiene una edad indefinida, entre la juventud tardía y el comienzo de la edad madura y, que se sepa, no ha conocido mujer. Al menos así era hasta que, en un grupo de turistas proveniente del otro extremo del Mediterráneo, apareció la joven Elena. Enseguida se dirigió al guía y dijo que le recordaba a alguien que había conocido durante una guerra larga y sangrienta, hace mucho tiempo. Hay que decir que Elena conserva una belleza perfecta y misteriosa, como de alguien que está más allá de la espiral del tiempo.

Aquiles, Elena y la tortuga, pasaron a formar el triángulo equilátero en que se fundamenta la ciudad. Ahí siguen, explicando a los turistas la historia oculta en el tuétano mudo de las piedras. Y lo hacen con la campechanía de los que se conocen desde siempre.

martes, 20 de enero de 2015

OPORTUNA



Abdieso y Senorina llevaban quince años de matrimonio sin que Natura se hubiera dignado enviarles un vástago. Y no es porque no lo intentaran, que pocas noches había en que sus jadeos amatorios no despertaran a algún vecino del bloque, incluido Sotero, que era muy sordo y vivía en el ático. Su salud era óptima, comían sano, practicaban deporte, los médicos no encontraban en ellos tara alguna, pero lo cierto es que los hijos no llegaban.
 

Con tiempo libre en abundancia y apañados como eran, Abdieso y su señora, habían amasado una notable fortuna fabricando bollería en el obrador que él heredara de sus padres. Y es que a Senorina, lista y pilla como era, se le había ocurrido fabricar los donuts y las palmeras más colmados de grasas saturadas del mercado, a la par que había negociado un porcentaje con una clínica especializada en adelgazamiento. La simbiosis de ambas empresas funcionaba a las mil maravillas, pues todos sabemos de la atracción que siente el paladar por las cosas insanas y, por otro lado, de la obsesión moderna por asociar estúpidamente la delgadez con la belleza.
 

Pero Senorina y su abceso no eran felices, y todo se debía a la falta de un heredero que pudiera hacerse acreedor a disfrutar de las riquezas conseguidas por ellos. Llevaban tiempo ya sometidos a tratamientos de fertilidad, sin éxito, cuando una mañana, el azar les recompensó con un regalo inesperado. Ocurrió cuando Abdieso salió de la casa a recoger la prensa y la botellita de leche que siempre suelen dejar a la puerta en las películas, y se encontró con un bulto bullente que emitía una especie de vagido. Dirigido por un instinto ancestral, Abdieso, tomó aquello en sus brazos y lo mostró alborozado a Senorina, quien enseguida detectó que el bulto era niña.
 

Locos de contentos por lo que consideraron un premio de los dioses a sus méritos como ciudadanos de provecho, y ante el hecho de venir la bebita sin nota alguna, decidieron llamarla Oportuna, pues consideraban su llegada muy propicia.
 

Oportuna creció sana y rolliza, lo mismo que sus padres adoptivos. Pasaron los años y se convirtió en una jovencita adorable, aunque obesa, que jamás les dio ningún disgusto. Iba a iniciar estudios superiores de Pastelería Industrial, con la idea de heredar el negocio familiar, cuando se presentó a la puerta un matrimonio que se identificó como Simeón y Tárbula, padres biológicos de Oportuna. Eran flacos como espigas y de carácter avinagrado.
 

Traían papeles que demostraban embarazo y parto, exigieron un análisis de ADN y pronto el juez determinó que eran los padres. Senorina y Abdieso tuvieron que cedérsela con pesar y desesperación. Luego vendrían las denuncias por apropiación indebida y maltrato por haber sometido al menor a una dieta insana. Y es que hay desalmados que no dudan en esperar unos años si al final consiguen una jugosa indemnización. Vivir y ver.

domingo, 4 de enero de 2015

ALEJANDRA



Alejandra nació la última, tras cuatro varones, falleciendo su madre en el parto. Su padre, Simeón, la mandó bautizar con ese nombre por creer que resultaría adecuado para rotular el dintel de un gabinete de belleza. 

Sus hermanos Arador, Pusicio, Bartolomé y Crotato, brutos, ruines y feos como demonios, no tuvieron más remedio que ponerse a disposición de la bella y grácil hermanita y servir de víctimas propiciatorias, so pena de sufrir las iras del progenitor. Así es que, desde pequeñita, sometió Alejandra a los cuatro a sus experimentos de esthéticien por diplomar.

A Pusicio, que tenía el cabello rizado y recio como el de un bantú, le dio a la aprendiza por estirárselo y planchárselo. A Crotato, le hacía dormir con una gruesa cinta alrededor del cráneo, para corregir sus orejas de soplillo. A Arador, peludo como un oso de antes del efecto invernadero, no se le ocurrió otra cosa que aplicarle cera caliente en el torso. Pero aún fue peor lo de Bartolo, al que tanto tiró de un padrastro que estuvo a punto de mondarle del todo.

Los hermanos sufrían en silencio o a gritos, según se terciase, los desmanes de la niña de la casa, amparada en la autoridad babeante de un padre vencido por la ausencia de la esposa y entregado a la grácil femineidad de la hijita.

Llegada la edad, ingresó la nínfula en los estudios oficiales propiciatorios de su destino. O sea, se matriculó en Artes y Oficios, sección Peluquería, que es lo que la economía familiar le permitía. Allí conocería a Apolodora, una transexual que acabaría convirtiéndose en su madrastra.

Los hermanos, ante el cariz que estaban tomando las cosas, huyeron al bosque y descubrieron una mina de uranio que decidieron explotar. La empresa resultó próspera y el trabajo gratificante, aún con el inconveniente de dotar a su piel de una progresiva coloración azul.

Alejandra, harta de soportar los caprichos de su madre postiza y su afán enfermizo a mirarse constantemente en un gran espejo, huyó de su casa y acabó instalándose con sus hermanos en una grata y espaciosa cabaña, desde donde decidió impulsar una línea de productos bio.

miércoles, 9 de abril de 2014

ACÍNDINO



Cuando Acíndino y su esposa Bernicia tuvieron su primer vástago lo pusieron Acíndino, como el padre, como el abuelo, como el padre y el abuelo del abuelo, así hasta que las ramas del árbol genealógico se fundían con el lignito de los tiempos.

El nuevo Acíndino salió estudioso y cabal.  Pronto destacó en las humanidades y, llegado el momento, se matriculó en Derecho y pronto se convirtió en un abogado de provecho. La vida pasa deprisa cuando discurre plácida por sus cauces naturales.

Pero había un problema, y este era la relación del licenciado Acíndino con las mujeres. Dedicado al estudio, pegado a las faldas de doña Bernicia, el bello Acíndino llegó a los veinticuatro más virgen que Hildegunda a los doce. Porque Hilde a los veinte, cuando la conoció, ya había mantenido relaciones carnales con casi todo el departamento de Penal. Eso le hizo desistir, pues temía no estar a la altura. Prefirió dedicarse a las oposiciones de abogado del Estado. 

Ya funcionario, se permitió tontear un poco y salió con Domnina, Heliena y Prosdocia, por ese orden, en tres veranos sucesivos. Con Domy se fue de vacaciones a Belice, pero ella agarró tal disentería que se pasó el viaje metiendo monedas en los baños para turistas. El año siguiente intimó con H, así se hacía llamar aquella dómina que conoció en una noche loca. Creyó Acíndino que le gustaba ser sumiso, pero su santa madre descubrió un día las marcas del látigo y montó a la flageladora una de órdago. Con Docy le pasó justo al revés, pues era tan pasiva que no supo nuestro hombre ejemplar complacerla con la firmeza necesaria.

Contrariado Acíndino, tristón por una soltería que empezaba a pesarle, abrió un bufete para ocupar las tardes. Ese fue el principio del fin de sus pesares, la vida es así de caprichosa. Ya no buscaba nada y encontró el venero del que mana la dicha. Y todo por un anuncio en un diario: “Se necesita secretaria. Se valorará formación jurídica”. La tercera candidata fue Acíndina y su belleza de valquiria inundó de luz el despacho al entrar.

martes, 1 de abril de 2014

TIMÓN



Parnucio, pescador de bajura como era, cuando encontró en el santoral el nombre de Timón pensó de inmediato en el hijo que esperaba. Pero Emma, la futura madre, le puso pegas al feliz hallazgo. “Está bien para un marinero —arguyó la buena mujer—, no digo que no, pero ¿y si el muchacho acaba siendo perito mercantil? ¿No me dirás que "don Timón" sonaría bonito?” Parnucio quería a su esposa, pero le costaba en esto dar el brazo a torcer y, llegado el momento del alumbramiento, Emma acabó por aceptar, aunque con la condición de ponerle de segundo nombre Sócrates, porque había visto en un libro que era un señor antíguo con mucha cultura. Se acercaron pues a la pila bautismal, mas enterado el padrino de que iban a hacerle el feo de no seguir la tradición, hizo amago de irse de inmediato. Como resultado, el inocente terminó llamándose Timón Sócrates Aristónico, que éste último era el nombre del padrino.

Timón empezó pronto a ayudar a su padre en las faenas de la mar, y llevar el timón era lo que más le gustaba, aunque tampoco era manco echando las redes o remando, o pujando cajas en el muelle. Timón hizo, cuando tocó, la mili en la marina, pero no le emocionaron los acorazados, ni los submarinos, ni siquiera un portaviones en el que estuvo durante unas maniobras. A él lo que le gustaba era el timón, el sencillo instrumento cuyo contacto le hacía sentirse hermano de tantos hombres libres. Y es que en esas otras naves todo era demasiado complicado, con esferas, sensores y contadores digitales que repugnaban a su naturaleza.

sábado, 29 de marzo de 2014

PERFECTO



Gaudioso y Sabina llamaron a su vástago Perfecto con la insana intención de que lo fuera. Ambos eran maestros, Gaudioso de educación física y Sabina de filosofía; “mens sana in corpore sano” era su lema preferido, y así figuraba en un cuadrito en la pared del recibidor. Así que, en cuanto Sabina supo de su estado de gravidez, fue alborozada a contárselo a Gaudioso y se pusieron  a elaborar desde ese instante una programación curricular detallada para el nasciturus.

En este documento, que fueron escribiendo y pasando a limpio por las tardes, a la vez que corregían exámenes y tejían patucos, no faltaba de nada. Figuraba una sección de “Alimentación”, donde, presididos por el gráfico de los sagrados percentiles, estaban consignados los grupos de alimentos adecuados a cada mes, semana y hasta día del proceso de crecimiento. Había también un capítulo dedicado al “Espíritu”, donde consignaron la edad en que le explicarían cada misterio de la vida. Por supuesto no había lugar para las supercherías, como Papá Noel, Reyes Magos, ratoncito Pérez. En cuanto a la fé, consideraron que debían proporcionar al aún no nacido, un resumen bien aquilatado de todas las existentes, desde el animismo de los bosquimanos hasta las religiones del Libro y derivadas. En lo que a conocimientos académicos se refiere, establecieron un plan a base de coger un poco de cada una de las disciplinas escolares, de todas las especialidades, adobado con el estudio temprano de todas las lenguas nacionales y media docena de las más pujantes en el mundo actual, amén de una cierta dosis de latín y griego, que sirviera de base cultural. De este modo, pensaban Gaudioso y Sabina, que el futuro Perfecto tendría las puertas abiertas a cualquier profesión, vocación o arte imaginables. 

Terminaron el gran proyecto justo a tiempo para el alumbramiento. La primera noche ya dio Perfecto muestras de no querer saber nada de los bienintencionados planes paternos, pues se la pasó berreando, conculcando así la norma sobre las horas de sueño convenientes para un recién nacido. En la nutrición, pasó otro tanto de lo mismo, pues Perfectín mamaba de modo desigual, según sus apetencias, cogiendo peso unos meses por encima de lo razonable y perdiéndolo luego por negarse a succionar el pecho materno el tiempo necesario. Y lo mismo pasó en el campo de los conocimientos, en cuando empezó a ir a la escuela. Era revoltoso y tan pronto se negaba a hacer cuentas, como hacía docenas de ellas; dibujaba o jugaba al balón a voluntad y para los idiomas y la música demostró tener menos oído que un trozo de alcornoque seco. 

Gaudioso y Sabina estaban tan desolados que evitaban hablar de su hijo con las amistades y acabaron por ignorarle, después de varios intentos de meterle en vereda. En cuanto a la idea de proporcionarle un hermanito a Perfecto, el fracaso les había quitado las ganas por completo.