Marino tenía un proyecto vital. Eso le agradaba y le hacía la vida mucho más llevadera. Hasta los veintisiete vivió como un desalmado, es decir como un muñeco de barro que aún no ha recibido el soplo de la divinidad. Se dedicaba a cultivar las tierras de sus padres y los domingos se juntaba con Antonio y con Buenaventura y se iban a libar bebidas espirituosas por los clubes de los contornos. Pero sentía un vacío instalado en el plexo solar que le incomodaba. A veces estaba con una piba en el reservado y le agarraba un ataque de ansiedad que le obligaba a plegar velas y salir pitando a respirar el aire fresco de la noche. Estaba en ésas, en cierta ocasión, cuando oyó a su espalda una conversación de enamorados. Ella le decía a él: “Oye, Dalmacio, ¿tú tienes “proyecto vital”? Marino sintió de pronto una punzada en el costado. “Ahí está la clave de ese run-run que me roe las entrañas” –pensó en un fogonazo de desusada lucidez.
Desde entonces se dedicó a dar con un proyecto vital que encauzara sus ansias y diera sentido a su caminar por los surcos del mundo. Sentado en su tractor, miraba al horizonte y esperaba una llamada. Un día vio surgir una vela por el secarral. No era un espejismo, sino una embarcación remolcada por un 4x4 en dirección al embalse. Marino pensó: “Cómo no se me había ocurrido antes”, y decidió desde ese instante dedicar su vida a surcar mares desconocidos y lejanos. A pesar del nombre, Marino era muy de interior y ni siquiera sabía nadar. Sin embargo abrazó sin dudar su destino. Se iría preparando poco a poco. De momento se agenció una pipa en un estanco de la ciudad y lo aprendió todo sobre mezclas de tabaco, formas de atacar la cazoleta y técnicas para mantener la llama viva a base de suaves pero reincidentes caladas. Después se suscribió a una revista sobre náutica y fue absorbiendo cordajes, balandros y arboladuras con la eficacia de una esponja de mar. No tenía prisa, le bastaba con tener un proyecto vital. Siguió navegando por los cálidos surcos mientras escuchaba en la radio ritmos de las islas y continentes que habría de visitar en un futuro cierto. Por el invierno, al calor de los programas de aventureros de la tele, practicaba nudos con un trozo de soga.
Pasaron los años y llegó la decadencia. Entre sueños y veras había tenido tiempo de emparejarse y tener hijos: Silvia y Valeriano. Un día los convocó ante su lecho de enfermo, sacó unos planos de la mesita y les dijo: “Tomad, hijos, seguid trabajando. Aún hay que perfeccionar algo la toldilla”. Y luego, con un hilo de voz: “No hace falta que os deis mucha prisa”.
martes 9 de junio de 2009
martes 19 de mayo de 2009
PROMO
A Promo le pusieron así sus padres en pleno auge de la expansión inmobiliaria. Era un nombre moderno y “exhalaba vaharadas de éxito y bon vivre”, en palabras de su progenitor, Jucunco. La madre y coperpetradora, doña Eutropia, ratificaba las razones de su esposo y añadía que Promoción daba al portador (en este caso portadora) el carácter serio y respetable (sic) de un concejal de obras y jardines. Y, sí, en algunos jardines se vio envuelta nuestra Promo a lo largo de su dilatada experiencia. Desconocemos si tuvo algo que ver el nombre o más bien era el fuego innato del amor al riesgo que envenenaba sus mitocondrias. El hecho es que su devenir se fue complicando a medida que su gracia se deshilachaba más y más. De Promo, sus amigos pasaron al Pro y cuando la cosa se fue quedando en una simple P, encontramos a nuestra hermosa promesa haciendo cine en Hollywood. Claro que los gringos la llamaban Π, como no podía ser de otra manera.
martes 12 de mayo de 2009
AUXENCIO
Auxencio fue desde niño un escapista de la vida, uno de esos seres que no están nunca donde se encuentran ni son hallados jamás en conjunción perfecta de alma y cuerpo. Quizás esa carnalidad en intermitente tránsito hacia el éter o esa tendencia a la disipación –en el sentido, entiéndase, de la primera acepción del DRAE- la heredó nuestro hagiografiado de su padre, Bartolo, que dedicó la segunda parte de su vida a vagar por los polígonos industriales del alfoz tocando una rústica flauta.
El caso es que Auxencio no se centraba en los estudios y se pasaba los recreos hablando a sus compañeros de la levitación y el tercer ojo, con resultados bastante desastrosos para su vida social e integridad física. Casó este varón, sin apenas darse cuenta, con Otilia, mujer bellida a la par que emprendedora. El matrimonio funcionó contra todo pronóstico y tuvieron dos hijos llamados Orestes y Columba. Crecieron éstos a la vera del almacén de bovedillas y viguetas regentado con pulso firme por la madre, mientras el padre frecuentaba a poetas y otras gentes de porvenir por resolver. Una tarde pasó lo que tenía que pasar. Llegó Luciano, el encargado de los hornos, y se quedó demasiado rato en la oficina con Otilia. De ahí tendrían que haber surgido, para bien de la historia, hechos terribles. La muerte, el matricidio y la venganza, como poco. Pero no hubo tal. Luciano se contentó con la hembra en usufructo. Auxencio siguió con sus paseos, ajeno como siempre a lo terreno. Columba era una linda torcaz sin más afán que encontrar un día su polo positivo. Orestes, por su parte, no estaba por la labor de cumplir su esforzado destino y acabó llevando las cuentas con Luciano.
El caso es que Auxencio no se centraba en los estudios y se pasaba los recreos hablando a sus compañeros de la levitación y el tercer ojo, con resultados bastante desastrosos para su vida social e integridad física. Casó este varón, sin apenas darse cuenta, con Otilia, mujer bellida a la par que emprendedora. El matrimonio funcionó contra todo pronóstico y tuvieron dos hijos llamados Orestes y Columba. Crecieron éstos a la vera del almacén de bovedillas y viguetas regentado con pulso firme por la madre, mientras el padre frecuentaba a poetas y otras gentes de porvenir por resolver. Una tarde pasó lo que tenía que pasar. Llegó Luciano, el encargado de los hornos, y se quedó demasiado rato en la oficina con Otilia. De ahí tendrían que haber surgido, para bien de la historia, hechos terribles. La muerte, el matricidio y la venganza, como poco. Pero no hubo tal. Luciano se contentó con la hembra en usufructo. Auxencio siguió con sus paseos, ajeno como siempre a lo terreno. Columba era una linda torcaz sin más afán que encontrar un día su polo positivo. Orestes, por su parte, no estaba por la labor de cumplir su esforzado destino y acabó llevando las cuentas con Luciano.
domingo 12 de abril de 2009
MARCIAL
A Marcial de niño los Reyes le trajeron un fuerte del Far West. Era de madera, con su portón bajo la cartela que rezaba “Fort Yuma” y su torre de vigilancia coronada de barras y estrellas. Los de Oriente se olvidaron de los soldados y, para paliarlo, la madre trajo del quiosco una docena de romanos. Eran firmes y hercúleos aquellos jichos, como escogidos tras sopesar uno a uno, en experto balanceo entre ambas manos, la consistencia de su virilidad. Marcial se conformó pensando que también en la Historia Antigua había empalizadas. Lo había visto en el cine. Desde entonces se aficionó a los péplums, aquellas películas de cristianos cantando mientras eran comidos por las fieras, de emperadores de opereta con vaso de lágrimas, de forzudos de circo levantando pedruscos gigantes de gomaespuma, de caballos de mentira trufados de carne de héroe clásico.
Eso le debió de influir, pues años después lo encontramos como profesor de latín en un colegio. Allí permaneció varios años. Era popular entre sus alumnos por su campechanía y fino sentido del humor. No era extraño oír risotadas tras la puerta de la clase si alguien pasaba por el pasillo en el momento en que Marcial contaba una gracieta sobre Júpiter, Nerón o el propio Séneca. Aparte de estos momentos puntuales, sabía ser eficaz en sus lecciones. Traducía con sus alumnos aquello del “veni, vidi, vinci” y les enseñaba la declinación de “sagita-sagitae”. “La guerra de las Galias” era su libro de cabecera y Alejandro el héroe que sobrevolaba su mundo.
Pero los dioses son a menudo caprichosos y mangonean en el porvenir de los hombres por mera diversión. Ocurrió un día que Marcial se topó con Dionisia. El choque fue frontal y ocurrió en el pasillo de alimentos macrobióticos de un supermercado. Se saldó con algún abollón en ambos carros y un café compartido para aliviar el susto. Dionisia era vegetariana y pacifista. Pronto Marcial se olvidó del mundo clásico y se fue con ella a cultivar la tierra a un pueblo perdido. Los fines de semana vendían en el mercado tomates ecológicos y alfarería. A veces Marcial se permitía decorar alguna ánfora con grecas y sirenas.
Eso le debió de influir, pues años después lo encontramos como profesor de latín en un colegio. Allí permaneció varios años. Era popular entre sus alumnos por su campechanía y fino sentido del humor. No era extraño oír risotadas tras la puerta de la clase si alguien pasaba por el pasillo en el momento en que Marcial contaba una gracieta sobre Júpiter, Nerón o el propio Séneca. Aparte de estos momentos puntuales, sabía ser eficaz en sus lecciones. Traducía con sus alumnos aquello del “veni, vidi, vinci” y les enseñaba la declinación de “sagita-sagitae”. “La guerra de las Galias” era su libro de cabecera y Alejandro el héroe que sobrevolaba su mundo.
Pero los dioses son a menudo caprichosos y mangonean en el porvenir de los hombres por mera diversión. Ocurrió un día que Marcial se topó con Dionisia. El choque fue frontal y ocurrió en el pasillo de alimentos macrobióticos de un supermercado. Se saldó con algún abollón en ambos carros y un café compartido para aliviar el susto. Dionisia era vegetariana y pacifista. Pronto Marcial se olvidó del mundo clásico y se fue con ella a cultivar la tierra a un pueblo perdido. Los fines de semana vendían en el mercado tomates ecológicos y alfarería. A veces Marcial se permitía decorar alguna ánfora con grecas y sirenas.
jueves 26 de febrero de 2009
ARTURO
Arturo se había sentido siempre alguien especial. Algo así como el protagonista de una superproducción en pantalla panorámica, con su tema musical de fondo, su claque comiendo palomitas en la fila siete y una dama llamada Ida, de rostro impenetrable, que lo esperaba siempre al final de la escapada. Un buen día se despertó y, plof, estalló en el aire esa burbuja en que vivía. Desde entonces nada tuvo sentido. Se limitó a vivir como un autómata, sin reconocerse en los espejos. Se sintió, por siempre, uno más de la manada en su vagar sin rumbo por la infinita estepa.
martes 24 de febrero de 2009
EDMUNDO
Edmundo era feliz con Loreto, a pesar de la extremada tendencia de ella a hablar sin ton ni son. Era Edmundo de natural callado y le gustaba esta cualidad de su pareja que le libraba de tener que participar en conversaciones inanes cuando estaba en sociedad. Podía así dedicarse a observar los lomos de los libros o las polillas que gravitaban alrededor de las bujías, cosas ambas que tenían más que ver con sus verdaderos intereses. Hacía poco que había ganado la cátedra de Entomología y estaba decidida la fecha de la boda.
Pero siempre hay algún espíritu dañino que se interpone en los planes de los buenos. En este caso fue Eulalia, la futura suegra, quien maquinó un plan para alejar a su querida hija de quien ella consideraba un fracasado. Se alió con Fulgencio, pretendiente secreto de Loreto, para acusar falsamente a Edmundo de malversación en los fondos dedicados a la investigación. Este infundio, junto a la denuncia por rijosidad de Julia, una alumna despechada, dieron con los huesos del infeliz cátedro en la cárcel.
Allí pasó unos años, entre inadaptados y perversos que le acrisolaron el carácter. El día que salió recibió la noticia de que había heredado una gran fortuna de su tío Melquiades, maderero en Brasil. Acarició unos días la idea de pergeñar una venganza de novela. Luego se serenó y decidió irse a la Amazonía a ocupar el puesto de su tío. Podría estudiar en su hábitat natural los insectos que tanto le fascinaban y, desde luego, loros no le iban a faltar.
Pero siempre hay algún espíritu dañino que se interpone en los planes de los buenos. En este caso fue Eulalia, la futura suegra, quien maquinó un plan para alejar a su querida hija de quien ella consideraba un fracasado. Se alió con Fulgencio, pretendiente secreto de Loreto, para acusar falsamente a Edmundo de malversación en los fondos dedicados a la investigación. Este infundio, junto a la denuncia por rijosidad de Julia, una alumna despechada, dieron con los huesos del infeliz cátedro en la cárcel.
Allí pasó unos años, entre inadaptados y perversos que le acrisolaron el carácter. El día que salió recibió la noticia de que había heredado una gran fortuna de su tío Melquiades, maderero en Brasil. Acarició unos días la idea de pergeñar una venganza de novela. Luego se serenó y decidió irse a la Amazonía a ocupar el puesto de su tío. Podría estudiar en su hábitat natural los insectos que tanto le fascinaban y, desde luego, loros no le iban a faltar.
lunes 23 de febrero de 2009
RESTITUTO
Resti perdió el humor. “Ya no tengo humor, Restín”, le decía a su hijo cuando le visitaba los viernes, a la salida de la floristería. Resti había sido siempre el alma de la fiesta. En el pueblo se encargaba de organizar todas las celebraciones. Contrataba músicos, diseñaba carteles e incluso inventaba chascarrillos, concursos y cantares. Trabajó de guaje en la mina y luego de viajante, se casó y tuvo hijos y siguió tan alegre, a pesar de que tuvo, como todos, sinsabores.
Pero todo llega, todo se acaba algún día. “Ya no tengo humor”, decía, y se arrebujaba en la bata como si tuviera frío, a pesar de que el termostato estaba a veintitrés. “No llego a Navidad, no llego, Restín”. Y es que el 24 cumplía los setenta y su padre, Restituto, había muerto a esa edad. Para él, ese guarismo se había convertido en un hito fatídico e irrevocable. Restín le miraba y no sabía que decir. Acababa de cumplir cuarenta y uno.
Pero todo llega, todo se acaba algún día. “Ya no tengo humor”, decía, y se arrebujaba en la bata como si tuviera frío, a pesar de que el termostato estaba a veintitrés. “No llego a Navidad, no llego, Restín”. Y es que el 24 cumplía los setenta y su padre, Restituto, había muerto a esa edad. Para él, ese guarismo se había convertido en un hito fatídico e irrevocable. Restín le miraba y no sabía que decir. Acababa de cumplir cuarenta y uno.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
