martes 24 de noviembre de 2009
DELFÍN
Su primer día de clase fue su primer intento fracasado de permanencia en un pretérito perpetuo. El siguiente muro fue el día de la primera comunión y el siguiente el examen de ingreso en el bachillerato. Después lo fue el servicio militar. En cada uno de esos mojones temporales se hacía la ilusión de que el tiempo se iba a detener, pero pronto tenía que asumir un nuevo periodo con vistas al siguiente. Como estrategia se propuso actuar lo menos posible y dedicar su tiempo a desgranar cada minuto con la avaricia con que un judío de leyenda contara sus caudales pieza a pieza.
Muertos sus padres, no tuvo más remedio que trabajar para ganarse el pan. Eligió un trabajo aburrido en un despacho donde diligenciaba diversos trámites cuyas pruebas palpables ordenaba luego en abultados archivadores de cartón. Los meses pasaban lentos, mientras hacía montoncitos con los impresos, según fechas y colores. El resto del tiempo lo dedicaba a pasear por calles anodinas y ver películas rusas con subtítulos en polvorientos cine-clubes.
Ya maduro cometió la imprudencia de dejarse llevar por el consuelo engañoso del amor. Conoció a Irma una tarde en que había cedido a la frivolidad de visionar Los siete samuráis. Irma era tan dulce como cabía esperar y compartía con Delfín la obsesión por el tiempo. Decidieron ir juntos a Mariembad, pero volvieron desencantados porque encontraron aquel ambiente demasiado festivo. De nuevo en casa, lo dispusieron todo para una vida en común aburrida y sosegada.
Aguantaron juntos sólo unos meses. Delfín sentía que la otra presencia le impedía concentrarse debidamente en constatar el discurrir de las horas. A veces conversaban y, sin darse cuenta, había dejado atrás un montón de minutos sin sentir su rasposa estela restregarse por el lado interior de la frente. Por si fuera poco Irma albergaba la terrible veleidad de ser madre, lo que provocó definitivamente la huída de Delfín. La mera idea de que el tiempo se encarnara le resultaba, como es lógico, impensable.
Solo de nuevo, colocó su nuevo muro en la jubilación, que acabó llegando con su resma de hojas de calendario bajo el brazo.
Ahora ya sólo le queda un parapeto ante el cabalgar impasible del tiempo. En Nochebuena dispone las viandas ante el televisor y se enfrenta a uno de esos kilométricos programas, llenos de viejas glorias y paniaguados, que la gente pone de fondo mientras habla a gritos y finge ser feliz delante de suegros y cuñados. Delfín sabe sacar el jugo hasta la hez a esos eventos enlatados. Luego brinda consigo mismo y escucha villancicos.
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domingo 4 de octubre de 2009
EVARISTO
Cumplido el servicio militar, se instaló Evaristo por su cuenta y matrimonió con Mayota, joven virtuosa y un poco rechoncha a quien los chiquillos, por escarnecerla, llamaban en la escuela La Bella Bellota. Alquilaron un piso de planta baja en una calle próxima a la carpintería.
No tuvo el matrimonio descendencia, si bien consta –según testimonio anónimo de un vecino medianero- que en los primeros tiempos de la coyunda dedicaron muchas tardes al débito con afición notable. Aminorado el fuego de los inicios y sin gente menuda que reclamase sus cuidados, Evaristo se dedicaba con ahínco a su trabajo y por la noche acudía solo al cine del barrio. Mayota, apoyada en el alfeizar de la ventana, fue poco a poco redondeando más y más su figura, hasta hacerse realmente acreedora del infamante apelativo de la infancia. El lugar estratégico de su vivienda la hizo popular entre las comadres, que no escatimaban la ocasión de pararse frente al improvisado púlpito para comentar los dimes y diretes de la vecindad.
Con el tiempo, el corpachón de Bellota fue adaptándose al vano de la ventana hasta conformar con el marco un todo semejante al de un santo de iglesia y su hornacina. Ya apenas se retiraba un rato a mediodía para ingerir el sustento necesario. El resto del tiempo lo dedicaba a contemplar a los viandantes y lanzar encendidas sentencias del tipo “la juventud está podrida”, que eran jaleadas por las contertulias.
Mientras, Evaristo, pasaba las horas muertas cepillando y puliendo cariñosamente las creaciones salidas de sus manos, actitud en que suele aparecer representado en la iconografía. Su carácter, al contrario que el de su esposa, fue derivando hacia el recogimiento. Todas las noches acudía sin falta a su cita con la penumbra del patio de butacas. Por Navidad solían poner aún alguna de romanos.
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viernes 2 de octubre de 2009
HONORATO
Al cabo de unos años promocionó a dependiente fijo en la tienda de Floro, que apreciaba su disposición y probada honradez. Era feliz atendiendo a sus clientas. Aunque serio y poco amigo de chanzas era diligente a la hora de pesar las legumbres y un experto a la hora de servir el chicharro en escabeche sin que se desmenuzara ni una miaja.
Era Honorato un poco soso en las cuestiones del amor, aunque su timidez le dotaba de un aura de candor que despertaba a veces el interés de alguna fémina con veleidades un tanto etéreas. Hubo una en especial, tenida en el barrio por lunática, que se acercó al mancebo. El flechazo surgió una tarde en que el muchacho elegía para ella unos pepinos. Luego vinieron los paseos por el parque. Los silencios de él, avivaron en ella la convicción de que poseía una insondable vida interior.
Se casaron con gran boato de trajes de fantasía y lentejuelas. Pronto saldría a la luz la terrible verdad: no había nada tras la expresión beatifica de Honorato, sólo listas de precios, calidades y calibres de alcachofa, diferencias entre peso neto y escurrido.
Durante años, el matrimonio pasó en la vecindad por ser modélico. Paseaban juntos del bracete por la plaza de abastos; ella mirándose la punta de los pies, él oteando nubes y observando las corras de chorizos y las piñas de plátanos como si fuesen apariciones de otro mundo. Luego dicen que si llegó por allí un tal Flaviano.
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miércoles 23 de septiembre de 2009
ESTER
La cosa hubiera acabado bien si las inquietudes celestes de Ester hubiesen derivado a lo científico, convirtiéndola con el tiempo en eminente astrónoma. Incluso hubiera sido provechosa la afición si se hubiese inclinado hacia el lado, más fantasioso, de la adivinación del porvenir, campo susceptible de rendir pingües beneficios a costa de pazguatos más o menos desesperados. Pero no fue así, pues Ester empezó a escuchar voces provenientes de una estrella.
Al principio mantenían conversaciones intrascendentes que entretenían su soledad de hija única. La estrella, a la que la niña bautizó como Silán en homenaje póstumo a un perrillo que tuvo, le contaba a la niña cosas de la vida cotidiana del firmamento. Chafardeaba de las andanzas nocturnas de los planetas y de cómo tal astro se quitaba por coquetería varios millones de años al declarar su edad. Ester por su parte le hablaba a la estrella de sus pequeñas pendencias en la escuela y de sus peleas domésticas en casa.
Silán le aconsejaba siempre bien, de modo que en Ester se afianzó una confianza ciega hacia su amiga cósmica. Antes que a sus padres y maestros, comentaba a la estrella sus conflictos más íntimos y encontraba en ella la solución perfecta a sus cuitas.
Creció Ester y surgió el amor. Un amor por partida doble que la desconcertaba. Por un lado estaba Honorato, un chico tímido y sensible que trabajaba en el colmado de la calle mayor. Por otro, Severo, un joven pero prometedor pasante en el bufete de su padre. Ester dudaba ante las propuestas de ambos y acudió al veredicto de su buena estrella. Esta sin dudar le señaló al primero, al que, desde su perspectiva de años luz, consideraba de corazón más puro e ideales más etéreos.
Nuestra Ester se prometió, cómo no, con Honorato y al cabo de un tiempo se fue de su brazo al himeneo. No hubo de pasar mucho tiempo de vida en común para que saliera a flote la verdad: Honorato era romo y convencional como un gato de escayola. Hundida en su desdicha, Ester, sensu stricto, no volvió a levantar cabeza.
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lunes 7 de septiembre de 2009
CEFERINO
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jueves 20 de agosto de 2009
DARÍO
Darío era algodonoso y suave como un burro de mentira y sufría en silencio su desmesura. Acurrucado en su pupitre intentaba, sin conseguirlo, que su presencia fuera apenas percibida. Sin embargo aquella masa cabizbaja, empotrada literalmente en una mesa que le atosigaba como una carcasa de molusco, llamaba la atención de todo el mundo. Doña Tea, la maestra, era enteca y fogosa. Cuando enarbolaba el puntero y lo escoltaba hasta el encerado parecía que pastorease un buey inmenso hasta el arroyo del saber. Los condiscípulos lo zaherían con apelativos ofensivos y lo lanzaban pelotitas de papel, aprovechándose de su bamboleante mansedumbre. En la zahúrda era precisamente Darío el Chico quien destacaba con sus improperios. Era un chiquito chaparro y delgado dotado por Natura de una vitalidad de moscardón inquieto.
Darío el Grande, impelido por los sinsabores, devino en poeta. En las noches de mesa camilla con brasero, apartaba los cuadernos de tareas y escribía poemas a escondidas. Eran versos tristes que destilaban una amargura impropia de su edad. Así siguió durante años, ocupando el tiempo que sus compañeros dedicaban a jugar al balón o perseguir muchachas a ese su vicio solitario.
Con el tiempo Darío se hizo hombre y abrió una cantina. Tras la barra fue feliz a su manera, observando la vida desde la atalaya de su propia estatura. Desde esa peculiar torre de marfil asistió a vociferantes partidas de tute y a enconadas discusiones futbolísticas. Un día empezaron a frecuentar el local un grupo de escritores primerizos. Les gustó y establecieron allí su tertulia. Darío les miraba desde la barra con los brazos cruzados y la expresión de bóvido. Nunca dijo nada acerca de su pasión por la poesía. Mientras los chicos hablaban de juegos florales, revistas literarias y glorias mundanas, él seguía allí, con sus cuadernos apilados sobre botes de tomate y polvorientas botellas de jumilla. Nunca le tentó aventar su tesoro más preciado. A su muerte tenía un arcón repleto de cuartillas primorosamente escritas. Por supuesto a pluma; siempre fue un clásico en las formas. Sobre la sustancia, nunca sabremos si eran versos excelsos o pasatiempos ripiosos y banales, pues un ropavejero vendió el papel al peso. El baúl acabó decorando el ampuloso recibidor de un nuevo rico. Dicen las visitas que da al chalet un toque rústico muy fino.
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miércoles 29 de julio de 2009
O
Su madre, Esperanza, nostálgica confesa, se empeñó en llamarla María de la O porque le recordaba una canción de la infancia, una de esas coplas de gitanos trágicos y celos como puñales. Graciano, el padre, era alegre y vivaz; quizás se hubiera opuesto, pero murió de apoplejía el mismo día en que llegaba al mundo la neonata. Fue pues O hija póstuma, adjetivo horrendo que contaminó para siempre sus ilusiones, y creció en el ambiente oscurantista de una madre muerta en vida que no encontraba alivio sino en los funerales y en las obras pías.
Creció O y devino en ninfa dionisiaca a su pesar, dotada de un rostro angélico y de un cuerpo tan carnal que incluso debajo del gabán más andrajoso podía trastornar los sentidos al más morigerado. Era la criatura de natural ingenuo, por lo que no supo sustraerse al encanto diabólico de Vigoroso, un varón maduro fiel a su nombre que corrompió la fragilidad de la virgen y la hizo suya hasta el exceso. Sufrió O esta prueba con la alegría de la neófita ante un culto a la que ha sido desde el principio de los tiempos destinada.
Fue feliz O a su manera, soportando azotes y vejámenes de su amante amo, que la prostituía y la cedía cuando así era su deseo. Uno de esos amantes impuestos fue Simplicio, que la enamoró con su alma grande y la llevó lejos, fuera del alcance de la bestia. Simplicio era de tan alta cuna que podía permitirse ser bueno, idiota y puro sin perecer en las refriegas cotidianas de la vida. Quería a O de verdad y la colmó de lujos y atenciones. Se establecieron en un castillo en la Riviera y se amaban ante la chimenea, sobre alfombras de piel de oso siberiano.
Se sorprendió O disfrutando de este nuevo amor, tan solícito y suave, que estudiaba cada centímetro de su piel con la intensidad de un entomólogo y el gozo de un niño. Cuando se cansaban de retozar entre las plumas de ganso de los jergones paseaban desnudos a la luz de la luna o se vestían con vestidos fastuosos y se dejaban ver en el gran mundo. O se acomodó con el tiempo a este tipo de vida. Sólo a veces la sorprendía Simplicio con el rostro serio y la mirada ausente. “En nada”, contestaba invariablemente a su pregunta.
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domingo 26 de julio de 2009
ENRIQUE
Enrique fue siempre muy echado para alante. Ya en la infancia destacó por su arrojo y puntería en las pedreas que se organizaban periódicamente contra los del pueblo de abajo, consiguiendo para sus huestes repetidas victorias. Justiniano, el de Merasia, achacaba tal exceso de ventura al concurso favorable de la Ley de Gravedad y así lo denunció en el fragor de una batalla, pero un canto certero lo convenció de que contra la violencia no valen razones y menos peroratas de empollón.
La suerte de Enrique sufrió un grave quiebro cuando desgració un ojo a Floriano, el hijo del alcalde. Acabó por aquel desaguisado en un correccional, donde monjes-soldado le fustigaban con sus cíngulos de cuero y le sometían al continuo runrún de exorcizantes latinajos. Pero no se le fueron los demonios del cuerpo, sino más bien fue su persona mortal la que salió de allí por la trampilla del terrado. Consiguió descender a los añorados infiernos exteriores y no paró hasta la frontera, que cruzó subrepticiamente una noche de luna nueva. Ya en el otro lado ejerció diversos oficios, desde gañán a buhonero y mozo de equipajes. Le sonrió la fortuna el día que salvó de un río embravecido al hijo de Sturmo, el cacique local que, en agradecimiento, le adoptó como hijo. Mostró Enrique en su nueva vida aptitudes intelectuales que no había tenido antes ocasión de cultivar. Estudió pues en buenos colegios y acabó siendo doctor. Quiso la Fortuna, que todo lo rige a su parecer, que eligiera como campo la oftalmología y se convirtiera en reputado especialista. Sería tentador relatar aquí que, andando los años, se encontró nuestro biografiado con Floriano y le devolvió con su ciencia la luz que antaño de su ojo le quitase. Sería una justa restitución, pero la vida suele ser más prosaica y rastrera.
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