jueves, 30 de noviembre de 2017

LORENA


Cuando Lorena se encontró con la silueta de Exuperancio enmarcada por el dintel y las jambas de la puerta, supo que estaba muerta, pues no podía ser de otro modo.

Lorena se crió en una familia de clase media, hizo sus estudios, encontró trabajo, se casó y se fue a vivir con Kirby, su marido, a un piso de alquiler. Hasta aquí todo normal. Al segundo día de vivir en aquel segundo piso de un barrio popular, llamó la primera persona preguntando por Exuperancio. Fue el comienzo. No hubo semana, en los dos años que Lorena y Kirby vivieron allí, en que distintas voces preguntaran por Súper, al menos cinco veces. Había días que eran dos las llamadas, a la comida y a la cena. Otros eran dos seguidas a las siete u ocho de la mañana. Y aún los fines de semana llegaban voces preguntando por el famoso Exuperancio a través del hilo telefónico.

El tal Súper debía de tener cientos de conocidos empeñados en buscarlo donde ya no estaba. Y no, no se conformaban con una negativa. Todos estaban seguros de que habían hablado con él hacía pocos días en ese mismo teléfono, e incluso algunos se empeñaban en afirmar que habían estado en esa casa viéndolo.

Pero lo peor eran los ruidos. Despertaba Lorena en medio de la noche y escuchaba pasos en el recibidor. Otras veces era a la hora de la siesta, cuando se recostaba en el sofá y la despertaba el susurro de alguien hablando con otra persona al otro lado del tabique. Teniendo en cuenta que Kirby viajaba mucho, a Lorena le pillaban estos fenómenos casi siempre sola y no ganaba para sustos.
Lo fácil hubiera sido marcharse a otro sitio. Así se lo planteó el joven matrimonio. Lo hubieran hecho, lo intentaron durante meses. Pero por más que iban a ver otros pisos, siempre surgía algún imprevisto que evitaba formalizar el contrato de alquiler. Unas veces era un viaje imprevisto de Kirby, otras que el propietario fallecía y los herederos se volvían atrás, o bien el dueño prefería dejárselo a un familiar, o se descubría que era un piso embargad. El caso es que Lorena seguía allí de inquilina, soportando las voces, los ruidos y las llamadas telefónicas.

Sucedió una noche en que Kirby se encontraba de viaje en Copenhague. Lorena había estado hasta tarde viendo en la tele un programa sobre fenómenos paranormales y se quedó amodorrada en el sofá. Últimamente le había dado por tomar un dedal de whisky después de cenar que, unido a sus ansiolíticos habituales, la dejaba bastante fuera de combate.


La despertaron unos ruidos en la puerta, fue a mirar y allí estaba él. Por fin. Era alto y delgado, muy pálido, y vestía traje oscuro y una camisa blanca un poco ajada. “Soy Exuperancio”, dijo, y entró en casa como quien lleva allí toda la vida. O toda la muerte.

lunes, 27 de noviembre de 2017

ANDRÉS


Andrés, hijo de Andrés y de Sofía, nació a las treinta y nueve semanas justas de embarazo, como estaba previsto por don Justo, el tocólogo, cumpliendo con lo que todos los manuales del ramo consideraban normal.

Se crió con leche materna hasta que empezó con el biberón y creció y engordó lo que marcaba el percentil correspondiente a su edad, dentro de los parámetros que los expertos habían considerado estadísticamente correctos.

Empezó la escolarización obligatoria el día que cumplía la edad reglamentada por el ministerio competente. En el colegio cursó estudios de Primaria y Bachiller sin destacar ni por torpe ni por todo lo contrario. Sus notas se mantuvieron en todas las asignaturas dentro de la media.

Hizo el servicio militar en infantería, tras haber dado la talla y haber demostrado una agudeza visual suficiente. No fue un recluta torpe, pero tampoco destacó por su pericia. En los ejercicios de tiro, sus dianas estuvieron siempre dentro de lo que se consideraba habitual.

Una vez licenciado, se casó con Úrsula, su novia de la adolescencia, y encontró trabajo en una agencia de transportes, donde llevaba la contabilidad y elaboraba las nóminas de los demás empleados, sin que sus jefes tuvieran nunca queja de él, aunque tampoco mereciese especiales elogios.

El matrimonio tuvo tres hijos: Andrés, Pedro y José, cumpliendo así con la tasa de fertilidad por mujer en la época. Los tres se criaron bien, padecieron las enfermedades infantiles habituales, se escolarizaron y sacaron unas calificaciones que estaban dentro de la norma.

Andrés y Úrsula fueron siempre un matrimonio bien avenido, con las broncas normales y sus reconciliaciones pertinentes. Se querían, pero sin que la pasión les nublara los sentidos. Frecuentaban a dos o tres matrimonios afines en ideas y costumbres y salían a cenar a locales no muy caros, pero tampoco de baratillo, con una regularidad entre mensual y quincenal.

Pasaron los años, los quinquenios y las décadas. Andrés y Úrsula fueron envejeciendo paulatinamente, con los achaques propios de cada edad. Sus hijos fueron creciendo, estudiaron, se ennoviaron, se casaron y tuvieron así mismo descendencia.

Llegó la jubilación y luego la vejez. Las ilusiones fueron mermando, desde el empuje y la vitalidad justa y necesaria hasta una atonía tranquila, sin caer en el desánimo.

El mismo día que cumplía setenta y nueve, edad a que morían normalmente  los varones, según los cálculos del organismo oficial pertinente, falleció nuestro Andrés de una neumonía con complicaciones. Rodeado de toda su familia, tuvo a bien despedirse con las últimas palabras que tenía ensayadas, por considerar que eran las más adecuadas: “Adios, esposa mía, adiós hijos míos”.
La iconografía no representa a Andrés de ninguna manera. Nadie ha conseguido encontrar los rasgos que pudieran hacer de él un ser con atributos propios.


lunes, 20 de noviembre de 2017

PRÍAMO



Hijo de Crescente y Eubaldesca, casados ya mayores, Príamo sufrió desde muy niño la soledad del unigénito e intentó persuadir a sus padres para que le proporcionaran un hermano. Al ser esto imposible, el solitario Príamo se juró a sí mismo ser prolífico.

Decidido a comenzar pronto su misión, se hizo albañil y tuvo ingresos propios cuando otros aún estaban estudiando.  Pronto construyó una casa, a base de dedicar a ello todo su tiempo de ocio. La hizo espaciosa, para albergar su prole aún en potencia, y se fue a buscar a la madre de sus futuros hijos.

Era tal su prisa que algunas muchachas huían espantadas cuando les hacía la proposición al tercer baile. Aún así, encontró en Hornuez, una chica sonrosada y sana, de anchas caderas y buen carácter, a su candidata perfecta. A diferencia de él, era la menor de siete hermanos, pero compartían, si bien por motivos opuestos, la misma ilusión de ser padres de familia numerosa.

Se casaron y enseguida dio fruto su deleitoso afán en el tálamo en la persona de Juvenal, su primogénito. Le siguieron Carauno, Dioscórides, Heladio y Senador. Todos nacieron sanos y hermosos, y dieron a sus padres la satisfacción de ver su proyecto encaminado. Pero quiso el funesto azar que la dulce Hornuez falleciera al ver la luz Teódulo, su último vástago, lo que sumió a Príamo en la tristeza más feroz y destructiva.

Tuvo una época en que calmó sus penas con el bálsamo engañoso del alcohol, un tiempo oscuro, en que los muros le salían alabeados  y los tejados se parecían a los espinazos de los gatos cuando riñen. Estuvo a punto de perderlo todo, pues dejó de recibir encargos y sus hijos vagaban por las puertas buscando el sustento.

Pero ocurrió que pasó por el pueblo un tal Manviano, famoso artista en viaje por la zona, y se fijó en aquellos raros edificios. Preguntó por su autor y le llevaron ante Príamo, que agarrado a un vaso de tubo hacía equilibrios para no caerse de la barra. Manviano se mostró maravillado ante lo que él creía revolucionario modo de entender la arquitectura. No sin trabajo convenció a Príamo de acompañarle a la ciudad y allí, una vez libre de las brumas etílicas, le instó a trabajar con él en un encargo.
Fue el resultado una gran obra pública, de esas que encargan las instituciones para demostrar al mundo su modernidad y quedan luego vacías como naves desarboladas o arcas de Noé en tiempos de sequía. El éxito fue apoteósico y le llevó a experimentar con nuevas formas y materiales. Construyó edificios de formas imposibles, torres asimétricas con helipuerto y campos de golf en la terraza, bibliotecas inmensas sin ventanas. Pasó en pocos años de dormir la mona sobre el serrín de las cantinas a figurar en las más lustrosas revistas de diseño.

Absorto como estaba en su nueva pasión, se le olvidó a Príamo su paternidad –y no lo decimos en sentido figurado, sino en el más estricto–, hasta el punto que los seis hijos revoloteaban por ahí como gorriones, recogiendo las migas que unos pocos ciudadanos piadosos les arrojaban.
Siguió Príamo cosechando éxitos clamorosos muchos años, pues los gobiernos locales, alentados por el prestigio que les daba a otros vecinos la construcción de edificios raros para albergar la nada, no dejaban de agasajarle.

Llegó un día la vejez, muy callando, y ser retiró Príamo a una mansión donde había ido atesorando todo tipo de riquezas y objetos singulares. Paseando por las múltiples estancias, escuchó el eco de su propia voz y creyó oír las de sus desventurados hijos. Y no solo eso, sino también las de aquellos que nunca llegara a engendrar, que eran legión. Murió solo, con la certeza de haber equivocado su camino.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

FEDERICO


Federico vivía obsesionado por la muerte. Desde niño tenía ya esa certeza que le oprimía el corazón y le impedía ser feliz del todo. Y eso que Federico era salado como él solo y, cuando se le olvidaba que se tenía que morir, era el más animado de la fiesta.

Siendo joven, una gitana le leyó la palma de la mano y le dijo que tenía muy corta la línea de la vida. Eso agravó mucho más su connatural melancolía. Ya no era solo que supiese que iba a morir, sino además que iba a ser pronto. Y para más inri no sabía el cómo ni el cuándo. Qué injusta es la vida, decía Federico a su padre, Gausberto, a su madre Restituta, a su hermano, Teoprépido, y a un vagabundo llamado Pelegrín, que pasaba por allí de vez en cuando, en su incesante caminar sin rumbo. La verdad es que resultaba un poco pesado Federico, con tanto hablar a la gente de lo que nadie quiero oír, pero lo aguantaban porque lo apreciaban y porque era poeta. Sí, Federico escribía desde la infancia hermosos poemas en que hablaba de la muerte, pero lo hacía tan bien que parecían alegres.

Pasaron los años y seguía Federico preguntándose a diario cómo moriría y en qué fecha. Un buen día se enteró por la prensa que se había declarado una guerra y dijo para sí: “sopla, en las guerras muere mucha gente, así que no sería raro que…”. Antes de terminar la frase ya estaba haciendo la maleta para huir. La primera idea fue volver a casa de sus padres, pues en la tribulación las personas suelen refugiarse en lo más cercano al corazón.

Estaba ya bajo la marquesina, presto a subir al tren, cuando le picó en el hombro la gitana sin nombre de la profecía. “No seas malaje –dijo–, este tren no es el tuyo todavía”. No hizo falta más para cambiar el rumbo y coger otro que iba lejos, más allá de la frontera. Hay veces en que una decisión a tiempo es el billete para una nueva vida.

Fuera del país aún no había guerra, y pronto encontró artistas como él con los que convivió como en familia. Unos pintaban, otros escribían y les había que tenían el cine como modo de expresión. Así es como nuestro poeta dejó la pluma y se dedicó a esculpir la luz y el tiempo.
Hizo Federico en esta su otra vida muchas películas, y tuvo tiempo además de tener innúmeros amores y de vivir apasionadamente hasta olvidarse casi por completo de la muerte. Su cine era tierno y cruel a un tiempo, hacía reír a veces y llorar otras, a la vez que instaba a pensar y provocaba malestar a los conservadores más conspicuos.

Vivió Federico largos años y pasó por momentos intensamente felices y por sinsabores muy profundos, pero su vitalidad y su genio se mantuvieron siempre firmes. Murió muy viejo, rodeado de quienes le querían, eludiendo la palma del martirio que los imagineros llevaban sobredorando desde siempre.


martes, 14 de noviembre de 2017

COTO Y CUADRADO



Coto y su hermano gemelo Cuadrado, eran hijos de Albino y de Larisa,  propietarios rurales llenos de empuje y de proyectos. Desde su nacimiento, Albino tenía ya pensado que fuesen icono y anagrama de su sueño, un enorme bosque donde los aficionados a las artes cinegéticas pudieran dar pábulo a su pasión, en excelentes condiciones de seguridad y de confort.

El lugar estaría cercado por una valla impenetrable, y poseería casetas de tiro con calefacción, butacas de cuero y una selección de vinos y manjares  para hacer la espera más amable. Desde unas ventanillas dispuestas ad hoc se dispararía a jabalíes y venados, con carabinas de precisión y balas explosivas.  Fallar sería imposible, por lo que no haría falta practicar demasiado ni estar en forma física. Todos, sin distinción de sexo o edad, podrían participar en las amenas cacerías. Las piezas serían inmediatamente recogidas, despiezadas y procesadas en unas dependencias subterráneas, de modo que el cliente se llevaría a casa la cabeza disecada y unos lomos o embutidos, a su elección, envasados al vacío. Todo, claro, por un módico precio pagadero a plazos o al contado.

Albino tenía todo pensado desde siempre, por eso bautizó a sus dos hijos con el nombre de la empresa: “Coto Cuadrado”. Ambos aparecerían ataviados con canana y carabina, a ambos lados de una gran loba al estilo de la Capitolina. Era instruido Albino y tenía sus veleidades clásicas.
Nacieron pues los hijos y esperó impaciente a que crecieran. Ya empezaron a andar, ya fueron a la escuela, ya asistieron a su primera cacería. Pero hete aquí, oh sorpresa, que los alevines se espantan de la muerte; que muestran desde párvulos un pacifismo nato que les inhabilitan para el plan de su progenitor.

La madre, Larisa, intercede por ellos. Albino, le dice, espera un poco que aún son muy niños. Pero pasa el tiempo, les sale el vello y les cambia la voz y aún es peor. Coto y Cuadrado son criaturas seráficas, solo interesados en salvar al planeta de la maldad humana, activistas contra todo espectáculo taurino, circense o similar, y se cartean incluso con los traidores que abominan de la caza del zorro en la insular Albión. Monta en cólera Albino y se cubre de grana su semblante. “En mala hora les pagué ese colegio caro donde les afeminan”, masculla mientras vaga como fiera enjaulada.

El proyecto está listo y decide adelantar la inauguración. Se anuncia en la radio, se reparten octavillas por las calles y aparece en la contraportada de los dominicales. Llega el día y las mejores escopetas del país llenan a rebosar las aspilleras. Soltarán unos corzos primero, hay que estar muy atentos al primer movimiento de las hojas. Suena una señal y ahí vierais a todos disparar con alborozo. Van luego los ojeadores y criados a cobrar las piezas y encuentran con horror cuerpos humanos, los cuerpos de Coto y de Cuadrado, que han sido dejados por el padre narcotizados la noche antes y han despertado justo para caer acribillados.

La iconografía los representa ataviados con pieles y abrazados bajo un frondoso árbol, de cuyas ramas cuelgan dos carabinas que representan el instrumento de su martirio.


martes, 7 de noviembre de 2017

PUY




Puy nació muy pequeñina y sus padres, al verla, eligieron para ella un nombre cortito y recoleto, como la onomatopeya del canto de un ave de los que viven en la fronda de los paraísos.

Puy creció en su pequeñez  y se puso de pie y anduvo, y llegó un día hasta la puerta de la escuela, donde la esperaba don Urbano para enseñarle a conducirse por las glorietas de la vida, sin invadir los carriles ajenos ni tomar las direcciones prohibidas en vano. Dedicaba el buen maestro también algunos ratos a resolver problemas de grifos, hasta que le fue prohibido por el pedáneo alegando que incitaba al consumo desorbitado del líquido elemento.

Puy se convirtió en una muchacha hermosa y pizpireta, que dominaba el arte de la palabra y conseguía que se concentraran todas las miradas en su exigua persona. Así fue como conoció un día a Robustiano, un buen mozo en el sentido más estricto del término. Robustiano era sensible y delicado, y pronto quedó prendado de aquella beldad graciosa y morena de apenas seis palmos. La ternura del mozo contrastaba con su enorme envergadura de casi tres varas. La anchura de sus hombros, su enorme cabeza y el adorno de una generosa mata de pelo que recubría uniformemente el conjunto, daban a Robustiano el toque definitivo de contraste con la bella.

Los muchachos empezaron a salir juntos y su entendimiento era tan perfecto que, desde el primer momento, se sintieron pasajeros de una misma nave cuyo rumbo solo ellos conocían. Sin embargo la disparidad de su figura despertaba cierta expectación entre conocidos y vecinos. No faltó quien hiciera chistes sobre sus disímiles volúmenes, a veces de mal gusto, aunque siempre bajo el paraguas benévolo de las buenas intenciones, esas de las que suele decirse que conforman el empedrado del averno.

Llegó el día en que Sancia y León, padres de la novia, recibieron en su casa al aspirante de la mano, y el todo, de su preciada hija unigénita. Fue comentado que el muchacho tuvo casi que entrar de rodillas por una puerta hecha a mediada de sus moradores, pues es de reseñar la talla también exígua de los progenitores.  Ahí vieran al buen mozo, sentado ante una mesa bajo la que no le encajaban las rodillas. Con todo la comida fue bien y en el café hablaron de la boda. Surgió el problema al tratar los futuros suegros de dirigirse al novio, porque Robustiano les parecía un nombre de una longitud inasumible. Probaron a abreviarlo en Rob, pero les pareció presuntuoso y extranjerizante. Busti les sonó a personaje tonto de tebeo o a marca de sostenes. De Ano ya ni siquiera quisieron hablar. Constituyó esto un serio escollo, pues es el momento de indicar que Robustiano se sentía muy orgulloso de su apelativo, heredado, junto a la envergadura, desde al menos cuatro generaciones conocidas.

Fue aquel desencuentro una china que empezó a horadar los firmes cimientos de la relación. Puy y Robustiano ya no eran aquella pareja sonriente, cuya presencia a todos agradaba. Ya no paseaban por el campo con su espiguita en la comisura de los labios y aquella paz en la mirada. Se les empezó a alargar la cara y una sombra les atravesaba muchas veces la mirada. Aunque no hablaran del tema, en cada uno de ellos iba anidando el ave agorera del desprecio.

Robustiano se fue convirtiendo poco a poco en un ser osco y resentido. Iba solo a las verbenas y se metía en pendencias con los últimos borrachos. Se hizo fanfarrón y, cosa impropia de él, abusaba de su fuerza con los débiles. Hasta que ocurrió la desgracia que acabó con su vida. Dicen que le disparó una misteriosa mujer, pero el caso nunca llegó a aclararse del todo.

El duelo de Puy fue inmenso. Sus padres temieron durante meses por su vida. Pero como toda noche tiene su aurora y todo diluvio su rama de olivo, así reverdeció la dulce niña. Y lo hizo al tiempo que apareció por el pueblo Adelmo, un vendedor de telas, de tipo fino y bien vestido, con una sonrisa permanente bajo un fino bigote de galán de cine de domingo.

A Delmo nunca le importó perder la inicial de su nombre. Se casaron pues y tuvieron varios hijos. Vivieron una larga y próspera vida, pues de la venta itinerante pasaron a regentar un almacén que se hizo popular en la comarca. Les sonrió el destino y en la mente de Puy se fue borrando el tatuaje inmenso de su primer amado, a razón de un centímetro por año, hasta queda apenas un hialino fulgor.

Se fueron los hijos, murieron los padres, enviudó y quedó sola Puy ya anciana. Estando un día, en su mecedora, viendo atardecer, le llegó la visita de la Parca. Fue entonces, coincidiendo con ese rayo verde que dicen que se capta muy pocas veces en el cielo, cuando fraguó en su mente y reverberó con luz propia lo siguiente: “RUANO”. Y supo que su vida había sido una dramática mentira.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

AFRA




Afra se llamaba en realidad Agustín Félix Ramírez Álvarez, pero todos le conocían por Afra. Hubo un tal Donaciano que se atrevió a decirle que parecía nombre de perro, pero Afra le dio tal paliza que tuvieron que coserle las quijadas con alambre. Así se las gastaba Afra con los que se le insolentaban o pretendían poner coto a su poder.

Y es que Afra siempre fue un ganador. Hijo de Patricio y Ester, pertenecientes ambos a familias poderosas de la región, Afra sintió desde niño que su palabra era ley, lo que produjo en él una irrefrenable afición por los sombreros mejicanos.

Desde mocito, desarrolló Afra un notable atractivo para las damas, rindiéndose ante él gran parte de las doncellas de los contornos, desde pobres aldeanas a algunas de las mejores hijas de buena familia. No contento con eso, empezó Afra a seducir a mujeres casadas, y se dio el caso de citarse a la vez con madres e hijas en la misma noche, en un alarde propio de novela libertina.

Era Afra un machote que montaba a caballo, participaba en los rodeos y vestía calzones con lo de arriba de cuero y lo de abajo de lana, a pesar de ser de un pueblo de la Mancha. Y, dicen los cronistas, que se hicieron canciones en su honor, que se cantaban alrededor del fuego, las noches de luna llena.
Pero, es sabido que el aburrimiento es la madre de todos los cambios, y de casi todos los desastres. Y ocurrió que el joven Afra estaba ya cansado de su vida regalada y de sus chamarritas jóvenes y menos jóvenes. Así que le dio por irse al París de la Francia. A sus padres les dijo que a estudiar francés, aunque tanto él como ellos sabían que iba a al buen tuntún.

Vivió Afra muy feliz en París, donde subió a la torre Eiffel por ver desde arriba a la gente pequeñita. Visitó los barrios bajos para ver a los apaches, que le sorprendieron por carecer de los hermosos penachos de plumas que esperaba. Fue al cabaré y bebió pastís y se hizo un entendido en vinos, y acabó por fin reparando en el mundo de la moda. Las muselinas y los moarés empezaron a ser para él algo familiar, y así fue Afra poco a poco afrancesándose hasta terminar siendo un experto en perfumería y afeites varios.

Pasados unos años volvió Afra a su tierra, pero ya no como tal sino como mademoiselle Félicité, y abrió en la ciudad un salón de belleza. Gran revuelo causó entre sus amigotes de la infancia, pero a un tal Robustiano que se atrevió a llamarle afeminado, le borró la cara de un tiro de pistola. Y es que debajo de las enaguas y las cremas seguía latiendo la fiereza del león.

Vivió muchos años y se hizo con un lugar de honor entre la buena sociedad de los contornos. Dicen que sedujo a jovenzuelos y a banqueros de chistera, e incluso a un brigadier con bigotes de morsa y sable bien templado. De sus últimos tiempos conocemos poco, por lo que la fantasía ha podido enturbiar el espacio dejado por las crónicas. Se cuenta en los corrillos al amor del fuego que, cansada de una vida de placer, huyó a la montaña e hizo penitencia en una cueva, vestida de arpillera. Otros la sitúan al frente de una partida de caballistas legendarios, batiendo los campos de los ricos hacendados, siguiendo el llamado de la revolución.

lunes, 30 de octubre de 2017

SUL



Desiderio y Eufrosina tuvieron un hijo, al que bautizaron con el nombre del progenitor, como solía hacerse por costumbre. Desiderín, al que llamaron familiarmente Derín, creció sano y fuerte, pero solo, pues, aunque estaba en los proyectos de la pareja tener más hijos, el Altísimo parecía no compartir la misma idea.

Desesperaron los esposos, cansados de ejercer insistentemente el débito conyugal sin resultados, se aficionaron al juego de la Oca, que desde entonces ocupó sus veladas, llegando a desarrollar tal pasión por entrar limpiamente en la casilla de la meta, con acometidas más o menos impetuosas en función de lo indicado por el dado, que nunca añoraron el grosero encuentro de los cuerpos.

Alcanzó pues Derín la edad de ocho años y seguía siendo hijo único, en una época en que menudeaban las familias numerosas, con proles de cuatro miembros por lo menos. Esto hizo de él un niño pensativo en exceso y dado a la contemplación, lo cual alarmó a Desiderio y Eufrosina que, en un descanso entre partidas, decidieron solicitar el consejo profesional del médico del seguro, pues por entonces no estaba aún de moda ir al psicólogo. Fueron a la consulta de don Basileo, que miró a Darín bajo los párpados, le tomó el pulso y determinó que sufría de melancolía, y que para ese mal podía ayudar que el infante tuviera a su cargo un perrito que le ladrase y que, a falta de hermano, pudiese ejercer de compañero.

Fueron pues los tres en comandita a una perrera cercana, que no había aún tiendas de mascotas, ni se conocía tal palabra, ni nadie en su sano juicio hubiera pagado ni una perra gorda por un chucho. Entre un triste rebaño de animalillos, llenos los más de mataduras y de pulgas, vieron uno de mediano tamaño, de esos de la raza de los comepanes, conocidos también como mil leches.
Se lo llevaron, tras dar una propinilla al perrero de guardia, y lo libraron así de una muerte cierta. Y Sul los miró uno por uno como un huérfano del hospicio más siniestro hubiera mirado a sus salvadores.
Pero Sul aún no se llamaba así. Se lo pusieron al llegar a casa, entre la merienda y la primera partida de la Oca. Desecharon muchos otros, como Troski, Toby, Pulgoso o Golfo, por vulgares, hasta llegar a Sul, como homenaje a un Sultán que había habido en casa de los abuelos.

Sul fue desde el primer día un compañero inestimable. Daba la pata sin que se lo pidieran, estaba siempre en el lugar preciso, aprendió a abrir puertas, se convirtió en el despertador de la familia y en el recadero ocasional que iba a por el periódico y nunca se perdía. Adquirió tal grado de conexión espiritual con Derín que se adelantaba a sus estados de ánimo, entreteniéndole cuando iba a caer en sus ratos de apatía, y acompañándole en sus juegos si él estaba por la labor. Su mirada atenta y solícita era bastante más inteligente que la de muchas de las amistades que venían a tomar café los sábados.

Crecía Derín y Sul iba adquiriendo una pátina de observación serena que cualquiera hubiera podido confundir con la sabiduría. Aquello de “solo le falta hablar” era en Sul algo más que un lugar común. Y es que realmente hablaba con Derín, llegado ya a la edad de los amores, cuando le contaba los desdichados lances de su párvulo corazón, con el sonido de fondo de los dados en los cubiletes. Qué hubiera sido de él, solitario y torpe, sin esa mirada de consuelo, de apoyo, de “tú eres grande y no te llegan ni a la suela del zapato”, con el hocico a ras de tierra y los ojos vueltos hacia las alturas del amo y compañero.

Y así pasó la vida, y Darín encontró el amor, y sus padres seguían con su pasión loca, obsesionados cada vez más con sortear la cárcel, o la posada; con no caer en el siniestro laberinto ni vivir el horror de la calavera. Y ahí estaba Sul, cada vez más viejo, despeluchado, cojo, pero con la mirada limpia del amigo y consejero.


Murió Sul un día, justo el mismo en que Darín pidió a su novia matrimonio, con la serenidad con que pasan a la otra vida las almas grandes. Hasta Desiderio y Eufrosina dejaron un momento de batir sus cubiletes y adoptaron una actitud de recogimiento. Luego, tras las lágrimas, decidieron entregar el cuerpo de Sul a un taxidermista. Aún hoy ocupa un lugar de honor en el salón de la familia, donde los más pequeños se acercan cuando se sienten solos y perdidos.