sábado, 16 de septiembre de 2017

ELEUTERIO



A Eleuterio siempre le gustó estudiar. Ya los palotes los hacía más derechos que los demás niños y, en cuanto empezó la escuela en serio, memorizar los ríos de Europa, o las características de los quelonios, o los accidentes del verbo era para él un pasatiempo jubiloso.

Estudió el bachillerato con premio extraordinario e hizo después dos licenciaturas a la vez, sin que por ello se le moviese ni un pelo del tupé. Así es que, siendo bien joven opositó a cátedra y ganó un puesto en propiedad, al que se dedicó desde el primer día con el ahínco y la alegría de quien ha nacido para eso.

Pero al poco empezó todo aquello del Lute, un fulano que empezó robando gallinas y ahora era famoso por haberse escapado varias veces de la cárcel. A Eleuterio, profesor y cabeza de familia, pues se había casado con Felisa, una compañera de promoción también muy aplicada, esta coincidencia onomástica le incomodaba.

Iba a la cafetería y siempre había algún gracioso que le decía: “Lute, invítanos a algo, que robando se gana más que trabajando”, o simplezas parecidas. Salía con su señora, le presentaban a alguien y siempre surgía lo de “hombre, te llamas como el bandido ese”.

Y Eleuterio estaba tan harto que perdió el apetito, apenas dormía y acudía a dar las clases con desgana. Cuando se enteró por el jefe de estudios de que su mote era “Lute” en todo el instituto, su desasosiego se hizo ya morboso.

Faltó a dar clase un día, él que no había dejado de asistir ni cuando le operaron del apéndice, que fue al aula con un abultado esparadrapo encima de los puntos. Faltó, el siguiente también, y el otro, y al mes trajeron un sustituto y le olvidaron. Todos menos Felisa, que dejaba una lagrimita en un pañuelo bordado, entre la declinación del rosa rosae y la traducción de La guerra de las Galias. Y pasaron muchos años.

Resultó que Eleuterio, el probo funcionario con miopía y escoliosis, estuvo en ese tiempo  con otros dos en una moto, robando unos relojes, y luego tirándose de un tren en marcha, y más tarde fugándose de la prisión del Puerto durante una Nochebuena. Y después, ya rehabilitado, recorría España dando eruditas conferencias sobre el bien y el mal, y sobre la ley y la verdad, y sobre los desatinos de la política carcelaria.

Y dice la leyenda, y así lo recoge la iconografía, que un día coincidió con el otro en el mismo salón de actos de la misma caja de ahorros.  Y dice quien lo vio, que se miraron a los ojos y allí mismo dejaron de ser dos. Y esa tarde la voz del ponente sonó a estereofonía con el balance un poco trastocado. Pero las siguientes ya todo fue mejor y nadie notó nada, ni siquiera los dos guardias civiles de la mítica foto, que ya jubilados le seguían a todas partes.

jueves, 14 de septiembre de 2017

SOLANGE




Nacida en Francia, de Job y Blanda, que trabajaban entonces en una fábrica de artículos de broma situada en la banlieue de París, Solange (léase Solanch), comenzó pronto a sufrir una crisis de identidad que se acrecentó con el regreso de sus padres a su lugar de origen, cuando apenas contaba nueve años.

Solange (pronúnciese Solangs), se instaló a vivir en un pueblo mesetario donde todo le hubiera parecido surrealista de haber conocido ella el término. De las amplias avenidas parisinas, los historiados edificios con mansardas, las vitrinas de moda y los gendarmes con vistosos quepís,  pasó al barro por las calles, los adobes techados de uralita, la cantina donde se vendían desde alpargatas a bacaladas y don Gordiano con su vara de avellano.

En la escuela de don Gordiano todo era al por mayor; la gran barriga del prócer, el enorme crucifijo, la espaciosa pizarra y los sonoros bofetones. Ese ambiente no era el más propicio para una flor de invernadero como Solange (dígase Solangg), que comenzó a marchitarse más y más, entre compañeros de clase que ni siquiera sabían pronunciar su nombre y que la acabaron llamando “la francesa”.

Los padres, Job y Blanda, sufrían en resignado silencio los avatares de su hija unigénita, escapándoseles a veces un “¿qué habéis hecho con Solange?” entre suspiros, como vaga admonición dirigida a todos y a ninguno.

Solange (dígase como se quiera) soñaba por las noches con felices momentos, cuando sus padres llegaban a casa con sus matasuegras (cornes), sus bombones picantes (chocolats de blague) y sus cagadas simuladas (merdes simulées) para reírse todos en familia. Pero el despertar era un mazazo que la remitía a la dura y zafia realidad.

Poco a poco fue creciendo el odio en el corazón de la chiquilla, a la par que su cuerpo de mujer en ciernes. En el último curso de la escuela, nació en Solange (qué habéis hecho…) un inesperado interés por la química. Su profesor de Ciencias, don Silvestre, se felicitó al verla tan entregada al estudio de la tabla periódica y la animó a practicar en el laboratorio. Fue esta una época en que se veía a Solange (So… qué…) sonreír sola por la calle, como recuerdan algunos afortunados con tristeza en los ya amarillentos artículos de prensa.

Y es que no siempre los finales son felices si no hay a mano a un psicólogo de guardia. La noticia corrió como una conga. “Traída de  aguas letal”. “Todo un pueblo perece”.  Y así fue. Todos murieron, menos los ausentes, incluidos los progenitores bienintencionados pero inanes.  

lunes, 11 de septiembre de 2017

ESPECIOSA



Especiosa hubiera tenido una infancia feliz de no ser por sus hermanas, Lánguida y Luminosa.
Especiosa era una muchacha muy bella, sin que eso le impidiera ser simpática, bondadosa y sencilla. Cuenta la leyenda que cuando su padre,  Geroncio, fue a inscribirla en el Ayuntamiento, don Wilfredo, el juez de paz, no pudo evitar un “es preciosa” que, debido a un problema de dicción con las erres, sonó algo así como “especiosa”. El padre se empecinó en que así figurase en el registro y el día del bautizo, el párroco se dejó convencer a condición de ponerle delante el consabido María. La anécdota tiene todas las papeletas para ser apócrifa, aunque cosas más raras se han visto.

Fuera cual fuese la verdad, el caso es que llegar Especiosa a casa y ganarse la animadversión de sus dos hermanas mayores fue todo uno. Lánguida y Luminosa eran ya de bebés unas malas bestias que hicieron lo posible por dejar a la nueva sin el alimento y el cariño maternos. Desde llorar a turnos para hacerla invisible ante la madre, hasta tirarla el chupete al sucio suelo, todo fueron afrentas que crecieron a la par que sus propios cuerpos y almas.

Pero el colmo llegó cuando la edad del pavo puso a las tres hermanas en el mercado de los quereres. No sé si hemos dicho, pero ya se intuía, que Lánguida y Luminosa eran bastas y feas, además de perversas, lo que contrastaba con la esbeltez y donaire de la hermana pequeña. Especiosa iba el domingo al baile y creaba tal sosiego alrededor que se diría que emitía un perfume benéfico. Lánguida sin embargo, con su ceño fruncido y sus gruñidos, creaba en la pista islotes en los que ella era el náufrago. Y no digamos su hermana Luminosa, siempre de negro estricto y con muñequeras cuajadas de pinchos.

Y pasó lo que tenía que pasar. Vino por el pueblo un ambulante de correos joven y buen mozo. Se llamaba Benito y era un bendito. Pronto Lánguida y Luminosa se acercaron a él con sus mejores artes. Lánguida se planchaba incluso un poco el entrecejo, y Luminosa hasta se puso un día un osito de plata en la muñeca. Al joven le gustó Especiosa, pero ella no le dio esperanza alguna y acabó con Lánguida en el altar. Lo mismo pasó con Esteban, un vendedor de enciclopedias que llamó un día al timpbre, que se fijó en la guapa y acabó con una Luminosa a la que consiguió vestir de blanco por un día.

¿Y qué fue de la bella, la buena y la beatífica Especiosa? Pues que hasta de ejercer de BBB y . libre ya de las dos hidras que la mortificaban, pudo por fin dar rienda suelta a su ser verdadero. Se afeitó la cabeza, se limó los dientes estilo  tiburón y fundó la primera banda de rock satánico de los contornos.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

AMOR


Miguel Arcángel y Pureza de María se conocieron una mañana de mayo a la salida de la iglesia. Era domingo y hacía sol. Se gustaron y quedaron para ver por la tarde un péplum. Entre el borbotar de los ríos de lava y el estruendo de los edificios derribados de Pompeya se miraron a los ojos y descubrieron allá dentro la llama de una pasión que ya nunca se apagó. Se casaron pues y tuvieron una hija que no podía llamarse sino Amor.

Amor nació dotada por Natura con los primores arrebatados a cientos de criaturas, pues no era normal tal coincidencia de belleza, gracia y donaire en una sola, como bien proclamaba la abuela Medianera a quienquiera que por allí estuviere.

Fue a la escuela Amor y sedujo a todo el mundo con su discreción, su elegancia y su agudeza. Ni las Matemáticas, con sus signos misteriosos, ni la Gramática con sus charadas, ni el Francés con sus sonidos guturales, suponían para Amor la más mínima traba.

Pronto se graduó y se convirtió en una bella joven, esbelta y grácil como pocas, culta y sensible como nadie; seria en lo trascendente y con un fino sentido del humor cuando la ocasión lo requería. En la universidad fue la reina de las aulas y en la calle hacía a jóvenes y maduros volverse al pasar. Su expediente era intachable y enseguida encontró trabajo en un bufete prestigioso.

Pero Amor no conocía el amor. Y es que su perfección ahuyentaba a los posibles candidatos, que sentían sus piernas flaquear ante aquel dechado de dulzuras. Las prevenciones de la abuela Medianera sobre los hombres vulgares y rijosos tampoco facilitaban mucho los encuentros.

Hubo un Heladio que se atrevió al cortejo,  pero a ella le pareció demasiado seco y frío  su carácter. En una capea benéfica se le insinuó un tal Toro, muy juncal él y bien plantado, pero la asustó un poco su trapío. Un tal Quiniberto apareció un día por su despacho y le propuso quedar para cenar, pero Amor, ante la duda de llamarle Quini o Berto, optó por no llamarle de ninguna manera.

Pasaba la treintena y Amor seguía aún entera en su perfección de diosa civil y en traje de chaqueta. Fue un domingo de mayo cuando se cruzó con Deseado. Hacía sol. Se gustaron y quedaron para ver una película de zombis. Allí en la oscuridad, entre el crepitar de las dentelladas y el desparramamiento de los cerebros, vio Amor el amor en la figura de aquel hombre sin tacha, cuya abuela, Antigua, llevaba casi cuarenta años preservando de las mujeres vanas y ordinarias.
Se casaron sin tardanza Amor y Deseado y pronto fructificó su unión en un hijo, al que llamaron, como no, Amado.

martes, 29 de agosto de 2017

AUGUSTO

Nació Augusto de Flavia y Juvenal, y desde los primeros años mostró al mundo un deseo de dominio (y de demonio) que divertía a sus semejantes hasta el horror, y una crueldad extrema que provocaba a su alrededor la irrisión más estremecedora.

Ya de niño hizo de las suyas en el patio, hurtando el bocadillo del más débil primero y extorsionando luego a los cuitados para sacarles sus magras propiedades. Padres y profesores asistían a sus tropelías con sonrisas aterradas.

En la juventud,  se rodeó de los más canallas de la localidad, que reían sottovoce sus maldades y aplaudían las tremendas sevicias a que sometían a sus víctimas. Pero pronto viró el personaje hacia lo más serio y provechoso, e ingresó como profesional en los cuerpos represivos del poder, donde vio más futuro y mejores condiciones de muerte. Sus compañeros se reían de él en cuanto desaparecía por un pasillo y elogiaban su temple cuando estaba de frente.  

En pocos años fue escalando Augusto los peldaños que le separaban de la cumbre, siendo como era asquerosamente servil con los superiores, que se reían de él en su ausencia, respondiendo a un impulso irrefrenable. En la calle, los desgraciados veían truncada su vida y acababan carcajeándose de horror en las mazmorras más infectas.

Poco a poco fue este ser vil ( y servil), condecorado por la diosa de las iniquidades, que le puso en el más alto estrado, desde cuya cumbre podía observar al pueblo afanarse en su loco trajinar de hormigas rientes y sangrantes.

Su vida transcurrió feliz en su maldad, con sólo la leve incomodidad de esa risa que siempre intuía a su alrededor, incluso en los momentos de tortura más crueles. Pero, Teodora (teadora), su entregada mujer, y sus tiernos hijos, Benedicto, Domilia y Sixto, se ocupaban con su afecto y constantes parabienes en mantenerle alta la moral y firme su autoestima. Aunque es verdad que, sin poder evitarlo, se rieran de él a mandíbula batiente en cuanto salía por la puerta.

Le llegó la ancianidad, como a todo quisqui, y le arrojó al lecho del dolor. Y un día le visitó una dama de negro y en sus ojos pudo ver su imagen reflejada. Una imagen que nunca le habían proporcionado los espejos, que nunca había visto en los enamorados ojos de su esposa, ni en los jocosamente aterrados de sus víctimas. Era la imagen  blanca y roja de un payaso, un siniestro payaso asesino que le provocó la primera y última carcajada de su rastrera vida.

miércoles, 16 de agosto de 2017

DONATO Y EVODIO

Nacieron Donato y Evodio univitelinos y tan iguales que ni ellos mismos llegaron nunca a distinguirse del todo.

Sus padres, Venusto y Pedrina, se acostumbraron a llamarlos a ambos Donato o Evodio, según cuadrase, o por quincenas. En el colegio, compartían pupitre y se repartían las materias, habida cuenta de que don Protógeno, el maestro, nunca sabría quién le estaba contestando. Donato se especializó en las materias humanísticas y Evodio en las de cálculo y experimentación, constituyendo entre ambos un ser de amplias sapiencias.

Llegada la edad de la pasión, consiguieron hacerse con sendas Vespas verdes, a juego con sus polos, a lomos de las cuales recorrían verbenas y fiestas patronales, seduciendo muchachas con una labia que compensaba su aspecto algo rechoncho.
Siguiendo con su comportamiento habitual, dieron en compartir sus conquistas, amparados en una indefinición que les permitía suplantarse sin darse apenas cuenta. Adquirieron así una experiencia amatoria tan superlativa que, mediada la veintena estaban ya casi retirados de las fatigas de la conquista.

Donato ganó una cátedra de Historia y daba clase en un instituto local; su hermano Evodio, optó por la ciencia de Galeno y pronto se convirtió en reputado cirujano. La vida les sonreía. Proteicos como eran, ejercían cada uno la profesión del otro, sin que por ello sintieran la más mínima preocupación. Evodio explicaba el siglo de Pericles sin que los alumnos notaran diferencia alguna y, sin ningún tipo de reparo, acudía Donato al quirófano y reparaba una válvula tricúspide sin que se le cayeran los anillos.

El tiempo libre lo ocupaban los hermanos en recorrer la ciudad en sus motocicletas, constituyendo una estampa tan típica que acabó representada en las tarjetas postales que se vendían a los turistas. Asistían periódicamente a reuniones de moteros y recorrían en vacaciones largas rutas por la geografía patria y de allende las fronteras. Eran libres como el aire y así se lo comunicaban entre ellos sin hablar, porque, para qué si se sentían como uno solo.

Pero la felicidad no dura para siempre. O al menos no suele pasar en las hagiografías. Ocurrió que aparecieron por las calles del centro unas gemelas idénticas, con el mismo vestido, los mismos zapatos de tacón y las mismas chaquetinas violetas sobre los hombros.  Se llamaban Mesera y Prudencia, y eran hogareñas, limpias y devotas hasta la extenuación.

Eran ya Donato y Evodio de edad madura y habían renunciado a toda atadura que no fuese su libre albedrío. Pero el amor es algo extraño y se desarrolla, como los virus, en los medios más inhóspitos. Hubo boda por todo lo alto, con participación de las fuerzas vivas civiles y eclesiásticas. Pronto los dos hermanos tuvieron que renunciar a sus Vespas y se les empezó a ver en el Casino y en reuniones de beneficencia, donde jamás habrían puesto sus plantas motu proprio. Y, lo peor de todo,  sus esposas los distinguían perfectamente.

sábado, 12 de agosto de 2017

NICETO

Teniendo Niceto tres hermanos mayores llamados Nuncio, Peregrino y Sacerdote, no le quedaba más opción que aspirar a ser presidente de la República.

Así se lo hizo saber a sus progenitores, Agustín y Gracia, en cuanto tuvo capacidad para ello. “Amados padres –dijo el infante separando el chupete de sus tiernos labios-, dado que la onomástica ha determinado  que mis hermanos tomen los hábitos, considero de justicia, por mor de la ley universal de la compensación, dirigir mis pasos hacia los designios que la patria determine”.  Los padres miraron al hijo con el arrobamiento y satisfacción de cualquier padre cuando este hace una pedorreta o un gorjeo, lo arroparon en la sillita y continuaron su paseo.

Pasó el tiempo y Niceto siguió su vocación de servicio cívico. En la escuela era el encargado de dirigirse a la inspectora cuando venía en su gira anual. Si salía al estrado a dar la lección, hacía gala de su gran capacidad oratoria, dejando anonadados tanto a sus compañeros como a don Silvano, el profesor.

Pero hete aquí que los designios del Altísimo son inescrutables, y que nunca hay que dar por hecho nada, por bien que pudiese cuadrar en una hagiografía. Ocurrió un día de verano, en que un Niceto ya mocito había ido a bañarse en el regato, que pasaron por allí unos feriantes y les pareció que el muchacho les podría ser de utilidad en su espectáculo. Intimaron con él, le ofrecieron un bebedizo y despertó a tantos kilómetros de allí que no consiguió volver jamás.

Aprendió a hacer malabares con antorchas encendidas, a conducir carretas y a adiestrar osos hasta hacerlos bailar mazurcas. Con el tiempo se adaptó a aquella vida y nadie le hubiera podido distinguir de otro joven de la troupe. Conoció a Waldrada y pronto fue padre de toda una pequeña corte de niños caballistas.

Nunca volvió a acordarse Niceto de aquella revelación premonitoria. De hecho cambió su nombre por el de Arquelao, por parecerle más afín a su nuevo destino. Ni siquiera sabemos si en aquellos oscuros tiempos llegó a existir realmente una república. En cualquier caso, de haber ocurrido, en los caminos polvorientos que recorren los nómadas nunca se hubieran enterado.

sábado, 29 de julio de 2017

FLORIÁN

Florián nació con los ojos muy abiertos. Sus padres, Nicéforo y Pelagia, quedaron pasmados cuando lo vieron emerger con aquellos globos oculares enormes y a pleno rendimiento. “Parece un alienígena”, exclamó la tía Leonia, que era aficionada a la ciencia ficción. “Es como el camaleón ese de los cromos”, pensó, pero no dijo, la abuela Egelinda.


Florián fue creciendo y sus ojos también. Eran como dos entes independientes del resto de su físico, siempre abiertos, constantemente ávidos,  manifiestamente escrutadores. Tardó Florián su tiempo en romper a hablar, y cuando lo hizo, cumplidos los dos años, no fue para pedir agua o llamar a mamá, sino para pedirle que le acercara a la ventana.

Pasó buena parte de su infancia encaramado a un taburete, mirando a la gente que pasaba, observando los gatos del patio, clasificando las nubes por sus formas y los pájaros por su forma de volar. Cuando empezó el colegio era capaz de dibujar miles de objetos y diferenciar sus mínimos detalles, aunque no consiguieron que leyera con soltura ni que recitara lección alguna ante la clase.

Pero la vida de Florián dio un  vuelco decisivo el día que sus padres decidieron llevarle al cine. Tendría unos siete años y ponían una película infantil de ogros y de hadas. Desde que entró por la puerta y un señor de uniforme se quedó con un trozo de su entrada, supo que aquel era su lugar en el mundo. Cuando entró en la sala y vio descorrerse las pesadas cortinas con gran trompetería, ya fue el colmo. Su corazón corría desbocado cuando vio ante sí gentes de uniforme, y luego unos gimnastas haciendo ejercicios al unísono, y un señor bajito que pescaba salmones. Era todo como en la ventana, pero mucho mejor. Miró hacia atrás y vio un haz de luz que salía de un ventanuco misterioso. ¿Cómo era posible aquel milagro? ¿Cómo aquel polvillo de colores podía transformarse en vida al llegar a la pantalla allá adelante? Era tal cual la Creación del mundo que le habían enseñado en la escuela, pero en forma instantánea, sin necesitar los siete días.

Ni que decir tiene que la infancia y juventud de Florián transcurrieron en una sala oscura, siempre solo, permanentemente extasiado. No importaba que lo que proyectaran fuese una del Oeste, o de Tarzán, o un noticiario en blanco y negro con noticias de hacía medio año. No hubo manera de hacer de él un hombre de provecho, ni con ruegos ni con amenazas. No estudió, no aprendió un oficio, no buscó novia ni tuvo amigos. Solo su pasión de mirar, todo él puesto al servicio de sus ojos.
Pero no tuvo la vida de Florián un mal final. No acabó mártir, muriéndose de hambre bajo un puente, ni apedreado por infieles en un barrio periférico tras haber muerto sus padres y quedar sin sustento. A veces la vida se compadece de sus propias víctimas.

Ocurrió que quedó libre la plaza de acomodador en el cine del barrio. Florián era ya un mozalbete conocido por su presencia continua en la sala, así que le llegó el ofrecimiento a través de sus padres. El uniforme le quedaba como un guante, por lo que ni siquiera hubo que hacerle arreglos. El  primer día se sintió como un capitán de barco, con sus botones dorados y su linterna, gobernando el oleaje ruidoso de los espectadores.

Pasaron los años. Acudía puntual un rato antes de abrir al público, rociaba la sala con ambientador; llegaba luego el público, se apagaba la luz y ayudaba a los rezagados, conduciéndoles con el fino haz de luz dirigido hábilmente al suelo, justo donde habían de poner los pies en el paso siguiente. Cuando todos estaban en sus butacas, se iba al fondo y veía la película apoyado en el quicio de la puerta. Era tan feliz como un pez abisal en su mundo de sombras y silencio.