ALMANAQUE
Un santoral apócrifo al hilo de los días
domingo 5 de febrero de 2012
ELOÍSA
Eloísa es tierna, rechoncha y delicada. Desde niña ha sentido el aliento de las musas y se pasa la vida debajo de un almendro. Allí, a la sombra maternal de su amplia copa, compone versos y los lanza al aire con la espontaneidad con que cantan las ranas y los grillos. Su abuelo, Adolfo, con quien vive, se halla encantado de tenerla consigo y no deja de pregonar sus dones entre los pocos que moran por los valles.
El abuelo Adolfo es tierno y beatífico. Durante años soportó el carácter insufrible de la abuela Teodora, hasta que ella se fue, hace ya años. Algunos murmuran en los corrillos del serano. Dicen que han visto al abuelo frecuentar cierto claro del bosque y golpear el suelo mientras recita frases en voz baja. Pero se trata de infundios maliciosos. No hay más que ver la trasparencia de sus ojos azules y la serenidad de su rostro de viejo.
Eloísa hace ya tiempo que es mocita. Mientras cuida el ganado, canta los versos que compone. Nunca falta algún zagal que se acerque a escucharla. Algunos han intentado aproximarse, le han dicho algún requiebro, han querido tomar su mano entre las suyas. Es el caso de Jonás, Castrense y Saturnino. Pero nunca se ha formalizado el compromiso. Los mozos siempre emigran; buscan progresar en la ciudad. Dicen que volverán, pero ni escriben tan siquiera. Sus familias se inquietan cuando llega Navidad y no hay noticias.
El abuelo y Eloísa caminan de la mano. Desayunan gachas y leche de sus cabras. Almacenan leña para el largo invierno. Durante meses la cabaña queda aislada por la nieve. Nadie perturbará su placentera hibernación. Luego volverá la primavera y Eloísa volverá a cantar bajo el almendro. Mientras, hay un tal Deseado que piensa en la doncella junto al fuego. Quizás él tenga más suerte que los otros.
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miércoles 25 de enero de 2012
IRENEO
Ireneo era un niño muy alegre. Su madre, Escolástica, siempre lo decía. De muy pequeño divertía a las visitas con sus donosas gracietas y vanos parloteos. Pronto empezó a hablar muy claro, lo que encantaba a las vecinas, que le retaban con pruebas del estilo a “di punta, Irenín, di punta”. Y el niño Ireneo silabeaba un “puN-ta” de ene superlativa, intuyendo, en la picardía que crepitaba en las risitas contenidas de las féminas, algo oculto y non sancto que no llegaba a comprender. Irenín canta, hace teatro y cuenta chistes verdes que repite como un loro, sin saber que lo son. Todo ello es celebrado por madre, tías y vecinas con alborozo, y obviado por Amancio, el padre, que pasa las horas muertas en el taller, con sus divertimentos.
El día de su séptimo cumpleaños encontramos a Ireneo dando un concierto de harmónica a sus primas: Sura, Clara y Austreberta. Le gustan especialmente estas tres gracias algo mayores que él,alguna ya mocita, y se esmera en deleitarlas. Pero he aquí que de repente queda quieto, deja de soplar y se sume en la quietud más absoluta.
Ni brujos ni doctores consiguen dar en los meses y años que siguen a ese día, explicación racional o mágica que explique ni de lejos el fenómeno. Ireneo deja de sonreír, se mueve apenas y contesta –cuando se digna hacerlo- con monosílabos que parecen salir con esfuerzo del profundísimo pozo interior de un castillo roqueño sitiado por todas las huestes del infierno.
Pasa el tiempo y muere la madre, sin hallar consuelo. El padre está en su mundo de imágenes tan inertes como el hijo, lijando aquí y allá como hace el viento del desierto con las peñas. Muere al fin también, es ley de vida.
Ireneo, dedicado a trabajos anodinos que le permiten un exiguo sustento, envejece vencido por lustros y decenios. Pero su cara permanece sin arrugas, con la serenidad dura e inquietante de una máscara. Los vecinos rehúyen cruzarse en la escalera con esa especie de fantasma de la ópera.
Cuentan algunos que, ya jubilado, acabó ingresando en una residencia de esas que llaman “de mayores”. Allí vegetó unos años, anclado en una tumbona en un pasillo. Pero el día que cumplió 77 apareció en su mano una vieja harmónica que nadie le había visto. Estuvo tocando aires bailables con inusitado garbo y una vitalidad fuera de dudas hasta que, llegada la hora de acostarse, los celadores tuvieron que arrancársela de las crispadas manos por la fuerza. Murió esa noche –según esta versión no confirmada- musitando una especie de salmodia: “Sura, Clara, Austreberta”, con el ritmo machacón de los batanes o de los trenes cansinos de antaño.
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martes 10 de enero de 2012
BERNARDO
A Bernardo le gustaba soñar dormido. Despierto, no; en estado de vigilia lo que más le gustaba era mirar a las mujeres. Por eso eligió ser butanero. Su tío Donato le dio la idea: “Bernardo –le dijo-, si anhelas conocer el rincón escondido de Venus debes elegir un oficio que te permita entrar donde las mujeres están más desprovistas de malicia”. Pensó en ser médico, psicólogo o confesor, pero no se veía con dotes para ello. Ser eunuco no le parecía buena idea y los peluqueros y estilistas le daban mala espina. Así que, fuerte y fibroso como era, se le ocurrió que repartir botellas de gas por las casas podía ser una buena manera de dedicarse a su afición.
Se levantaba por las mañanas descansado y dispuesto. No en vano, sus sueños eran siempre épicas empresas en que él era paladín y seductor indiscutible. Desayunaba huevos con panceta y corría al camión donde le esperaba Primo con el motor en marcha. Recorrían las calles con las bombonas de color naranja tintineando como un gran sonajero. Al llegar a un portal, Bernardo bajaba y se cargaba al hombro el fardo de metal, con la delicadeza con que lo haría con un niño pequeño o un repollo. En los pisos le esperaban mujeres de todo tipo, con sus batas de guata, sus rulos o sus deshabillés comprados en la mercería del tío Donato. Esas eran las peores, sobre todo si eran jóvenes y bellas, porque se entrometían en los sueños nocturnos de Bernardo y tendían a deslucirlos con su excesiva carnalidad. Afortunadamente eran las menos.
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miércoles 4 de enero de 2012
POLICARPO
Policarpo siempre quiso ser poli. Y no fue culpa del nombre, que también podía haberle dado por la traumatología o el ajedrez. Pero no, a poli le tiró siempre lo del imperio de la Ley, o al menos desde que vio aquella película en blanco y negro donde todos llevaban sombrero.
Ocurrió pues que le llegó la edad y le entregaron la placa y la pistola, tras años de preparación en la Academia. Nunca fue tan feliz, con Elisenda y Honorato –sus padres- posando con él para la foto, mientras amigos y familiares aplaudían.
Pero aquellos eran tiempos duros. A veces se ejercía una violencia sobre los detenidos que repelía a la recta conciencia de Poli. Era demasiado “bueno”, según doña Elisenda, y demasiado “blando” si atendemos a sus superiores.
Así es que, por buscarlo ocupación, lo infiltraron como topo en el Club de amigos de las plantas, un antro de melenudos sospechosos que preocupaba a las autoridades. Le detectaron desde el primer instante por su corbata y su jersey de pico. Cuando, el segundo día, se puso una peluca fue aún peor. Pero los plantígrados aceptaron, con todo, su presencia y en unas semanas el trato era cordial.
A los dos meses, Poli empezó a redactar los informes mientras se fumaba unos petas con la peña. Inventaban entre todos planes subversivos que tuvieran al comisario entretenido, sin que la escasa gravedad le incitara a intervenir. Esta doble vida siguió inalterada hasta que apareció por la boardilla Jaquelina, una pelirroja de pelo frito y curvas rotundas que decidió evangelizar al pardillo de una santa vez.
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jueves 29 de diciembre de 2011
COLETA
A Coleta le hubiera gustado nacer en Francia, pero tuvo que aguantarse con el pueblo de secano que le tocó en suerte. En Francia hay música y canciones, todo el mundo tiene bici de carrera y los besos se dan con lengua. Eso es al menos lo que Coleta oye decir a su tío Fidel cuando viene por los veranos, con su Citroen rojo bien limpio y encerado. Pero, sobre todo, Coleta anhela vivir en Francia porque allí se llamaría Colette, que es un nombre bonito, de artista de cine o de diseñadora o, cuando menos, de señorita con perro y gabardina. En el pueblo no la queda otra que aguantar los chistes zafios y cansinos sobre su nombre. Y cada vez está más harta.
Tan harta está que una tarde coge su maleta de cuadros y se sube al coche de línea que va a la capital, un chachivache renqueante que conduce Moisés con mano firme. Coleta pega su mejilla a la ventana y se pone a soñar con bulevares iluminados por la luna, mientras discurren frente a ella los secarrales de tierra roja, cortados de trecho en trecho por la vertical soberbia de un poste de la luz . Hacia la mitad del trayecto sube un caballero con sombrero y corbata. Se presenta como Claudio, tras pedir permiso para sentarse al lado. Hablan de todo un poco: de la profesión de él, del pueblo de ella, del tiempo y del curioso parecido de sus valijas. Claudio no ha estado nunca en Francia, pero vende lencería fina y habla un poco de francés. Antes de llegar el coche a destino, se baja en un polígono industrial y Coleta se queda un poco triste.
Que una vez en la habitación de la pensión, nuestra Coleta descubra que la maleta no era suya, es algo que el lector ya habrá supuesto. También que hubo reencuentro con el apuesto Claudio, a poco avisado que aquel fuere. Sin embargo, desconocemos los detalles. Pero, de mano en mano, nos ha llegado un tarjetón que reza: “Claude y Colette, haute lingerie”. Imaginarla a ella, un día de lluvia, con impermeable y perrillo de lanas, tampoco es algo tan difícil.
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Santoral del 7 de febrero
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lunes 12 de diciembre de 2011
GASTÓN
Aunque nacido en una familia obrera, Gastón tuvo siempre una propensión innata a la prodigalidad y lo desmesurado. Sus padres, Amancio y Dorotea, habían sido educados en el cálculo y la moderación, y así se lo intentaron inculcar a su vástago. Pero Gastón, hacía oídos sordos y no había quién le metiese en vereda. Si un domingo le daban una propina, se la gastaba íntegra en golosinas y las repartía espléndido, no ya entre sus amigos, sino entre muchachos de la calle que apenas conocía de vista. Si recibía dinero para comprar un cuaderno y un compás, lo invertía todo en un libro de aventuras ilustradas y se quedaba sin material para dibujo.
La cosa no mejoró con la edad, sino que incluso tomó derroteros más extremos. Un día trajo a casa a un pobre de pedir a instó a los padres a sentarlo a la mesa. Hubo luego que desinfectarlo todo con zotal. Dorotea estaba ya más harta que harta, mientras Amancio seguía trabajando en las figuras de madera que constituían su hobby preferido.
Y no es que Gastón fuese un consumista irrefrenable, de hecho no anhelaba productos caros o lujosos, era más bien que le resultaba tedioso el cálculo y detestaba medir y tasar. Su pensamiento tenía dedicaciones más elevadas; le encantaba la mitología, las grandes óperas, las sublimes figuras poéticas de los líricos. “Este chiguito nos hunde, y si no el tiempo”, repetía Revocata, la abuela, por el pasillo.
Pero Gastón era alto y garboso. Su rostro era expresivo y varonil. Se movía con una delicada elegancia natural y sus ojos emanaban simpatía. Cuando entró el primer día en la facultad de Filosofía, todas las chicas se volvieron hacia él como movidas por un fototropismo positivo que buscase el brillo de su aura. Fueron cinco años de carrera inolvidables en los que Gastón lo aprendió todo sobre el alma humana y sus pasiones. Al final eligió a Hildegunda, una hermosa muchacha cuya belleza no iba a la zaga de su pasión por las lenguas de Mesopotamia. Quiso además la suerte que perteneciese a una culta y aristocrática familia, cuya fortuna inmensa estaba dedicada a la promoción de la cultura en todo el mundo.
Vivió pues Gastón una vida de ensueño, dedicado a una Hilde que adoraba, viajando por todo el mundo en su compañía y atesorando libros. “Vaya, me equivoqué con el guaje”, tuvo al fin que admitir Revocata, revocando su juicio pretérito.
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jueves 8 de diciembre de 2011
GENUINO
Genuino siempre fue un niño muy especial. Su madrina, Dominica, que era muy salerosa, solía decir de él que tenía una “peculiá idiocincracia” y se quedaba más ancha que larga, hecho que propiciaba su peculiar idiosincrasia en lo tocante a los dones de Natura.
Genuino, de bebé, lloraba mucho y agitaba los brazos como si estuviese prematuramente cabreado con el mundo. Sus padres, que eran pobres pero entregados a su prole, lo llevaron al médico del seguro y, no contentos con sus respuestas evasivas, se fueron a un galeno de pago de la calle principal. El doctor, don Avito, una eminencia, examinó al lactante, le palpó aquí y allá y se lo devolvió a los atribulados primerizos con un: “es cosa del crecimiento, hay que esperar”.
Como el que espera desespera, y el infante no cesaba de perturbar el sueño de progenitores y vecinos, recorrieron con el genuino hombrecito varias consultas más, sin resultados concluyentes. El llanto fue remitiendo poco a poco al tiempo que Ino daba sus primeros pasos por el mundo. Todos se fueron olvidando del problema hasta el día en que le descubrieron en el brazo derecho ciertas protuberancias. Para entonces el niño ya había empezado a ir al colegio. Volvieron las consultas y las exploraciones, pero fuera porque los matasanos no atinaban o porque los rayos x de entonces no tenían aún tecnología 3-D, el caso es que el idem siguió aún sin resolver.
Pero, a veces, los enigmas no necesitan otra cosa que tiempo para sacar sus entrañas a la luz. Y fue un día de octubre, cuando aconteció el hecho que haría de Genuino un auténtico fenómeno, tan único y peculiar que hubiera podido acaparar el prime time de todas las televisiones. Lo que ocurrió fue que, mientras corría Ino hacia el colegio, descargó un chaparrón una nube traicionera e ipso-facto emergió de su muñeca derecha un paraguas salvador que lo mantuvo seco hasta la puerta. Sólo su madre se dio cuenta, mientras lo despedía con la mano al abrigo de una cornisa. El niño lo tomó por una función más de un cuerpo aún no del todo explorado y la cosa nunca salió del ámbito doméstico.
El resto de su vida, Genuino, ha echado mano de su don prodigioso sólo de vez en cuando. En viajes y reuniones de trabajo se ha ido encontrado con algún caso como el suyo, pero son pocos y todos lo mantienen como él en el secreto más estricto. Sin embargo, lo que no han podido evitar es dar carta de naturaleza a una leyenda, extendida por los cinco continentes: ¿les crecen a los demás paraguas en las manos en cuanto la primera gota toca el suelo?
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miércoles 7 de diciembre de 2011
TEÓFILO
Teófilo, allá en el alba de su vida, fue pastor. Subía al monte con los rebaños y se sentaba en una peña, mientras las cabras ramoneaban a placer. En verano, Teófilo buscaba una sombra y se dedicaba a estudiar la forma de las nubes o a pensar en la inmensidad del cielo azul. Cuando llovía o arreciaba el frío, tenía un chozo donde se guarecía. Desde ese útero peculiar, observaba cómo la realidad externa penetraba en forma de luz por las improvisadas rendijas y le venía a la mente, sin conocerlo, el mito platónico de la caverna. Hubiera llegado Teófilo a ser un asceta sublime, o quizá un pensador reconocido, incluso bien pudiera haber acabado fundando una nueva religión que hiciera tabla rasa con las otras. Pero no ocurrió nada de eso.
Acaeció que Rabano Mauro, padre de nuestro aspirante a espíritu perfecto, conocía en la ciudad a un tal Magín, concejal de urbanismo a la sazón, y urdieron entre ambos lo que sería para él un cambio brusco de timón en la singladura de su vida. Rabano, padre ejemplar, venía ya hacía tiempo pensando en procurar a su hijo un oficio de más provecho y lucimiento que el menester agropecuario. Así es que cuando Magín le habló de la posibilidad de conseguir licencia para un quiosco en la vía pública, no cupo en sí de gozo.
Dicho y hecho, cogió un día Teófilo el coche de línea para plantarse ante la ventanilla expendedora de prensa y mercaderías de poca monta. Le costó al principio al muchacho pues, aunque había ido a la escuela, no estaba muy diestro en el manejo de moneda corriente. Pero no fue eso lo peor, sino el que echaba de menos la soledad y el silencio del monte. Le perturbaba el ruido del tráfico, el murmullo de la gente al pasar, tan distintos a la suave brisa o al gorgoteo de los arroyos. Las caras desconocidas que se sucedían sin cesar en el hueco adintelado que daba al exterior, le recordaban a los títeres que una vez había visto en el pueblo y le producían temor. Mas, poco a poco fue haciéndose al entorno. Los días de menos venta, tenía ratos tranquilos en que la luz que se filtraba entre las publicaciones le recordaba al chozo del pasado. Pero los pensamientos de antes ya no regresaron. Ahora tenía la letra impresa; miles de páginas de papel satinado, con historias de gentes pintorescas, que fueron invadiendo sus neuronas como los descendientes de Abraham poblaron la Tierra Prometida. Cuando le hablaban de volver al pueblo, Teófilo se aferraba sin querer al bramante que ataba los últimos paquetes del Hola, como quien se encadena a la nave donde sirve de remero.
Seguramente esa extrema dependencia fue la causa de que Teófilo empezara a oír aquellas voces a raíz de lo del incendio. El resto de su vida fue la de un loco peripatético que hablaba a voces por las calles, en tiempos en que la telefonía móvil aún no podía servir de enmascaramiento al desvarío.
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Teófilo
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