jueves 7 de enero de 2010
ESTALONE
Estalone no se llamaba Estalone, naturalmente. Pero eso ya lo hemos contado en otro sitio. A este nuestro postrero personaje le sacaron de pila con el nombre de Silvestre. Fue un chiquillo ni tonto ni listo que correteaba por el pueblo como tantos. Pegó el estirón y se convirtió en un chavalote desgarbado, de expresión boyuna y boca un poco al bies; decían que por herencia de su tío Barbaciano. Ya de mozo le dio por la música y fundó un conjunto ye-ye con otros de su quinta. Se dejó patillas y cambió la camisa almidonada de las fiestas de guardar por otras floreadas que disgustaban a Rústica, su madre, y levantaban las iras de Saturnino, el padre, que veía la hombría de su vástago puesta en entredicho en la cantina. Quizás eso influyera en lo que aconteció después. Fue a raíz de que pusieran la película un domingo, aquella del soldado que vuelve de Vietnam. Desde entonces ya no le apearon el mote de Estalone. Y Silvestre ya no volvió a ser el mismo. Se encerró en el galpón de los aperos y preparó unas improvisadas mancuernas y unas pesas. Se olvidó de la música y se enzarzó en un cuerpo a cuerpo con sí mismo. Al principio arrasó en las verbenas del verano, con sus camisetas ajustadas y sus bíceps superlativos. Incluso tuvo un lío de una noche con una tal Melania, señorita de vestido vaporoso y mirada ausente que apareció en el baile de improviso tras la sesión de cine de las ocho. Pero un día, Dominanda, el ama de don Floro, le vio por una rendija poniendo posturitas mientras se miraba semidesnudo en un espejo. “De cuerpo entero”, apostillaba la Domi cada vez, sin olvidarse una. Las consecuencias fueron catastróficas. Pasados los años aún nos llegan noticias. Pulula por la gran ciudad y para en bares de poca monta. Algunos le han visto acodado en la barra, mirándose medio borracho en el espejo. La boca se le va torciendo más y más hasta casi alcanzar la vertical.
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domingo 3 de enero de 2010
RAINIERO
El sueño de Rainiero había sido siempre casarse con una princesa, así que en cuanto le presentaron a aquella no lo pensó dos veces. No le importó que tuviese una tremenda cara de hogaza y tampoco que se llamase Alfreda. Claro que, recién salido de la cárcel, no era plan de hacerse el escogido.
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Santoral del 30 de diciembre
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CALIXTO
Calixto tenía desde niño un sueño recurrente. Soñaba con un paisaje desolado de llanura con un árbol desnudo y seco en medio. Pasaban días o semanas y ahí estaba otra vez esa imagen onírica que le producía una extraña inquietud. Nunca se lo contó a nadie, pues dentro de sí vivía la experiencia como algo íntimo que formaba parte de su yo más profundo. Una voz interior le impulsaba a buscar ese lugar. Como quiera que su situación económica se lo permitiera, empezó ya adulto a viajar incansablemente con ese único objetivo. Pasaron los años. Había temporadas en que el sueño se ausentaba de su mente. Pensaba entonces que perseguía una quimera absurda, que sufría un trastorno y que lo mejor era buscar la ayuda de un psiquiatra. Sin embargo, de pronto reaparecía la visión con todo lujo de detalles y la necesidad de seguir volvía a ser perentoria. Unas noches el lugar estaba bañado por una luna lechosa e inmensa, otras llovía con mansedumbre en el páramo circundante y había veces en que el viento despertaba en las ramas quejidos semejantes a misteriosos mensajes cifrados sobre el lado oculto de la vida. Al despertar corría a trazar nuevas rutas en sus mapas, plagados ya de trazos y señales anteriores, conformando un extraño palimpsesto. Estaba seguro de que si un día encontraba el lugar, una vibración ajena a él mismo habría de indicarle sin temor a equivocarse el final de la búsqueda.
La juventud fue quedando atrás y Calixto seguía embarcado en su inane periplo. Una noche bebía y fumaba en un bar de carretera. Pensaba ensimismado en su cercana cuarentena, en su vida vacía, en su fracaso. Más que nunca encontraba todo sin sentido, cuando la vio entre las volutas caprichosas del humo de tabaco. Era una mujer acodada al otro extremo de la barra, una mujer con su mismo aspecto de haber sobrevivido a mil naufragios. Acortaron distancias, compartieron un trago. Dijo llamarse Dora. Se miraron. Bebieron. Se miraron. Al poco tiempo ambos sabían que allí dentro, en los ojos del otro, estaba el lugar que por separado tanto habían buscado; sólo que hacía sol y las ramas del árbol habían reverdecido.
La juventud fue quedando atrás y Calixto seguía embarcado en su inane periplo. Una noche bebía y fumaba en un bar de carretera. Pensaba ensimismado en su cercana cuarentena, en su vida vacía, en su fracaso. Más que nunca encontraba todo sin sentido, cuando la vio entre las volutas caprichosas del humo de tabaco. Era una mujer acodada al otro extremo de la barra, una mujer con su mismo aspecto de haber sobrevivido a mil naufragios. Acortaron distancias, compartieron un trago. Dijo llamarse Dora. Se miraron. Bebieron. Se miraron. Al poco tiempo ambos sabían que allí dentro, en los ojos del otro, estaba el lugar que por separado tanto habían buscado; sólo que hacía sol y las ramas del árbol habían reverdecido.
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Santoral del 29 de diciembre
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sábado 2 de enero de 2010
TEÓFILA
Teófila fue siempre un “alma de Dios”, una criatura tan cándida y sencilla como la de Flaubert, aunque sin loro. Como ella se dedicó durante largos años a fregotear casas ajenas, aunque tuvo más suerte en las lides del amor y encontró a Teodoro, igual de romo e inocente, cuando aún estaba en edad de criar. Ambos se adoraron desde el primer instante. El era jardinero en la casa de al lado y la descubrió mientras podaba el aligustre una tarde de sol. Ella colgaba la ropa en el tendal y sonrió ilusionada ante aquel regalo que atribuyó sin dudarlo a San Antonio. No en vano le había puesto el velón más gordo de la tienda una semana antes. Su noviazgo fue objeto de broma por sistema. Los señores y sus hijos no despreciaban la ocasión de divertirse a costa de sus fámulos. Desde citarlos a ambos en la cochera para aparecer en el momento cumbre armados de esquilones y linternas, hasta inventarse una amante secreta que pusiese al bueno de Teodoro en compromiso; así pasaban el rato aquellos seres ociosos y mezquinos. Pero Tea y Teo se adoraban, como ya hemos dicho, y en su simpleza tomaban aquellas humoradas por delicadas atenciones de sus amos. “Fíjate, Teo querido, -decía Tea, por ejemplo- que bueno es don Cesáreo que se azacana en inventarse bromas para nos con la de ocupaciones que ha de tener tan principal persona”. Hablaba así Teófila como efecto secundario de lecturas de quiosco mal digeridas que se administraba a solas en su alcoba. Pero era antes de su feliz encuentro. Ya nunca estaría sola. Se casaron pues estos seres felices y engendraron dos hijos: Abel y Ágape. El primero salió a sus padres y vivió siempre alegre en la pobreza. Pero Ágape era de otra pasta. Desde niño se enfrentó a las bromas con un rictus de desprecio. Con el tiempo se llegarían a ofrecer grandes banquetes en su honor.
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viernes 1 de enero de 2010
FABIOLA
A Fabiola la pusieron así por lo de aquella boda que salió en todas las revistas de colorines. Sus padres, Asclepio y Nicerata, tenían ya seis hijos y buscaban invocar a Fortuna de ese modo. En su simpleza pensaban que el nombre podía propiciar un futuro idílico para su nueva hija. Asclepio era peón caminero y la familia vivía hacinada en un semisótano que se inundaba periódicamente con las crecidas del río cercano. Fabiola podría ser –pensaban sus progenitores sin atreverse a formularlo- la rosa en el estercolero que con su gracia y su belleza atrajese la atención, si no de un príncipe –hasta ahí no llegaba su inocencia-, sí de un empleado de banca o de un pequeño empresario con finanzas saneadas. No contaron con el lado bromista de los dioses, tan aficionados a las chanzas, que palian así el aburrimiento de los largos inviernos allá arriba. Fabiola creció rechoncha, con una más que regular cara de hogaza y una sosería de espíritu sin parangón por aquellos contornos desde que los más viejos tenían memoria. Los niños, siempre tan crueles, la llamaban Fabi-hola y la herían con los venablos de la burla y el desprecio.
Llegada la edad en que Natura reparte los boletos del amor, Fabiola asistió a bailes y guateques donde no encontró sino nuevas dosis de esperanzas frustradas. Desengañada huyó a la gran ciudad, donde la desgracia se diluye en el anonimato y parece menos fiera y más animal de compañía. Frecuentó los bares y garitos más degradados, donde miles de seres vulgares se esforzaban en parecer alegres mientras libaban licores baratos y se movían adocenados al son de ritmos pachangueros. En uno de esos antros conoció una tarde afortunada a Godofredo. Se miraron y reconocieron en el otro el mismo hastío y la misma vaciedad. Ambos carecían de encanto hasta tal punto que su historia de amor, de ser escrita, convertiría La montaña mágica en una antología del desenfreno. Pero, claro, nadie está por la labor de hacer tal cosa.
Llegada la edad en que Natura reparte los boletos del amor, Fabiola asistió a bailes y guateques donde no encontró sino nuevas dosis de esperanzas frustradas. Desengañada huyó a la gran ciudad, donde la desgracia se diluye en el anonimato y parece menos fiera y más animal de compañía. Frecuentó los bares y garitos más degradados, donde miles de seres vulgares se esforzaban en parecer alegres mientras libaban licores baratos y se movían adocenados al son de ritmos pachangueros. En uno de esos antros conoció una tarde afortunada a Godofredo. Se miraron y reconocieron en el otro el mismo hastío y la misma vaciedad. Ambos carecían de encanto hasta tal punto que su historia de amor, de ser escrita, convertiría La montaña mágica en una antología del desenfreno. Pero, claro, nadie está por la labor de hacer tal cosa.
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martes 29 de diciembre de 2009
PAGANO
Pagano desde niño se vio obligado a dar testimonio ante el mundo de una Fe inquebrantable. Así lo exigía una época marcada por la militancia obligatoria en las cosas del alma. Cuando en clase se hablaba de cómo los impíos apedreaban a San Esteban o los idólatras amputaban los senos a Santa Águeda, treinta y cuatro miradas, entre inculpatorias e hilarantes, se clavaban en el chiquillo. Ello le producía una animadversión hacia sus padres y padrinos que devenía en una culpabilidad que a su vez le llevaba a frecuentar compulsivamente los sacramentos. De ahí a la fama de niño santurrón no había sino un corto paso, el que dio Zenón –recordemos la aporía de la tortuga- soltando un día en pleno recreo un rotundo “Pagano es un meapilas”. Se cerraba así un círculo fatal que llevaría al joven a dejar tempranamente los estudios.
Liberado del ambiente colegial, Pagano se enroló en una empresa de automóviles donde su nombre fuese uno más entre los muchos que se afanaban en la cadena de montaje. Así fue durante las horas laborables, pero no en las tardes que dedicaba al alterne y la disipación. El “qué pague Pagano” llegó a ser un latiguillo tan fatigoso y abrumador que le llevó a desligarse de su grupo de amigos para caer en el nefando vicio de los bebedores solitarios. La soledad acabó dando con sus huesos en tugurios de mala nota, donde las chicas que frecuentaba empezaron a llamarle “el pagano”, antes de conocer su nombre, por la facilidad con que le convencían de llenar otra vez la copa con sidra gasificada a precio de champaña de postín. Desesperado, decidió tirarse desde un puente, pero le salvó un individuo desgarbado y renegrido, con el pelo como la pez, que pululaba por allí con el mismo propósito. Su asombro fue mayúsculo cuando Querubín, que así se llamaba su inesperado salvador, le narró una vida pareja en desgracias a la suya. Nunca volvieron ya a separarse. Algunos iconos los representan unidos entre sí por un cordón dorado.
Liberado del ambiente colegial, Pagano se enroló en una empresa de automóviles donde su nombre fuese uno más entre los muchos que se afanaban en la cadena de montaje. Así fue durante las horas laborables, pero no en las tardes que dedicaba al alterne y la disipación. El “qué pague Pagano” llegó a ser un latiguillo tan fatigoso y abrumador que le llevó a desligarse de su grupo de amigos para caer en el nefando vicio de los bebedores solitarios. La soledad acabó dando con sus huesos en tugurios de mala nota, donde las chicas que frecuentaba empezaron a llamarle “el pagano”, antes de conocer su nombre, por la facilidad con que le convencían de llenar otra vez la copa con sidra gasificada a precio de champaña de postín. Desesperado, decidió tirarse desde un puente, pero le salvó un individuo desgarbado y renegrido, con el pelo como la pez, que pululaba por allí con el mismo propósito. Su asombro fue mayúsculo cuando Querubín, que así se llamaba su inesperado salvador, le narró una vida pareja en desgracias a la suya. Nunca volvieron ya a separarse. Algunos iconos los representan unidos entre sí por un cordón dorado.
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Santoral del 26 de diciembre,
Águeda
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jueves 24 de diciembre de 2009
NATIVIDAD
Nati nació a la hora de la misa del Gallo, así que todos estaban en la iglesia. Cuando Mateo, el padre, volvió a casa encontró a su mujer, Anastasia, con un rebujo sonrosado en el regazo que le sonreía con placidez. Este inusual fenómeno llamó la atención de don Florencio, el cura, de Fulco el capador y de la propia partera, Eugenia, que nunca en su larga trayectoria había asistido a cosa parecida.
La niña mantuvo siempre ese halo de bondad que armonizaba con la belleza del rostro y las bellas proporciones de su cuerpo. Desde el capacho instalado frente al llar asistía embelesada a las idas y venidas de la madre, que se afanaba en preparar el condumio familiar. No faltaban nunca los garbanzos y con ellos un buen relleno, habitual en aquellas tierras de montaña. Era éste un amasijo de huevo, miga de pan y ajo que se freía y se introducía luego en la olla, donde se impregnaba de la sustancia del compango. Nati aprendió a elaborarlo en cuanto tuvo estatura suficiente para llegar de puntillas a la trébede y lo hizo con tan amorosa perfección que sus padres y hermanos sonreían al compartirlo como tocados por la mano de un dios benevolente. De hecho fue tal el embeleso que no volvieron a comer más relleno que el salido sus manos. Eso la obligó a pedir permiso al maestro, don Nero, para ausentarse durante una media hora de la escuela, lo que propició la curiosidad del pedagogo. Un día la siguió y al verla a través de la ventana quedó tan maravillado de su presteza y mimo que predicó la nueva entre quien quiso oírle, dando pie a lo que llegaría a ser una leyenda.
Nati creció y sus rellenos fueron extendiendo en derredor un halo de dicha que fundía el hielo de los corazones más remisos. Pronto hubo tanta gente ávida del manjar que tuvo que abandonar sus otros quehaceres y dedicarse a cocinar en alma y cuerpo. Pronto se hizo famosa en los contornos a la par que la región empezaba a serlo por la bonhomía de sus naturales.
Aún en aquellos tiempos míticos las noticias volaban. Llegaron hombres trajeados con propuestas. Se manejaron términos como capital, inversión, comercio e interés, pero Nati se negó rotundamente. Una voz interior le decía que ése no era el camino.
Nati vivió mucho y se dedicó tan por entero a su misión que murió sin descendencia. La comarca mantuvo largo tiempo una impronta de belleza y de virtud. Con el tiempo acabó siendo una sombra desvaída en el alma de algunos elegidos.
La niña mantuvo siempre ese halo de bondad que armonizaba con la belleza del rostro y las bellas proporciones de su cuerpo. Desde el capacho instalado frente al llar asistía embelesada a las idas y venidas de la madre, que se afanaba en preparar el condumio familiar. No faltaban nunca los garbanzos y con ellos un buen relleno, habitual en aquellas tierras de montaña. Era éste un amasijo de huevo, miga de pan y ajo que se freía y se introducía luego en la olla, donde se impregnaba de la sustancia del compango. Nati aprendió a elaborarlo en cuanto tuvo estatura suficiente para llegar de puntillas a la trébede y lo hizo con tan amorosa perfección que sus padres y hermanos sonreían al compartirlo como tocados por la mano de un dios benevolente. De hecho fue tal el embeleso que no volvieron a comer más relleno que el salido sus manos. Eso la obligó a pedir permiso al maestro, don Nero, para ausentarse durante una media hora de la escuela, lo que propició la curiosidad del pedagogo. Un día la siguió y al verla a través de la ventana quedó tan maravillado de su presteza y mimo que predicó la nueva entre quien quiso oírle, dando pie a lo que llegaría a ser una leyenda.
Nati creció y sus rellenos fueron extendiendo en derredor un halo de dicha que fundía el hielo de los corazones más remisos. Pronto hubo tanta gente ávida del manjar que tuvo que abandonar sus otros quehaceres y dedicarse a cocinar en alma y cuerpo. Pronto se hizo famosa en los contornos a la par que la región empezaba a serlo por la bonhomía de sus naturales.
Aún en aquellos tiempos míticos las noticias volaban. Llegaron hombres trajeados con propuestas. Se manejaron términos como capital, inversión, comercio e interés, pero Nati se negó rotundamente. Una voz interior le decía que ése no era el camino.
Nati vivió mucho y se dedicó tan por entero a su misión que murió sin descendencia. La comarca mantuvo largo tiempo una impronta de belleza y de virtud. Con el tiempo acabó siendo una sombra desvaída en el alma de algunos elegidos.
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Santoral del 25 de diciembre
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martes 24 de noviembre de 2009
DELFÍN
Delfín ha dedicado su vida a construir sucesivos muros para retener el tiempo, a imagen de los diques que contra el fluir del agua fabrican los castores. Es un propósito absurdo que le acompaña desde la infancia más remota, pues Delfín empezó muy pronto a tener conciencia de si mismo. Recuerda incluso sus experiencias de lactante, cuando sus padres mecían su cuna desde la cama para aplacar su llanto. En algún resquicio de su mente alberga aún una vaga sensación de culpa por perturbar el sueño o los placeres amatorios de sus progenitores. Delfín ha sido toda su vida un pertinaz coleccionista de recuerdos.
Su primer día de clase fue su primer intento fracasado de permanencia en un pretérito perpetuo. El siguiente muro fue el día de la primera comunión y el siguiente el examen de ingreso en el bachillerato. Después lo fue el servicio militar. En cada uno de esos mojones temporales se hacía la ilusión de que el tiempo se iba a detener, pero pronto tenía que asumir un nuevo periodo con vistas al siguiente. Como estrategia se propuso actuar lo menos posible y dedicar su tiempo a desgranar cada minuto con la avaricia con que un judío de leyenda contara sus caudales pieza a pieza.
Muertos sus padres, no tuvo más remedio que trabajar para ganarse el pan. Eligió un trabajo aburrido en un despacho donde diligenciaba diversos trámites cuyas pruebas palpables ordenaba luego en abultados archivadores de cartón. Los meses pasaban lentos, mientras hacía montoncitos con los impresos, según fechas y colores. El resto del tiempo lo dedicaba a pasear por calles anodinas y ver películas rusas con subtítulos en polvorientos cine-clubes.
Ya maduro cometió la imprudencia de dejarse llevar por el consuelo engañoso del amor. Conoció a Irma una tarde en que había cedido a la frivolidad de visionar Los siete samuráis. Irma era tan dulce como cabía esperar y compartía con Delfín la obsesión por el tiempo. Decidieron ir juntos a Mariembad, pero volvieron desencantados porque encontraron aquel ambiente demasiado festivo. De nuevo en casa, lo dispusieron todo para una vida en común aburrida y sosegada.
Aguantaron juntos sólo unos meses. Delfín sentía que la otra presencia le impedía concentrarse debidamente en constatar el discurrir de las horas. A veces conversaban y, sin darse cuenta, había dejado atrás un montón de minutos sin sentir su rasposa estela restregarse por el lado interior de la frente. Por si fuera poco Irma albergaba la terrible veleidad de ser madre, lo que provocó definitivamente la huída de Delfín. La mera idea de que el tiempo se encarnara le resultaba, como es lógico, impensable.
Solo de nuevo, colocó su nuevo muro en la jubilación, que acabó llegando con su resma de hojas de calendario bajo el brazo.
Ahora ya sólo le queda un parapeto ante el cabalgar impasible del tiempo. En Nochebuena dispone las viandas ante el televisor y se enfrenta a uno de esos kilométricos programas, llenos de viejas glorias y paniaguados, que la gente pone de fondo mientras habla a gritos y finge ser feliz delante de suegros y cuñados. Delfín sabe sacar el jugo hasta la hez a esos eventos enlatados. Luego brinda consigo mismo y escucha villancicos.
Su primer día de clase fue su primer intento fracasado de permanencia en un pretérito perpetuo. El siguiente muro fue el día de la primera comunión y el siguiente el examen de ingreso en el bachillerato. Después lo fue el servicio militar. En cada uno de esos mojones temporales se hacía la ilusión de que el tiempo se iba a detener, pero pronto tenía que asumir un nuevo periodo con vistas al siguiente. Como estrategia se propuso actuar lo menos posible y dedicar su tiempo a desgranar cada minuto con la avaricia con que un judío de leyenda contara sus caudales pieza a pieza.
Muertos sus padres, no tuvo más remedio que trabajar para ganarse el pan. Eligió un trabajo aburrido en un despacho donde diligenciaba diversos trámites cuyas pruebas palpables ordenaba luego en abultados archivadores de cartón. Los meses pasaban lentos, mientras hacía montoncitos con los impresos, según fechas y colores. El resto del tiempo lo dedicaba a pasear por calles anodinas y ver películas rusas con subtítulos en polvorientos cine-clubes.
Ya maduro cometió la imprudencia de dejarse llevar por el consuelo engañoso del amor. Conoció a Irma una tarde en que había cedido a la frivolidad de visionar Los siete samuráis. Irma era tan dulce como cabía esperar y compartía con Delfín la obsesión por el tiempo. Decidieron ir juntos a Mariembad, pero volvieron desencantados porque encontraron aquel ambiente demasiado festivo. De nuevo en casa, lo dispusieron todo para una vida en común aburrida y sosegada.
Aguantaron juntos sólo unos meses. Delfín sentía que la otra presencia le impedía concentrarse debidamente en constatar el discurrir de las horas. A veces conversaban y, sin darse cuenta, había dejado atrás un montón de minutos sin sentir su rasposa estela restregarse por el lado interior de la frente. Por si fuera poco Irma albergaba la terrible veleidad de ser madre, lo que provocó definitivamente la huída de Delfín. La mera idea de que el tiempo se encarnara le resultaba, como es lógico, impensable.
Solo de nuevo, colocó su nuevo muro en la jubilación, que acabó llegando con su resma de hojas de calendario bajo el brazo.
Ahora ya sólo le queda un parapeto ante el cabalgar impasible del tiempo. En Nochebuena dispone las viandas ante el televisor y se enfrenta a uno de esos kilométricos programas, llenos de viejas glorias y paniaguados, que la gente pone de fondo mientras habla a gritos y finge ser feliz delante de suegros y cuñados. Delfín sabe sacar el jugo hasta la hez a esos eventos enlatados. Luego brinda consigo mismo y escucha villancicos.
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